Nuestro Dios quiere verdadero arrepentimiento y verdadera obediencia.
Tema del Día
Hoy se recuerda a la Iglesia que la gracia de Dios no nos da licencia para pecar. Dios no quiere mera palabrería, sino un corazón quebrantado y contrito que se aparte del pecado y haga la voluntad de nuestro Dios y Padre. Nuestro Dios quiere un verdadero arrepentimiento que conduzca a una verdadera obediencia.
Oración del Día
Concédenos, Dios nuestro, que tu Espíritu Santo dirija y gobierne en todo nuestro corazón, pues sin tu ayuda no podemos agradarte; por tu Hijo Jesucristo, Señor nuestro, que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre. Amén
Primera lectura: Ezequiel 18:1-4, 25-32
En este domingo en el que la Iglesia es llamada al arrepentimiento continuo, Ezequiel trae una fuerte advertencia para los cristianos que se vuelven laxos en su fe o se desentienden de su pecado. Dios quiere un verdadero arrepentimiento que conduzca a una verdadera obediencia. Israel no había dado ni lo uno ni lo otro. En lugar de ver su sufrimiento como resultado de su pecado y una llamada al arrepentimiento, sólo veían injusticia.
1Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: 2¿Qué pensáis vosotros, los que usáis este refrán sobre la tierra de Israel, que dice: Los padres comieron las uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen la dentera? 3Vivo yo, dice Jehová el Señor, que nunca más tendréis por qué usar este refrán en Israel. 4He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá.
25Y si dijereis: No es recto el camino del Señor; oíd ahora, casa de Israel: ¿No es recto mi camino? ¿no son vuestros caminos torcidos? 26Apartándose el justo de su justicia, y haciendo iniquidad, él morirá por ello; por la iniquidad que hizo, morirá. 27Y apartándose el impío de su impiedad que hizo, y haciendo según el derecho y la justicia, hará vivir su alma. 28Porque miró y se apartó de todas sus transgresiones que había cometido, de cierto vivirá; no morirá. 29Si aún dijere la casa de Israel: No es recto el camino del Señor; ¿no son rectos mis caminos, casa de Israel? Ciertamente, vuestros caminos no son rectos.
30Por tanto, yo os juzgaré a cada uno según sus caminos, oh casa de Israel, dice Jehová el Señor. Convertíos, y apartaos de todas vuestras transgresiones, y no os será la iniquidad causa de ruina. 31Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? 32Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis.
Salmo del Día 25
La Iglesia canta el Salmo 25 en los servicios que animan a una vida cristiana de arrepentimiento y fe. En hebreo, este salmo es un acróstico alfabético, que ofrece peticiones y alabanzas de la A a la Z, con el último verso que se extiende más allá del final del alfabeto. Martín Lutero dijo: «El Salmo 25 es una oración. El salmista ruega por la piedad y el perdón de Dios, y pide ser guardado y rescatado del pecado y la vergüenza, de los enemigos y de todo mal. El salmo trata de necesidades y circunstancias verdaderamente individuales. Incluye confesiones de pecado, lamentos por los enemigos y peticiones de sabiduría y justicia.»
Salmo de David.
1A ti, oh Jehová, levantaré mi alma.
2Dios mío, en ti confío;
No sea yo avergonzado,
No se alegren de mí mis enemigos.
3Ciertamente ninguno de cuantos esperan en ti será confundido;
Serán avergonzados los que se rebelan sin causa.
4Muéstrame, oh Jehová, tus caminos;
Enséñame tus sendas.
5Encamíname en tu verdad, y enséñame,
Porque tú eres el Dios de mi salvación;
En ti he esperado todo el día.
6Acuérdate, oh Jehová, de tus piedades y de tus misericordias,
Que son perpetuas.
7De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes;
Conforme a tu misericordia acuérdate de mí,
Por tu bondad, oh Jehová.
8Bueno y recto es Jehová;
Por tanto, él enseñará a los pecadores el camino.
