Nuestro Dios es incomprensiblemente misericordioso.
Tema de Día
¿Cómo es Dios? Las lecturas de hoy preguntan: «¿Es Dios justo?». La respuesta sencilla es: «No. No lo es». No nos da lo que merecemos, y eso se llama misericordia. De hecho, no nos da lo que no merecemos, y eso se llama gracia. No procede de nosotros mismos; es sencillamente un don de Dios para nosotros
Oración del día
Señor Dios, tú nos llamas a trabajar en tu reino y prometes recompensarnos según tu gracia. Ayúdanos a liberar nuestras mentes de las expectativas mundanas y a alegrarnos de que derramas gratuitamente las bendiciones de la salvación a todos los hombres; por los méritos de Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre.
Primera Lectura: Romanos 9:6-16
¿Es Dios justo? ¿Es Dios justo? Ni lo uno ni lo otro: es inconcebiblemente bondadoso, como demuestra nuestra elección eterna. Pablo responde a la pregunta remitiéndonos al discurso de Dios a Moisés en Éxodo 33. Los israelitas habían adorado a Dios. Los israelitas habían adorado al becerro de oro, y Moisés intercedió por ellos. Moisés pidió al Señor que le mostrara sus caminos y su gloria. Dios respondió declarando su gracia inconcebible.
6No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, 7ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. 8Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa son contados como descendientes. 9Porque la palabra de la promesa es esta: Por este tiempo vendré, y Sara tendrá un hijo. 10Y no sólo esto, sino también cuando Rebeca concibió de uno, de Isaac nuestro padre 11(pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), 12se le dijo: El mayor servirá al menor. 13Como está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí.
14¿Qué, pues, diremos? ¿Que hay injusticia en Dios? En ninguna manera. 15Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. 16Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.
Salmo 115
La Iglesia canta el Salmo 115 en los servicios que subrayan nuestra humildad ante la gracia de Dios. Tradicionalmente se cantaba después de la cena pascual. Martín Lutero dijo: «El Salmo 115 es un salmo de agradecimiento. Alaba a Dios por ser el verdadero Dios que nos ayuda, identificando a todos los demás dioses como vanos ídolos que no pueden ayudarnos. Se nos enseña a no fijarnos en lo religiosos y respetables que somos, sino que miramos a la gloria de Dios y a su nombre para nuestra salvación.»
1No a nosotros, oh Jehová, no a nosotros,
Sino a tu nombre da gloria,
Por tu misericordia, por tu verdad.
2¿Por qué han de decir las gentes:
¿Dónde está ahora su Dios?
3Nuestro Dios está en los cielos;
Todo lo que quiso ha hecho.
4Los ídolos de ellos son plata y oro,
Obra de manos de hombres.
5Tienen boca, mas no hablan;
Tienen ojos, mas no ven;
6Orejas tienen, mas no oyen;
Tienen narices, mas no huelen;
7Manos tienen, mas no palpan;
Tienen pies, mas no andan;
No hablan con su garganta.
8Semejantes a ellos son los que los hacen,
Y cualquiera que confía en ellos.
9Oh Israel, confía en Jehová;
El es tu ayuda y tu escudo.
10Casa de Aarón, confiad en Jehová;
El es vuestra ayuda y vuestro escudo.
11Los que teméis a Jehová, confiad en Jehová;
El es vuestra ayuda y vuestro escudo.
12Jehová se acordó de nosotros; nos bendecirá;
Bendecirá a la casa de Israel;
Bendecirá a la casa de Aarón.
13Bendecirá a los que temen a Jehová,
A pequeños y a grandes.
14Aumentará Jehová bendición sobre vosotros;
Sobre vosotros y sobre vuestros hijos.
15Benditos vosotros de Jehová,
Que hizo los cielos y la tierra.
16Los cielos son los cielos de Jehová;
Y ha dado la tierra a los hijos de los hombres.
17No alabarán los muertos a JAH,
Ni cuantos descienden al silencio;
18Pero nosotros bendeciremos a JAH
Desde ahora y para siempre.
Aleluya.
Segunda Lectura: Evangelio de Mateo 20:1-16
¿Cómo es nuestro Dios? Jesús nos enseña con una historia, pero nos cuesta contarla. La parábola ofende nuestro afinado sentido de lo que es justo y lo que no lo es. Fíjate en el contexto: los discípulos acababan de preguntar qué recibirían en el reino, y Jesús les prometió 12 tronos. A continuación, anula inmediatamente cualquier pensamiento orgulloso diciendo que en el reino de los cielos, Dios no hace distinciones por méritos u obras («Porque el reino de los cielos es semejante a…»).
1Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. 2Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. 3Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que estaban en la plaza desocupados; 4y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo. Y ellos fueron. 5Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo mismo. 6Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día desocupados? 7Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. El les dijo: Id también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo. 8Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando desde los postreros hasta los primeros. 9Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima, recibieron cada uno un denario. 10Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario. 11Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia, 12diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora, y los has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el calor del día. 13Él, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario? 14Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este postrero, como a ti. 15¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno? 16Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.
