Día de Pentecostés

Vive para derramar su Espíritu.

Tema del Día

Pentecostés es la tercera gran fiesta de la Iglesia, junto con la Natividad y la Resurrección, y se conmemora al menos desde el año 217 d.C. Los primeros padres de la Iglesia la mencionan con tanta frecuencia que algunos consideran que es un indicio de que se celebraba desde los tiempos apostólicos. Cierra 50 días después de Pascua y pone fin a la mitad festiva del año eclesiástico. La Iglesia se viste de rojo para recordar las lenguas de fuego que marcaron el don del Espíritu y la sangre de los mártires que fue la semilla de la Iglesia. El tiempo de Pascua culmina en Pentecostés, cuando el Señor resucitado da poder a su pueblo para que sea testigo de la resurrección ante el mundo.

Oración del Día

Espíritu Santo, Dios y Señor, ven a nosotros en este día gozoso con tu don séptuple de gracia. Reaviva en nuestros corazones el fuego sagrado de tu amor para que, con una fe verdadera y viva, podamos contar en el extranjero la gloria de nuestro Salvador, Jesucristo, que vive y reina contigo y con el Padre, un solo Dios, ahora y siempre. Amén

Primera lectura: 1 Corintios 12:3-11

Cuando Dios derrama su Espíritu, provoca una unidad de fe en Cristo y una diversidad de dones en su Iglesia. Cada uno de nosotros puede tener dones diferentes, pero es el mismo Espíritu quien los ha dado. Cada uno de nosotros puede usar sus dones de diferentes maneras, pero es al mismo Señor a quien servimos a través de ellos.

3Por tanto, os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema a Jesús; y nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo.

4Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. 5Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. 6Y hay diversidad de operaciones, pero Dios, que hace todas las cosas en todos, es el mismo. 7Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. 8Porque a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; 9a otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu. 10A otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. 11Pero todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.

Salmo 104

La Iglesia canta el Salmo 104 en los servicios que hacen hincapié en la obra del Espíritu Santo. Se centra especialmente en la obra de la creación. Martín Lutero dijo: «El Salmo 104 es un salmo de acción de gracias por las cosas, además de los seres humanos, que Dios ha creado en los cielos y en la tierra. El salmista relata lo deliciosa y ordenada que es toda la creación de Dios, evocando placer y alegría. Pero, ¿quién presta atención o se da cuenta? Sólo la fe y el Espíritu».

1 Bendice, alma mía, a Jehová.

Jehová Dios mío, mucho te has engrandecido;

Te has vestido de gloria y de magnificencia.

2 El que se cubre de luz como de vestidura,

Que extiende los cielos como una cortina,

3 Que establece sus aposentos entre las aguas,

El que pone las nubes por su carroza,

El que anda sobre las alas del viento;

4 El que hace a los vientos sus mensajeros,

Y a las flamas de fuego sus ministros.

5 El fundó la tierra sobre sus cimientos;

No será jamás removida.

6 Con el abismo, como con vestido, la cubriste;

Sobre los montes estaban las aguas.

7 A tu reprensión huyeron;

Al sonido de tu trueno se apresuraron;

8 Subieron los montes, descendieron los valles,

Al lugar que tú les fundaste.

9 Les pusiste término, el cual no traspasarán,

Ni volverán a cubrir la tierra.

10 Tú eres el que envía las fuentes por los arroyos;

Van entre los montes;

11 Dan de beber a todas las bestias del campo;

Mitigan su sed los asnos monteses.

12 A sus orillas habitan las aves de los cielos;

Cantan entre las ramas.

13 El riega los montes desde sus aposentos;

Del fruto de sus obras se sacia la tierra.

14 El hace producir el heno para las bestias,

Y la hierba para el servicio del hombre,

Sacando el pan de la tierra,

15 Y el vino que alegra el corazón del hombre,

El aceite que hace brillar el rostro,

Y el pan que sustenta la vida del hombre.

Segunda lectura: Evangelio de Juan 7:37-39

En la fiesta de los tabernáculos El pueblo entonaba Isaías 12:3  “Con alegría sacarán ustedes agua de las fuentes de la salvación”. Jesús declaró que esto se cumplía en él. Él era la culminación del Antiguo Testamento. Él era la fuente de la salvación y de la alegría que la acompaña. Su promesa de ríos de agua viva tuvo que esperar a otra fiesta de la cosecha, la que siguió a su muerte, resurrección y entronización. Pero cuando llegara, derramaría su espíritu para una cosecha de almas.