9Encaminará a los humildes por el juicio,
Y enseñará a los mansos su carrera.
10Todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad,
Para los que guardan su pacto y sus testimonios.
11Por amor de tu nombre, oh Jehová,
Perdonarás también mi pecado, que es grande.
12¿Quién es el hombre que teme a Jehová?
El le enseñará el camino que ha de escoger.
13Gozará él de bienestar,
Y su descendencia heredará la tierra.
14La comunión íntima de Jehová es con los que le temen,
Y a ellos hará conocer su pacto.
15Mis ojos están siempre hacia Jehová,
Porque él sacará mis pies de la red.
16Mírame, y ten misericordia de mí,
Porque estoy solo y afligido.
17Las angustias de mi corazón se han aumentado;
Sácame de mis congojas.
18Mira mi aflicción y mi trabajo,
Y perdona todos mis pecados.
19Mira mis enemigos, cómo se han multiplicado,
Y con odio violento me aborrecen.
20Guarda mi alma, y líbrame;
No sea yo avergonzado, porque en ti confié.
21Integridad y rectitud me guarden,
Porque en ti he esperado.
22Redime, oh Dios, a Israel
De todas sus angustias.
Segunda lectura: Filipenses 2:1-11
Pablo cita un himno de humillación y exultación como modelo para modelar nuestras actitudes. El verdadero arrepentimiento nos lleva a la verdadera obediencia de imitar a Cristo. La parábola de los dos hijos nos lleva inevitablemente a pensar en un tercer hijo -uno que nunca se menciona en la parábola-, el hijo que dijo sí y también trabajó en la viña. Jesús es el verdadero hijo de su Padre, que a la vez dijo las palabras: «No se cumpla mi voluntad, sino la tuya.», e hizo la obra: «obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!».
1Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, 2completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. 3Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; 4no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. 5Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. 9Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, 10para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
Texto Sermón: Evangelio de Mateo 21:23-32
Parecían tan justos mientras estaban de pie en los atrios del templo. Los grandes hombres de Israel se habían reunido contra Jesús. Estos hombres sabían todas las palabras que decir y las maneras de actuar, pero la única justicia que tenían era una justicia propia justicia que ofendía a Dios. Afirmaban estar haciendo la obra de Dios y cumpliendo su voluntad, pero no había arrepentimiento ni verdadera obediencia.
23Cuando vino al templo, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él mientras enseñaba, y le dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿y quién te dio esta autoridad? 24Respondiendo Jesús, les dijo: Yo también os haré una pregunta, y si me la contestáis, también yo os diré con qué autoridad hago estas cosas. 25El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres? Ellos entonces discutían entre sí, diciendo: Si decimos, del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? 26Y si decimos, de los hombres, tememos al pueblo; porque todos tienen a Juan por profeta. 27Y respondiendo a Jesús, dijeron: No sabemos. Y él también les dijo: Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.
28Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. 29Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. 30Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue. 31¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios. 32Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle.
Frutos de Arrepentimiento: Volviendo al Altar del Señor
En los capítulos 12 y 13 del libro de Génesis encontramos la historia de Abraham y Sara, su esposa. Es muy común leer en la Biblia las épocas difíciles que vivieron muchos como consecuencia del pecado que hay en el mundo; en este caso, había hambre en la tierra. La solución para ellos fue ir a Egipto, pero es interesante ver la actitud de los patriarcas estando allí, porque la práctica de este pueblo pagano era quitar a las mujeres hermosas y asesinar a sus esposos. Por esto, la manera en que Abraham cuidó a Sara fue mentir al Faraón, haciéndola pasar por su hermana. La misión de Dios era cuidar que Sara, la cual era estéril, no tuviera relaciones sexuales con nadie excepto con su esposo, cuidándola de pecar en contra del sexto mandamiento y cuidando también la genealogía del Mesías. Por esto llegaron problemas a la casa del Faraón en forma de grandes plagas; no sabemos exactamente cómo fueron estas, pero lo que la Biblia nos informa es que el Faraón, por medio de esto, se dio cuenta de que Abraham y su esposa lo habían engañado, por lo que fueron expulsados de Egipto.