Texto Sermón: Jonás 3:10-4:11
Jonás quería que Nínive fuera destruida. En su mente, sería justo. Nínive era malvada, sanguinaria y temida. Jonás no había querido profetizarles porque temía que escucharan y se arrepintieran. Jonás sabía lo que eso significaría. El Señor enseñó a su profeta con una vid y le hizo una observación sorprendente. «Jonás, aunque no tuviste parte en la creación, el crecimiento o la vida de esta vid, estabas emocionalmente unido a ella. Pero piensa en mí, Jonás. Esas personas, esos niños, incluso esas vacas, yo los hice, yo los mantengo, yo quiero que sean míos para siempre. Tan grande es mi gracia».
10Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo.
4
1Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó. 2Y oró a Jehová y dijo: Ahora, oh Jehová, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía yo que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal. 3Ahora pues, oh Jehová, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida. 4Y Jehová le dijo: ¿Haces tú bien en enojarte tanto? 5Y salió Jonás de la ciudad, y acampó hacia el oriente de la ciudad, y se hizo allí una enramada, y se sentó debajo de ella a la sombra, hasta ver qué acontecería en la ciudad.
6Y preparó Jehová Dios una calabacera, la cual creció sobre Jonás para que hiciese sombra sobre su cabeza, y le librase de su malestar; y Jonás se alegró grandemente por la calabacera. 7Pero al venir el alba del día siguiente, Dios preparó un gusano, el cual hirió la calabacera, y se secó. 8Y aconteció que al salir el sol, preparó Dios un recio viento solano, y el sol hirió a Jonás en la cabeza, y se desmayaba, y deseaba la muerte, diciendo: Mejor sería para mí la muerte que la vida. 9Entonces dijo Dios a Jonás: ¿Tanto te enojas por la calabacera? Y él respondió: Mucho me enojo, hasta la muerte. 10Y dijo Jehová: Tuviste tú lástima de la calabacera, en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació, y en espacio de otra noche pereció. 11¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?
NUESTRA ACTITUD COMO JONASES: LLEVANDO LA GRACIA SIN EXCLUSIONES
En el Antiguo Testamento podemos ver que la ciudad de Nínive, capital de Asiria, es descrita de forma categórica como un símbolo absoluto de maldad, tiranía y orgullo en cuatro dimensiones:
Primero, era conocida como «Ciudad Sanguinaria» por su brutalidad militar con torturas extremas, mutilaciones, deportaciones masivas y ejecuciones públicas atroces.
Segundo, destacaba la crueldad sistemática y el saqueo. Nínive no solo conquistaba, sino que sometía a las naciones vecinas mediante la rapiña, el engaño y el saqueo constante.
Tercero, la arrogancia y la soberbia contra Dios. Los reyes y habitantes de Nínive padecían de una extrema altivez. Confiaban ciegamente en su poderío militar, sus altas murallas y sus riquezas, llegando a desafiar indirectamente la soberanía del Dios de Israel.
Y, por último, la idolatría y la «seducción» de las naciones. Además de la violencia física, la Biblia señala la depuración espiritual de Asiria. Nahúm menciona que Nínive sedujo a los reinos circundantes con sus «fornicaciones y hechicerías».
Ahora bien, la pregunta que tenemos es la siguiente: ¿En qué se parece este mundo actual a Nínive? Si comparamos estas cuatro cosas que hicieron que subiera la maldad hacia Dios (Jonás 1:1) con el mundo de hoy, este no sería una excepción. Pero no tenemos que ir muy lejos para entender esta situación, solo necesitamos vernos a nosotros mismos, porque por naturaleza somos crueles, humilladores, vengadores, orgullosos y vanagloriosos.
Nínive, el mundo de hoy y nosotros somos la representación de la maldad que Dios ve en el mundo. El ejemplo del profeta Jonás, quien se dejó llevar por su nacionalismo pecaminoso. Siendo profeta del norte, supo todo lo que Israel sufrió por este país y, por esto, le pareció inaudito que Dios quisiera el arrepentimiento de ellos.
Por otro lado, nosotros pensamos como Jonás: no evangelizamos a homosexuales, a trabajadoras sexuales, drogadictos, alcohólicos, habitantes de calle, homicidas, secuestradores, entre otros, porque nos creemos mejores que ellos. En nuestra mente está el pensamiento de que Dios no los puede cambiar, de que ellos no pueden arrepentirse, o de que nos rechazarán o escucharán solo por interés.
Todo esto, mis hermanos, muestra el problema de nuestro corazón, tal como lo dijo Jesús:
«Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre» (Marcos 7:21-23).
Pero también Pablo habla de este tema:
«Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita» (2 Timoteo 3:2-5).