37En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. 38El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. 39Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

Texto Sermón: Hechos 2:1-21

La Iglesia sigue los pasos de Cristo, que fue preparado para su ministerio por una efusión dramática y visible del Espíritu en su bautismo. Jesús cumplió su promesa de bautizar a la Iglesia con el Espíritu Santo y con fuego. El verdadero milagro de Pentecostés es el don transformador del Espíritu Santo, que toma a los tímidos seguidores de Jesús y los convierte en audaces testigos que llevan el Evangelio al mundo.

El Espíritu de la Cosecha

  1. Prometido
  2. Venido
  3. Derramado

Ha sido una bendición poder visitar a nuestros hermanos acá en Colombia, y recordar las memorias y hacer unas nuevas. Recuerdo un 6 de diciembre, por casualidad caminando por la calle, encontré un desfile de mitos y leyendas del país, y entre los disfrazados apareció la madre monte, mitad humana mitad monte. Que según el mito cuida a la naturaleza y castiga a los que hacen daño al ambiente.

Recién pasé también por Ecuador y allí hay una figura que aparece en todos lados, con su máscara colorida, y piernas cubiertas en pelo de animales. Se llama Aya Huma, y personas ponen su máscara para hacer un rito para la bendición del sol dios y de la pacha mama sobre la cosecha que viene.

En Norteamérica, grupos de indígenas son conocidos también por una danza que hacen para que llueva.

Estos tres ejemplos vienen de nuestro continente, no más. Hay muchas similitudes con deidades en culturas africanas y asiáticas también.

Todo esto es muy entendible. Tiene que ver con la comida, la cosecha, y el clima, y el ser humano reconoce que son cosas que no puede controlar. Así que busca a quien acudir; que sea un ser más grande que él, algún espíritu o antepasado. Piensa que por hacer sacrificios y ritos ese espíritu le va a prestar más atención y devolverle bendiciones. Para ellos, su relación con su dios es una relación transaccional. Te doy algo, me devuelves algo.

¿Cómo cristianos pensamos en nuestro Dios así? ¿Pensamos a veces que por nuestras alabanzas Dios nos va a dar bendiciones físicas? ¿Cuándo damos ofrendas, es porque pensamos que Dios nos va a multiplicarlas? Cuando el ser humano que no tiene la palabra de Dios busca de Dios, trata de hacer transacciones e intercambios con Dios. Es por eso que hay tantas deidades e espíritus relacionados con bendiciones físicas, fertilidad de la tierra, y la cosecha.

Pero mis queridos amigos, nuestro Dios no es un Dios de transacciones. No está interesado en intercambiar, ni negociar como si fuera un mercado. No está interesado en recibir sacrificios, ritos y oraciones solo para darnos una cosecha de bienes terrenales. Dios quiere darnos todo, y llenarnos del Espíritu para que nosotros trabajemos para recolectar otro tipo de cosecha, una cosecha de almas. Hoy es un día especial en la iglesia, algunos lo han llamado el cumpleaños de la iglesia, el día de Pentecostés. Conmemoramos hoy el día en que Dios derramó su Espíritu sobre su iglesia e inició una nueva era. Vamos a leer la historia de su venida y como empoderó a su iglesia para que fueran obreros en su campo. Escuchen al texto con este bosquejo de tres puntos en mente: El Espíritu de la cosecha 1. Prometido; 2. Venido; 3. Derramado.

1Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. 2Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; 3y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. 4Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.

5Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. 6Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. 7Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? 8¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? 9Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, 10en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de Africa más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, 11cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. 12Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto? 13Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto.

Primer discurso de Pedro

14Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. 15Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. 16Mas esto es lo dicho por el profeta Joel:

  17 Y en los postreros días, dice Dios,

Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne,

Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán;

Vuestros jóvenes verán visiones,

Y vuestros ancianos soñarán sueños;

  18 Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días

Derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.

  19 Y daré prodigios arriba en el cielo,

Y señales abajo en la tierra,

Sangre y fuego y vapor de humo;

  20 El sol se convertirá en tinieblas,

Y la luna en sangre,

Antes que venga el día del Señor,

Grande y manifiesto;

  21 Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

Esperando el Espíritu prometido. Allí vimos los apóstoles. Quizás algunos inseguros de cómo les iba a ir. Quizás algunos con temor a los que habían asesinado a su maestro y Señor. Pero quizás unos con esperanza, porque tenían una promesa que estaba por cumplirse. Hace diez días atrás vieron a Jesús ascender al cielo, dejándoles con una gran tarea, de ser sus testigos en todo el mundo. Les prometió que iba a estar con ellos. También les prometió antes de ascender que iba a enviar su Espíritu, la promesa del Padre, que sería un consolador y consejero para ellos. Y les dijo, “Quédense en Jerusalén y esperen al Espíritu.” Así que hicieron eso mismo. El texto nos cuenta, “cuando llegó el día de Pentecostés, estaban unánimes juntos los discípulos.” Esperando el Espíritu prometido.