Pero en el Nuevo Testamento también podemos encontrar historias parecidas a estas, donde una creyente peca y es avergonzado por los incrédulos. Encontramos otra historia en la vida personal de Jesús con sus apóstoles, quienes mayormente pasaban el tiempo con Él. En el listado de los llamados por Jesús para ser sus apóstoles encontramos el nombre de Judas Iscariote; él, al igual que los demás, fue llamado e instruido por Jesús, quien usó la Ley y el Evangelio. También fue testigo de muchos milagros y de todo lo que hizo nuestro Señor. Sin embargo, el Espíritu Santo lo presenta como el traidor, aquel que robaba de la bolsa de las ofrendas. El Señor en una oportunidad le llamó «diablo». Pero el Jueves Santo, mientras Jesús instituía la Santa Cena, lo llamó al arrepentimiento con esta pregunta: «Uno de ustedes me va a entregar»; no obstante, él salió del aposento alto para completar el plan de entregar a su Señor.
¿Qué pecado hemos cometido nosotros del cual no nos hemos arrepentido? Cuando falta el arrepentimiento, es porque tenemos el mismo problema de los principales sacerdotes y ancianos que fueron a preguntarle con qué autoridad Él había echado a los cambistas, y había dicho: «Mi casa, casa de oración será llamada; más vosotros la habéis hecho cueva de ladrones» (Mateo 21:13). Esto sucedió en lo que llamamos la Semana Santa y lo más probable es que esta conversación ocurrió el martes santo; el lunes santo, Jesús, al visitar el templo de Jerusalén, se dio cuenta de que todos estaban allí por negocio y no por adoración. La Pascua tenía un significado especial para los judíos, como sabemos, pero había perdido la esencia de ser una fiesta de adoración. El problema era que no reconocían la autoridad de Jesús. Abraham, al pecar con su mentira, no reconoció la autoridad de Dios; Judas tampoco lo hizo, y nosotros, cada vez que no nos arrepentimos o no damos el fruto de arrepentimiento, tampoco reconocemos la autoridad de Dios.
Jesús quiso que ellos reconocieran la autoridad de Juan el Bautista: «El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los hombres?» (Mateo 21:25). El texto bíblico nos dice que ellos no quisieron contestar por conveniencia, puesto que no querían quedar mal delante de las personas que estaban escuchando, y es por lo que la situación llevó a Jesús a contar la parábola de los dos hijos. El Señor usa una viña en esta parábola porque era muy conocida en el pueblo de Israel por ser parte de su agricultura. El llamado de su Padre —en este caso, Dios— a sus dos hijos para que fueran a trabajar es muy claro. El primer hijo contestó de una manera grosera a su padre: «No quiero». Este primer hijo representa a los pecadores, prostitutas y publicanos. El segundo hijo dijo «Sí iré», pero no fue. El cambio de actitud del primer hijo se ve muy claro en el texto con la palabra «arrepentimiento» significa cambio de, y por esto Jesús les mostró con qué autoridad habló Juan el Bautista y con cuál lo estaba haciendo Él: «¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios. Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle» (Mateo 21:31-32).