Al escuchar estas palabras, nos damos cuenta de que tanto Jesús como Pablo hablan en el contexto de personas religiosas; es decir, como la Palabra de Dios es útil en todo tiempo, también se aplica a nuestros días. Hay creyentes que tienen apariencia de serlo, pero no lo son por sus frutos. Y esto, lastimosamente, es una radiografía de nuestra carne pecaminosa. Por esto merecemos morir eternamente en el infierno a causa de nuestra falta de amor a Dios y nuestra falta de confianza en su Palabra, guiada por el Espíritu Santo, que es Dios.
El versículo clave de la historia de Jonás y Nínive para hoy lo encontramos en estos pasajes:
«Y dijo Jehová: Tuviste tú lástima de la calabacera, en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació, y en espacio de otra noche pereció. ¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?» (Jonás 4:10-11).
Dios está mostrándole a Jonás su egoísmo y su falta de compasión hacia Nínive. Así como Dios creó la calabacera para proteger a Jonás del sol, también creó a Adán y Eva, y de ellos provienen todos los seres humanos, incluidos los ninivitas. Esta es una verdad, mis hermanos: Dios nos creó y Él nos salvó. Tiene misericordia de nosotros, así como la tuvo con los niños de Nínive —que eran ciento veinte mil— y los animales. Los animales no tienen espíritu y no pueden pecar; por lo tanto, no había razón para destruir a los animales en Nínive, como tampoco había razón para destruir a la gente de esa ciudad. Aunque habían pecado grandemente, se habían arrepentido y Jehová había perdonado su pecado.
Yo no entiendo la misericordia de Dios para conmigo. Mis pecados, los que he cometido y cometo, han sido perdonados en Cristo Jesús, pero para ustedes también. Nosotros no merecemos nada de nuestro Dios, solo el castigo eterno en el infierno. Pero este es el tema de este domingo: nuestro Dios es incomprensiblemente misericordioso. Lo demostró con Nínive, la malvada y terrorífica. Es muy claro lo que leemos en este versículo:
«Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo» (Jonás 3:10).
Entendiendo el contexto amplio de la Biblia, podemos tener en cuenta la Ley y el Evangelio. Las palabras que predicó Jonás estaban llenas de todo el poder del Espíritu Santo:
«Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida. Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos» (Jonás 3:4-5).
Las palabras del juicio los llenaron de terror, al igual que cuando nosotros escuchamos el mismo mensaje de condenación. Pero el Espíritu Santo no abandonó a los ninivenses, tampoco a nosotros, al producir en nuestros corazones arrepentimiento para luego llevarnos al Mesías. Los de Nínive recibieron la fe por el oír la Palabra de Dios (Romanos 10:17); nosotros también. Ellos creyeron en Dios como dice el texto, y este creer es la confianza en el Mesías que iba a venir; para nosotros es la confianza en Jesús quien vino a redimirnos. Él fue muy distinto al profeta Jonás y a nosotros: vino a este mundo a buscar lo que se había perdido, a un recaudador de impuestos, a prostitutas que luego se convirtieron al cristianismo, a una mujer de Samaria que era adúltera y tenía su propia creencia, y a sus doce apóstoles, que no eran mejores que nadie. Los amó a todos perfectamente, dándoles la salida a su muerte espiritual. Fue su luz, que los rescató de las tinieblas dándoles el perdón, y esto el Padre en los cielos lo aceptó como nuestro sustituto, quien cumplió el primer y tercer mandamiento por nosotros perfectamente.
Pero los profetas del Antiguo Testamento fueron fieles al hablar de la redención del Mesías. Nos encontramos con Zacarías, que dice:
«Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito» (Zacarías 12:10).
Aquel a quien traspasaron en la cruz fue a quien no le rompieron ningún hueso fue el unigénito de Dios, para comprobar su muerte, le metieron una lanza en su costado y no quebraron sus huesos como cumplimiento de las profecías. Esto demostró que Jesús murió como castigo por nuestros pecados y nos dio paz y gracia.
El libro de Jonás terminó en un silencio de parte de Dios y del profeta, pero Jonás aprendió de la misericordia de Dios; nosotros también hemos aprendido y esto lo demostramos con el evangelismo. Vamos a llevar este mensaje sin mirar a quién, sin mirar su posición social, económica o racial. Somos «Jonases» en este mundo que Dios nos ha preparado y enviado para que la voluntad de Él se cumpla: que todo hombre sea salvo. Y por esto es importante que nosotros sigamos practicando y llevando los medios de gracia en donde estemos, por esta es la única manera que Dios da la fe y el perdón de los pecados con el Evangelio en la Palabra, el Santo Bautismo y la Santa Cena. Amén.
Himnos
291 Imploramos tu presencia
194 Gloria a tu nombre (Fe y Alabanza)
202 Oíd la Voz del Salvador
38 Jesús Divino
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