Y así pasó, que vino el Espíritu, en un día histórico. Y fue un día especial. Había gente allí de todos lados, eran judíos que se habían esparcido por todo el mundo, pero volvieron a Jerusalén para la fiesta de Pentecostés. Podemos estar seguros de que Dios tuvo ese plan en mente hace mucho tiempo. Si volvemos hasta hacía mil quinientos años atrás, y vamos al monte de Sinaí, cuando Dios dio su ley a Moisés, instituyó tres fiestas para Israel, para que lo adoraran como quiso. Había la Pascua, un recordatorio de cuando Dios los sacó de Egipto. Había Yom Kippur, el día de la expiación, cuando el sumo sacerdote haría un sacrificio para todo el pueblo. Y la tercera fiesta fue Pentecostés, una fiesta dando gracias a Dios por la cosecha. Y en esa fiesta, cuando estaba presente gente de todos lados, Dios decidió cumplir su promesa y enviar su Espíritu en una manifestación poderosa.

Así que inauguró el Espíritu una nueva era, la era de la cosecha. Sopló un viento poderoso. Aparecieron lenguas de fuego. Fueron llenos del Espíritu Santo y predicaron. Todos escucharon el mensaje en su propio idioma, y 3000 personas fueron agregadas al número de los que son salvos. Escucharon que todo aquél que invocare el nombre del Señor será salvo. Escucharon de Cristo, que vino y fue asesinado. Murió y resucitó. Dio su vida perfecta para ellos. Escucharon de Pedro, “Arrepiéntanse y bautícense para perdón de pecados.” Y recibieron el Espíritu Santo, para creer en la obra de Cristo, según la voluntad del Padre. Y la cosecha no terminó allí. Saben que la gente que quedaba asombrada ese día volvieron a casa para contar lo que había escuchado ese día.

En ese día el Espíritu de la cosecha, el Espíritu Santo, fue derramado sobre todos los que escucharon la predicación de los Apóstoles y el mensaje de Jesús. Y dos mil años después sigue pasando. Usted y yo también hemos recibido el Espíritu Santo, el Espíritu de la cosecha. En el día de Pentecostés, Pedro predicó que se estaba cumpliendo una profecía del profeta Joel del derramamiento del Espíritu en los últimos días. Pasó de una forma impresionante y visible ese día, y sigue pasando hoy. Quizás ya no con estruendos como vientos poderosos. Quizás no con lenguas de fuego e idiomas que no hayamos estudiado. Pero sigue viniendo el Espíritu por la predicación de su palabra, donde escuchamos que todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo. Y entra el Espíritu en todos nosotros. Según lo que Joel profetizó: El Espíritu es derramado sobre cada uno acá: sus jóvenes y sus adultos, sus niños y sus niñas, sobre toda carne, y eso incluye todas las naciones.

El Espíritu es derramado en nosotros para que seamos parte de la cosecha. El Espíritu hace crecer la fe, y nos da dones que usamos para la cosecha de almas, de compartir la paz y gozo que tenemos en Dios. Cuando el Espíritu es derramado es como una jarra de agua que nunca acaba, derramando agua en nuestro vasito. Cuando se llena, ¿adónde va? Empieza a rebosar. No podemos dejar de compartir lo que el Espíritu nos ha dado. Y como los de Frígia y Pamfilia e Egipto volvieron a sus tierras para compartir lo que escucharon, nosotros también volvemos a nuestras casas y a nuestros barrios para dar un testimonio de la gloria del Espíritu de la cosecha, el Espíritu Santo que habita en cada uno de nosotros.

¿Que hicieron los Apóstoles para recibir el Espíritu? Jesús les decía, quédense y esperen. Estaban unánimes juntos. Y el Espíritu vino y fue derramado sobre ellos. Acá estamos nosotros, celebrando ese día de Pentecostés y el inicio de la nueva era. Estamos unánimes juntos, adorando a Dios. Y el Espíritu de la cosecha ha venido sobre nosotros. Y fue derramado en nosotros. Venimos acá al culto, para escuchar más, animarnos y fortalecernos en la palabra, y cuando terminamos acá, volvemos al campo. Para trabajar hasta que venga el día del Señor, Grande y manifiesto; Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo. Hermanos: La cosecha es mucha, pero los obreros pocos; rueguen, por tanto, al Señor de la cosecha que envíe obreros a Su cosecha. Amén.

Himnos

291 Imploramos tu presencia

198 Preste oídos el humano

90 Espíritu Divino

303 Dios os guarde siempre en santo amor

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