No arrepentirnos es un pecado en contra de todos los mandamientos que Dios nos ha dado porque estamos contentos de hacer el mal al prójimo y no nos importa vivir por el amor de Dios. El origen de esto proviene de ir en contra de Dios, de su voluntad y de su Palabra. El no tener arrepentimiento es mostrar que estamos dominados por nuestro viejo hombre y esta falta de cambio lleva al infierno; por esto, cuando se usa la amonestación fraternal o disciplina eclesiástica y se trata a la persona como un gentil y publicano, es porque ya no pertenece a la iglesia invisible, puesto que su falta de arrepentimiento es una prueba de incredulidad. La falta de arrepentimiento lleva a la muerte, así como sucedió con Judas Iscariote, quien al ver todo lo que había ocasionado creyó que con solo tirar las monedas a los pies de los líderes religiosos iba a solucionar el problema. Pero su conciencia le acusó tanto que se suicidó, y la evidencia bíblica muestra que se perdió no solo por su pecado, sino por la falta de un verdadero arrepentimiento y fruto de este. Nosotros merecemos la muerte eterna por no reconocer la autoridad de Dios cuando pecamos y no nos arrepentimos o nos arrepentimos y no queremos dar el fruto de arrepentimiento porque nos sentimos cómodos viviendo de esta manera, y merecemos ser echados al fuego eterno por no dejar que el Espíritu Santo trabaje en nuestras vidas.
Jesús vino a este mundo a buscar con toda autoridad a estos hijos que no querían ir a la viña, aquellos que no podían pertenecer a la viña del Señor por su pecado y por sus propios méritos. La obediencia de Jesús en todo al Padre nos fue atribuida, y cada vez que llamó a un pecador al arrepentimiento lo hizo confiando en la promesa del Padre dada en su Palabra de que el reino de los cielos será abierto y habrá fiesta en el cielo por dicho arrepentimiento. Nuestro Señor fue entregado como parte del plan de redención para nosotros; los líderes religiosos, usados por el diablo, usaron todos los medios para entregar a Jesús y nunca lo reconocieron como Hijo de Dios. Pero Él sufrió, fue a la cruz y murió para pagar no solo el pecado de ellos, sino el de todos nosotros. Nuestro Señor nos libró del castigo eterno y, con su sangre preciosa, abrió el cielo para nosotros.
«Subió, pues, Abram de Egipto hacia el Neguev, él y su mujer, con todo lo que tenía, y con él Lot. Y Abram era riquísimo en ganado, en plata y en oro. Y volvió por sus jornadas desde el Neguev hacia Bet-el, hasta el lugar donde había estado antes su tienda entre Bet-el y Hai, al lugar del altar que había hecho allí antes; e invocó allí Abram el nombre de Jehová» (Génesis 13:1-4).
Al invocar el nombre de Jehová en este altar, lo estaba haciendo como un acto de arrepentimiento por su pecado cometido en Egipto. Nosotros, por la obra del Espíritu Santo, reconocemos la autoridad de Jesús, reconocemos su amor y la obra del Consolador en nuestras vidas, arrepintiéndonos de todos nuestros pecados y dando frutos de arrepentimiento. Si mentimos, pedimos perdón y el fruto del arrepentimiento es dejar de mentir; si robamos, el arrepentimiento nos va a llevar a devolver lo robado; si somos desobedientes con nuestros padres o la autoridad, Jesús quiere que en arrepentimiento les honremos y respetemos. Si pecamos contra el matrimonio con adulterio o abandono malicioso, nuestro Dios manda que honremos la palabra de fidelidad que prometimos, y si no entendemos qué es el matrimonio, es mejor estar solteros para no dañar la obra de Dios. Nuestra avaricia y egoísmo necesita ser tratado con el poder de la ley para producir fruto de ser felices con lo que tenemos y de esta manera mostramos el amor de Dios, si somos infieles con Dios, Él, que es fiel, nos ha llamado al arrepentimiento y por la obra del evangelio produce en nosotros el fruto del arrepentimiento, lo cual muestra toda la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas y junto a esto nos ha dado el camino a casa con el Evangelio: Todo el que invoque el nombre de Jesús será salvo. Amén.
Himnos
Himno 208 Piedad, Oh Santo Dios, Piedad
Himno 255 Que mi vida entera este
Himno 234 (Fe y Alabanza) El que habita al abrigo de Dios
Himno 339 Iglesia de Cristo reafirma tu amor
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