La Iglesia proclama a Jesús

como Señor y Salvador

Tema del Día

¿Quién dices que soy? Todo ser humano debe responder a esta pregunta. ¿Quién dices que es Jesús de Nazaret? La pregunta exige una respuesta binaria sobre el tema de su divinidad. La gente que proclama a Jesús como Señor y Salvador, experimentan el amor de Dios que es misericordioso y compasivo. Este es el mensaje central que proclama la Iglesia: Jesús es el Señor y Salvador, el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Esa confesión es la roca sobre la que se asienta la Iglesia.

Oración del día

Dios todopoderoso, cuyo conocimiento es vida eterna, concédenos conocer a tu Hijo Jesús, que es el camino, la verdad y la vida, para que confesemos con valentía que él es el Cristo y sigamos con firmeza el camino que conduce a la vida eterna; por tu Hijo Jesucristo, Señor nuestro, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre.

Primera lectura: Éxodo 34:5-9

Así como Dios proclamó su nombre, el Señor, a Moisés, la tarea de la Iglesia es proclamarlo al mundo. Nuestro Dios es compasivo y misericordioso, lento para la ira y abundante en amor. Sin embargo, no perdona el pecado y amenaza con castigarlo.

5Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová. 6Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; 7que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación. 8Entonces Moisés, apresurándose, bajó la cabeza hacia el suelo y adoró. 9Y dijo: Si ahora, Señor, he hallado gracia en tus ojos, vaya ahora el Señor en medio de nosotros; porque es un pueblo de dura cerviz; y perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y tómanos por tu heredad.

Salmo 138

La Iglesia canta el Salmo 138 en los servicios que celebran la confesión pública de que Dios es un Salvador misericordioso. Encabeza la sección final de los salmos escritos por David. Martín Lutero dijo: «El Salmo 138 es un salmo de acción de gracias por todo tipo de ayuda frente a los enemigos. El salmista ora para que venga el reino de Cristo, especialmente para que los reyes reciban su Palabra y enseñanza, den gracias por ello y le adoren. El salmo concluye con una oración para que Dios haga realidad su reino en la eternidad».

Salmo de David.

1Te alabaré con todo mi corazón;

Delante de los dioses te cantaré salmos.

2Me postraré hacia tu santo templo,

Y alabaré tu nombre por tu misericordia y tu fidelidad;

Porque has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas.

3El día que clamé, me respondiste;

Me fortaleciste con vigor en mi alma.

4Te alabarán, oh Jehová, todos los reyes de la tierra,

Porque han oído los dichos de tu boca.

5Y cantarán de los caminos de Jehová,

Porque la gloria de Jehová es grande.

6Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde,

Mas al altivo mira de lejos.

7Si anduviere yo en medio de la angustia, tú me vivificarás;

Contra la ira de mis enemigos extenderás tu mano,

Y me salvará tu diestra.

8Jehová cumplirá su propósito en mí;

Tu misericordia, oh Jehová, es para siempre;

No desampares la obra de tus manos.

Segunda Lectura: Evangelio de Mateo 16:13-20

¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Esta pregunta es tan válida hoy como lo era en el Evangelio de Mateo. Mientras los discípulos enumeraban las falsas ideas populares, uno se sorprende de lo ilustre que era esa lista. En ese grupo no había ningún vago, pero ni siquiera se comparaban con la verdad. Muchas personas dan hoy respuestas similares. Llaman a Jesús maestro, filósofo, fundador de una religión, agente del cambio. Sus respuestas son tan erróneas como las de la gente del Evangelio.

13Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? 14Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. 15El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? 16Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. 17Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. 19Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos. 20Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo.

Texto Sermón: Romanos 10:5-13

Israel estaba llamado a confesar y proclamar a Jesús de Nazaret como su Señor y Salvador. Sin embargo, se negaron y en su lugar buscaron una justicia que provenía de la ley, en lugar de por la fe. Confesar a Jesús como Señor y Salvador significa que no tenemos que buscar la justicia. No tenemos que subir al cielo para encontrarla, porque Cristo bajó para dárnosla. No tenemos que descender a las profundidades para buscarla, porque Cristo resucitó de entre los muertos para dárnosla. Tenemos una justicia por fe como resultado de la justificación que vino por Cristo Jesús.

5Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas. 6Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); 7o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). 8Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: 9que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. 10Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. 11Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. 12Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; 13porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

Más que una creencia secreta: Corazón que cree, labios que confiesan

La historia del cristianismo no ha sido fácil. Nosotros, que estamos sentados escuchando la palabra de Dios, creemos que siempre ha sido así de fácil para el cristianismo; pero, si algo ha sido perseguido en el mundo, es esta religión verdadera. Conocemos la historia de Jesús en los evangelios y todos los intentos que hizo el maligno para destruirlo y acabar con su vida antes de ir a la cruz. De niño, Herodes quiso matarlo después de escuchar de unos magos que buscaban al Rey de Israel; al empezar su ministerio en su tierra, leyó el libro de Isaías y, tras decir «hoy se ha cumplido esta profecía», lo llevaron a la montaña para despeñarlo. En ocasiones tuvo que esconderse de los líderes religiosos de Israel porque también querían matarle. Sin embargo, después de la asunción de Jesús a los cielos, continuó la acérrima persecución no solo de los judaizantes, sino también del Imperio romano, que llamaba a los cristianos «superstición destructiva» o «depravada», todo porque no adoraban al emperador y no seguían las mismas prácticas del imperio en su adoración.

Pero la persecución que podemos vivir hoy en día empieza en nuestro propio ser: en nuestro orgullo pecaminoso o viejo hombre. Esto es lo que llamamos el Simul: somos santos y pecadores al mismo tiempo. Nuestra carne pecaminosa no quiere recibir nada de parte de Dios; quiere que cada uno de nosotros permanezca muerto en sus delitos y pecados. Le gusta alimentar nuestra concupiscencia para llevarnos a estar en contra de Dios y, de esta manera, siempre busca que nos justifiquemos diciendo: «Dios exige perfección; nosotros tenemos la capacidad para alcanzarla». Es ahí donde surge la idea de la gracia infusa, es decir, que Dios nos capacita para hacer obras y que así somos salvos. Pero a este viejo hombre tampoco le gusta escuchar la Palabra de Dios: odia que le llamen pecador, detesta escuchar sobre el infierno, pero ama escuchar que «una vez salvo, siempre salvo», o pensar que «no importa cómo se viva, Dios siempre va a perdonar» o «dedicaré mi tiempo a Dios cuando ya haya vivido las experiencias de esta vida». Todas estas cosas que escuchamos de nuestro viejo hombre —que es nuestro verdadero perseguidor— nos alejan de congregarnos, de tomar la Santa Cena y de meditar en la Palabra de Dios. El viejo hombre nos separa de la Santa Escritura y de nuestro Dios, pecando así contra el tercer mandamiento; por esto merecemos el infierno eterno, por no amar y confiar en nuestro Dios sobre todas las cosas.

El viejo hombre quiere convertir nuestra vida cristiana en una secta, pero no podrá hacerlo. Todos nosotros, que somos la iglesia, tenemos una promesa que escuchamos en el evangelio para este día: «Las puertas del Hades no prevalecerán contra ella». Y esto sucede porque la obra de Cristo fue completa y eficaz. Muchos quieren ir al cielo para hacer bajar a Cristo, otros quieren descender al abismo para hacer subir a Cristo de los muertos, pero no pueden hacerlo, porque «cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón». ¡Qué importante es la Palabra de Dios para nosotros como cristianos hoy en día! Y porque la obra de Cristo ya fue hecha una sola vez y pasa siempre.

