El cristiano encuentra descanso en Jesús.
Tema del Día
Desde el principio de los tiempos, Dios proporcionó descanso a su creación. Bendijo el séptimo día y lo apartó, para que el hombre aprendiera a encontrar su descanso sólo en Dios. Pero el pueblo convirtió el don divino del descanso en un pesado conjunto de normas. El sábado se convirtió más en la observancia de las leyes que en la recepción del don de la gracia de Dios. Cuando nuestra relación con Dios se centra en nosotros mismos, no hay posibilidad de un verdadero descanso, sólo más cargas. En Jesús, el cristiano encuentra descanso de sus cargas, descanso de sus batallas y descanso para siempre en el cielo.
Oración del Día
Dios bondadoso, Padre celestial, tu misericordia nos acompaña todos los días. Sé nuestra fuerza y apoyo en medio de los fatigosos cambios de este mundo, y al final de la vida, concédenos tu descanso prometido y las plenas alegrías de tu salvación; por tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre. Amén
Primera Lectura: Éxodo 33:12-23
¿Puedes oír la frustración en la voz de Moisés? ¿Puedes sentir la preocupación? Desde su gran caída con el becerro de oro, Dios se había negado a acompañar al pueblo de Israel. Enviaría un ángel, pero él mismo no los acompañaría. Moisés suplicó a Dios que subiera con ellos a la Tierra Prometida. Dios respondió con gracia y misericordia y prometió a Moisés que su misma Presencia iría con ellos, y Él mismo daría descanso a Moisés.
12Y dijo Moisés a Jehová: Mira, tú me dices a mí: Saca este pueblo; y tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis ojos. 13Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos; y mira que esta gente es pueblo tuyo. 14Y él dijo: Mi presencia irá contigo, y te daré descanso. 15Y Moisés respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí. 16¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra?
17Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre. 18El entonces dijo: Te ruego que me muestres tu gloria. 19Y le respondió: Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti; y tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente. 20Dijo más: No podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá. 21Y dijo aún Jehová: He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; 22y cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. 23Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas no se verá mi rostro.
Salmo 62
La Iglesia canta el Salmo 62 en los servicios que hacen hincapié en el descanso que encontramos en Jesús, no en nada que nosotros mismos logremos o soportemos. El tema del salmo es la absoluta fiabilidad de nuestro Dios, que nos mueve a huir a él en la fe y a contar con él en las crisis. Martín Lutero dijo: «El Salmo 62 es un salmo de enseñanza. Nos instruye sobre la falsa confianza en los seres humanos y la verdadera confianza en Dios. Los seres humanos simplemente no ven que la confianza en los poderosos no vale nada, y se sorprenden cuando todo a su alrededor se derrumba. En cambio, cuando confío en Dios, mi alma queda satisfecha».
Al músico principal; a Jedutún. Salmo de David.
1En Dios solamente está acallada mi alma;
De él viene mi salvación.
2El solamente es mi roca y mi salvación;
Es mi refugio, no resbalaré mucho.
3¿Hasta cuándo maquinaréis contra un hombre,
Tratando todos vosotros de aplastarle
Como pared desplomada y como cerca derribada?
4Solamente consultan para arrojarle de su grandeza.
Aman la mentira;
Con su boca bendicen, pero maldicen en su corazón.
Selah
5Alma mía, en Dios solamente reposa,
Porque de él es mi esperanza.
6El solamente es mi roca y mi salvación.
Es mi refugio, no resbalaré.
7En Dios está mi salvación y mi gloria;
En Dios está mi roca fuerte, y mi refugio.
8Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos;
Derramad delante de él vuestro corazón;
Dios es nuestro refugio.
Selah
9Por cierto, vanidad son los hijos de los hombres, mentira los hijos de varón;
Pesándolos a todos igualmente en la balanza,
Serán menos que nada.
10No confiéis en la violencia,
Ni en la rapiña; no os envanezcáis;
Si se aumentan las riquezas, no pongáis el corazón en ellas.
11Una vez habló Dios;
Dos veces he oído esto:
Que de Dios es el poder,
12Y tuya, oh Señor, es la misericordia;
Porque tú pagas a cada uno conforme a su obra.
Segunda lectura: Mateo 11:25-30
Aunque habían visto muchas señales de la deidad de Cristo, Corazín, Betsaida y Cafarnaún no se arrepintieron. Ni Jesús ni Juan cumplieron sus expectativas. Jesús compara a los hombres de «esta generación» con niños petulantes sentados en el mercado y llamando a sus compañeros de juego: «Tocamos la flauta, y ustedes no bailaron; Cantamos por los muertos, y ustedes no lloraron». (Mateo 11:17). El cristianismo no es una religión de normas destinadas a coartar nuestra libertad; Nos conecta con Jesús para que aprendamos de él que es manso y humilde de corazón. El yugo del discipulado nos permite aprender cómo Jesús ama a los pecadores, nos limpia de nuestro pasado y nos envuelve en el perdón y la aceptación.
25En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. 26Sí, Padre, porque así te agradó. 27Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. 28Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. 29Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; 30porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.
Texto Sermón: Romanos 7:15-25a
La vida cristiana es un combate entre la carne pecadora y el hombre nuevo que nace en nosotros por el Bautismo. El viejo Adán libra una guerra constante. ¿Dónde podemos encontrar descanso en este tipo de lucha? Las palabras de Pablo resuenan en nuestras vidas: todo el bien que quiero hacer, pero no lo consigo; todo el mal que he prometido no volver a hacer, pero lo repito al cabo de un día.
15Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. 16Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. 17De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. 18Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. 19Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. 20Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.
21Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. 22Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; 23pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. 24¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? 25Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.
Tenemos Esperanza en la Lucha
“Lo bueno que quiero, esto no lo hago; lo malo que no quiero, esto yo lo hago.” Cantamos estas palabras cada quince días como parte de nuestra confesión de pecados. Y ahora saben de dónde vienen. De este discurso desgarrador de Pablo en su carta a los romanos. El dolor de su situación salta de la página para entrar en nuestros corazones también cando leemos esta sección. ¡Miserable de mí! ¿Qué esperanza hay?
Cuando leemos romanos capítulo 7, surgen sentimientos dentro de nosotros que nos identifican con el apóstol. “Y yo sé que, en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.” El pecado es una parte inescapable de nuestras vidas, aun después de nuestra conversión. Peor que eso, es una parte de nosotros mismos. El pecado sigue atacándonos. Todos los cristianos más famosos de que podemos pensar en la Biblia pecaron. Pedro negó Cristo tres veces y rompió sus promesas. David cometió adulterio y después homicidio. Y el apóstol Pablo quien escribió esta carta seguía en perdiendo contra el mal aun después de su conversión increíble.
Y nosotros. Ay, que lista tan larga que nuestra consciencia tiene grabada. Quizás hay unas cosas de una vida antes de conocer a Cristo. Pero muchas veces son nuestros fracasos durante nuestra vida cristiana que nos duelen y desaniman. Nuestro comportamiento para con un miembro de la familia. Lo que hicimos esa noche sabiendo que era pecado. El chisme que no podemos quitar de nuestras conversaciones. Ese pecado a cuál volvemos una y otra vez a pesar de las promesas que jamás haríamos. Podemos sentirnos como no hay escapatoria. El pecado es como un cáncer que infecta el cuerpo y le duele, que siempre está presente empeorando la vida diaria. Y que causa dudas entrar en nuestra mente. “¿Un cristiano se comporte así?” “¿Si todavía hago estas cosas, puedo yo ser salvo? Tememos de perder la lucha.
En respuesta, es muy importante que entendamos lo que Pablo dice aquí. “Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena.” Un poco difícil este versículo. Pero recordamos el estado natural de cada corazón humano: enemigo de Dios, sin conocimiento ni amor de su Ley. El hecho que reconocemos nuestra lucha contra el pecado es una prueba que somos parte de la familia de Dios. Cuando vemos nuestro pecado e identificamos que es contra la voluntad de Dios, estamos implementado una habilidad que solo viene del Espíritu Santo. Para los impíos, la Ley de Dios no es nada y cuando la rompen no trae turbulencia espiritual. Al contrario, cuando nos damos cuenta de nuestro pecado, y que es malo, decimos con Pablo que la Ley de Dios que no logramos es buena. Esa realización es solo posible para los que están en Cristo. Entonces hermanos, no nos desesperemos cuando perdemos la lucha, sino regocijamos porque estamos en la lucha.
El hecho que estamos en esta lucha mortal contra el pecado muestra que ya estamos parte de la familia de Dios. Creo que unas veces cuando hablamos de nuestras vidas de santificación, siguiendo el camino de Dios y buscando el bien según su Ley, podemos caer en una trampa de futilidad. Sabemos que debemos hacer buenas obras, sabemos que no podemos hacerlas perfectamente, y ya es todo. Pero la Biblia muchas veces usa la palabra “crecer” para describir la vida cristiana. Por la obra del Espíritu Santo, queremos más y más hacer buenas obras, conocer la Palabra, y pecar menos. Y estas cosas realmente son posibles para nosotros quienes ya somos redimidos. ¿Mejoramos nuestra relación con Dios por hacerlas? No, porque Jesucristo ya nos presenta a Dios como una iglesia gloriosa, santa y sin mancha. ¿Pero podemos mejorar nuestras relaciones con la familia, compañeros del trabajo? ¿Podemos profundizar nuestro entendimiento y aplicación de la Palabra? Por supuesto que sí, por la gracia de Dios que trabaja en nosotros.