El problema que Pablo cita es la capacidad de razonamiento del hombre, que quiere usar sus obras para ganar la salvación; en otras palabras, quiere vivir por la justicia que es por la ley. En una de las tesis del famoso libro La Ley y el Evangelio, escrito por Walther, se enseña que la ley salva, pero solo bajo la condición de que se viva perfectamente. Esta es la explicación del versículo que Pablo cita de Moisés en la porción de hoy: «El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas». Pero damos gracias al Espíritu Santo por vencer a nuestro perseguidor interno —el viejo hombre— y darnos un nuevo hombre creado por Él mismo, con conocimiento de la verdad y con una relación viva con nuestro Dios, la cual anunciamos y confesamos: Que, si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. En estas palabras se encierra nuestra vida en este mundo y nuestra vida eterna.

Jesús es nuestro Señor porque vino a este mundo con un propósito inamovible: vivir en nuestro lugar cumpliendo la ley a la perfección. Al confesar que Jesús es el Señor, estamos admitiendo que Él es Dios, que no tiene pecado y que por esta razón su obra es la piedra angular de la iglesia y de nuestra fe. El texto también muestra cómo Él venció a la muerte, al diablo y al infierno por nosotros; al resucitar, demostró que en la cruz cargó con todos nuestros pecados y que por ello nos ha dado la verdadera paz. Estas dos verdades que nos revela el pasaje bíblico —la vida perfecta de Cristo, su sufrimiento, su muerte y su resurrección— nos otorgan la salvación, y esto es la justicia que es por la fe, o la palabra de fe.

Por esto, el cristianismo —y dentro de este, ser luteranos confesionales— no nos hace una secta, por más que nos llamen así algunos que creen que seguimos ciegamente a Martín Lutero. Pero en realidad, una de las cosas que debemos rescatar de la historia de la Reforma es que Lutero nunca quiso ese nombre para aquellos que se acogían a la confesión de fe bíblica y verdadera; fue la Iglesia de Roma la que usó ese término de manera despectiva para mostrar que éramos seguidores de hombres. Sin embargo, no seguimos a un hombre, sino a la Palabra de Dios, porque ella es la que está muy cerca de nosotros y nos acerca a Dios.

Esta Palabra obra dos cosas importantes en nuestra vida: porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. La fe no es una creencia secreta, inactiva o puramente intelectual; el creer genuino en el corazón resulta inevitablemente en la justificación, y esa misma fe produce de manera natural una confesión abierta y verbal con los labios que evidencia la salvación. Ambas realidades forman un todo orgánico en la vida del creyente. Por esta creencia no seremos avergonzados puesto que, aunque en este mundo nuestra condición no sea muy visible para muchos, en realidad nosotros somos los hijos favoritos de Dios. Todo creyente lo es, y por lo tanto, cuando Cristo venga por segunda vez en el juicio de las naciones, aquellos que se burlaron de nuestra fe serán testigos de cómo nuestro Señor nos pondrá a su derecha y nos llevará a nuestro hogar celestial en cuerpo y alma.

El versículo 13 nos afirma: «Porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo». Y este invocar no es solo de palabras, sino que también se refleja en nuestras vidas. Ser creyente es un sinónimo de la cruz; la carga de esta y el sufrimiento que nos trae tienen un propósito claro: nuestra salvación. La cruz del cristiano —que puede ser una enfermedad, un conflicto que nos agobia, la falta de empleo, nuestra salud emocional u otras circunstancias que dificultan la práctica del cristianismo— nos recuerda lo que el mismo Señor nos enseña en su Palabra con las palabras de Juan el Bautista: «Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe» (Juan 3:30). En medio de todas nuestras cruces, es importante dejar que Cristo crezca en nuestras vidas, y esto lo hacemos mediante la oración, el estudio de la Palabra y permitiendo que el Espíritu Santo nos guíe y nos dé fortaleza, demostrando que lo que más nos importa no es la cruz de este mundo, sino nuestra ciudadanía que está en los cielos, la cual nos espera asegurada por nuestra confesión de corazón y labios: Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo. Amén.

Himnos

38 Jesús Divino

255 Que mi vida entera este

135 De la Iglesia el Fundamento

246 Mi fe descansa en mi

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