Pero queda una duda que viene de la realidad que experimentamos. Aunque mejorar es posible, no siempre lo logramos. Muchas veces no lo logramos. El cáncer del pecado influye nuestras acciones, ataca nuestras debilidades, y quiere quitarnos de la grey de Dios. Sabemos que es algo bueno para estar en la lucha, pero la lucha nunca es buena. La lucha siempre es difícil. Unos días los diez mandamientos parecen como un resumen de nuestro horario. Unos días el pecado nos golpea hasta el suelo y sigue dándonos patadas, gritando, “¡Perdedor! ¡Hipócrita! ¡Fracasado!” Abrimos la boca para protestar, pero todo lo que sale es gimes de dolor y tristeza. No podemos ver nada por las lágrimas. ¿Qué esperanza hay?
Hay esperanza mis amigos. Y no viene de nuestro heroísmo en la lucha, no viene de nuestro reconocimiento que no siempre seguimos la voluntad de Dios. Viene en la respuesta de Pablo a su pregunta angustiada, “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Esa es la esperanza que tenemos, aun cuando hemos avergonzado nuestra vida nueva, y cuando hemos pecado a pesar de nuestro mejor esfuerzo. Especialmente en estas situaciones. El milagro del amor y gracia de Dios es que nos espera siempre con brazos abiertos. La invitación de Jesús en Mateo 11 es para los pecadores. Para los fracasados e hipócritas, para los que van perdiendo la lucha. Es para nosotros. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.”
El sentimiento pesado que tenemos cuando el diablo nos acusa de pecado y cuando pensamos que no puede haber perdón otra vez para nosotros no refleja nuestra realidad espiritual. Tu eres un hijo redimido de Dios por la sangre de Jesucristo. Tu eres una hija redimida de Dios por la sangre de Jesucristo. Cuando Dios mira a tu cuenta, no ve su historia pecaminosa. No ve esa tendencia mala que no puedes dejar atrás. Cuando Dios mira a ti, ve la perfección de su Hijo. Nuestra realidad es que ya no estamos bajo el yugo cargado del pecado. Jesús lo carga. Y es otra maravilla de la gracia de Dios, que ve nuestras buenas obras, aunque sean débiles, hechas con corazones egoístas, o con motivación mala. Por la gracia de Dios es un olor fragrante a él. Redimidos somos, en cuerpo, alma, y acción. ¡Que esperanza incomparable hay para nosotros, amigos!
Pero aun con esa certeza de salvación, seguimos pecando. La dualidad de un cristiano que Lutero describió como “a la misma vez pecador y santo” aplica a nosotros por toda la vida. Esa división de nuestros deseos de la carne contra el nuevo hombre que quiere seguir la voluntad de Dios, esa decepción de seguir haciendo lo malo cuando queremos desesperadamente dejarlo atrás. Pablo dice que es un cuerpo de muerte con razón. La muerte es el destino de cada ser humano, pero no es nuestro último destino. “El que cree en mi vivirá, aunque muera.”
Cuando pensamos en nuestra vida cristiana hay dos huecos en que no queremos caer. Es difícil quedarnos en la mitad, pero lo hacemos con la perspectiva correcta que la Palabra y Espíritu de Dios nos dan. Por un lado, no queremos caer en desesperación y falta de esperanza por nuestro pecado. El diablo nos quiere así. Sus mentiras nos dirigen allá. Ser un cristiano en el mundo es estar en la lucha para la vida de santificación. Pero la esperanza viene de la verdad que la batalla de justificación ya es ganada por Jesucristo. Hay esperanza y perdón aun para débiles con pecados repetidos y fracasados habituales.
Por otro lado, no queremos tener una mente farisaica. La mente que dice, “Gracias a Dios que no soy así.” Que dice, “Menos mal que no hice lo que esa persona hizo.” Que quiere encontrar seguridad en si mismo y no en Cristo. Esa manera de pensar es más fácil para nosotros que quisiéramos admitir. Existen unas iglesias que dicen que un cristiano puede llegar a ser sin pecado en su vida en la tierra. La enseñanza de Pablo nos muestra que no es así. Juan está de acuerdo: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.” En nuestro orgullo volvemos a hacer la cosa que supuestamente no hacemos: pecar. Orgullo y desesperanza. Dos trampas para los cristianos en su vida de santificación. La única respuesta que vence los dos es el evangelio de Jesucristo. En él es nuestra esperanza. Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Amén
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