El santo ministerio es otorgado por Dios por compasión hacia su pueblo.
Tema del Día
Hoy el énfasis sigue estando en el ministerio de la Palabra, pero el centro de atención se desplaza de los siervos al pueblo al que sirven. Vemos la compasión y el amor de Dios por este pueblo, un amor tan grande que llamó a los ministros de la Palabra para que compartieran su gracia y misericordia y predijeran la llegada del reino de los cielos.
Oración del día
Dios todopoderoso y eterno, en la Palabra de tus apóstoles y profetas nos has proclamado tu voluntad salvífica. Concédenos la fe para creer en tus promesas y recibir la salvación eterna; por tu Hijo Jesucristo, Señor nuestro, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre.
Primera lectura: Números 27:15-23
El contexto de esta lectura es de suma importancia. Después de 40 años de guiar fielmente al pueblo de Dios en su peregrinaje y tras mucho suplicar a Dios en la oración, las esperanzas de Moisés de guiar al pueblo a la Tierra Prometida se desvanecieron. Moisés vería la tierra desde lejos, pero luego, como su hermano antes que él, moriría a causa de sus acciones en Meriba Cades. Pero ¡mira la respuesta de Moisés! No hay queja ni murmullo ni llanto. Vean cómo este ministro de la Palabra emula la compasión de Dios y de su Hijo.
15Entonces respondió Moisés a Jehová, diciendo: 16Ponga Jehová, Dios de los espíritus de toda carne, un varón sobre la congregación, 17que salga delante de ellos y que entre delante de ellos, que los saque y los introduzca, para que la congregación de Jehová no sea como ovejas sin pastor. 18Y Jehová dijo a Moisés: Toma a Josué hijo de Nun, varón en el cual hay espíritu, y pondrás tu mano sobre él; 19y lo pondrás delante del sacerdote Eleazar, y delante de toda la congregación; y le darás el cargo en presencia de ellos. 20Y pondrás de tu dignidad sobre él, para que toda la congregación de los hijos de Israel le obedezca. 21El se pondrá delante del sacerdote Eleazar, y le consultará por el juicio del Urim delante de Jehová; por el dicho de él saldrán, y por el dicho de él entrarán, él y todos los hijos de Israel con él, y toda la congregación. 22Y Moisés hizo como Jehová le había mandado, pues tomó a Josué y lo puso delante del sacerdote Eleazar, y de toda la congregación; 23y puso sobre él sus manos, y le dio el cargo, como Jehová había mandado por mano de Moisés.
Salmo 100
La Iglesia canta el Salmo 100 en los servicios que dan gracias a Dios por sus muchas bendiciones, especialmente el Evangelio y sus ministros. Concluye la sección sobre el Señor como rey que comenzó en el Salmo 93. Martín Lutero dijo: «El Salmo 100 es una profecía de Cristo. Llama a todo el mundo a regocijarse, alabar y dar gracias. Lo hacemos sirviendo a Dios, entrando en su sala del trono y en sus atrios y orándole con toda confianza. Porque su gracia es un reino eterno que permanece seguro por los siglos de los siglos».
Salmo de alabanza.
1 Cantad alegres a Dios, habitantes de toda la tierra.
2 Servid a Jehová con alegría;
Venid ante su presencia con regocijo.
3 Reconoced que Jehová es Dios;
El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos;
Pueblo suyo somos, y ovejas de su prado.
4 Entrad por sus puertas con acción de gracias,
Por sus atrios con alabanza;
Alabadle, bendecid su nombre.
5 Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia,
Y su verdad por todas las generaciones.
Segunda lectura: 1 Corintios 4:1-7
La congregación de Corinto tenía problemas. Estaban divididos por facciones. Algunos decían ser seguidores de Pablo, otros de Apolos y otros de Pedro. Había celos y peleas donde debería haber habido unidad y paz. La inmoralidad sexual estaba permitida y los enorgullecía. Sus prácticas de la Santa Comunión y la adoración eran tan malas que Pablo no tenía elogios para ellos y concluyó: sus reuniones hacían más mal que bien (1 Corintios 11:17ss.). Esta era una congregación que tenía problemas. También era una congregación que tenía miembros que no respetaban la autoridad apostólica de Pablo (1 Corintios 4:18ss.). Pablo tenía motivos para estar disgustado y decepcionado. Cuando el Espíritu inspiró a Pablo a escribir a esta congregación, ¿qué diría?
1Así, pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo, y administradores de los misterios de Dios. 2Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel. 3Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. 4Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. 5Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios.
6Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros. 7Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?
Evangelio: Mateo 9:35—10:8
Cuando el reino de los cielos se acerca, el pecado y sus efectos comienzan a desvanecerse. Los milagros de Jesús nos dan un anticipo de cómo será la vida cuando el pecado desaparezca para siempre. Los enfermos mejorarán. Los demonios serán desterrados. Los muertos vivirán. Cuando Jesús envió a sus discípulos, no iban con las manos vacías. Iban con el poder de eliminar los efectos del pecado a través de su mensaje y sus milagros.
9
35Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. 36Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor. 37Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. 38Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.
10
1Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia. 2Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; 3Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo, 4Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó.
5A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, 6sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 7Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. 8Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.
HERMANOS, OREMOS AL SEÑOR POR MÁS OBREROS A SU MIES
Latinoamérica tiene 672 millones de habitantes, de los cuales el 60% practica la fe católica romana y entre un 20% y un 30% son evangélicos o protestantes. En comparación con el catolicismo romano, somos pocos, pero necesitamos enfocarnos en el evangelio de hoy con esta pregunta: ¿qué tanto son alimentadas las ovejas de Dios por la Escritura? En verdad, encontramos un gran vacío en la enseñanza de la doctrina fundamental de la Biblia: la justificación por medio de la fe. Todo esto ocurre por la falta de entendimiento de las obras, puesto que el catolicismo romano y muchas otras denominaciones solo se dedican a hablar de la salvación por ellas. El diablo está muy feliz recibiendo personas en el infierno porque niegan los medios de gracia, como el bautismo y la Santa Cena; hacen del evangelio un mandato y han creado nuevas leyes para que sus fieles no pierdan la salvación.
En los días de Jesús, esto no era la excepción. Nuestro Señor, al ver a las ovejas de la grey que se reunían en la sinagoga, solo veía muertos espirituales. Los fariseos, escribas y sacerdotes, que eran los líderes religiosos de esa época, se encargaron de que las personas confiaran en seguirlos para cumplir los mandamientos de Dios, y de que rechazaran a Jesús como el Mesías prometido y esperado que ya estaba entre el pueblo. Juan el Bautista, quien vino a acercarlos a la grey de Dios preparando el camino del Señor y bautizándolos, fue decapitado; esto es una muestra de la hostilidad hacia el cristianismo en esa época, porque los líderes religiosos no solo se encargaron de esta persecución, sino que se apoyaron en los líderes políticos para poder ejecutar la misión del diablo: destruir a Cristo y su Palabra.
A nuestro viejo hombre le gusta destruir la obra de Cristo y su Palabra. Cada vez que pecamos con nuestras mentiras, adulterios, robos, chismes y malos comentarios hacia los demás, o con la codicia que hay en nuestro corazón —los cuales hemos convertido en pequeños ídolos en nuestra vida—, es una muestra de cómo frenamos al Espíritu Santo. No solo pecamos contra el primer y segundo mandamiento, sino que no le damos valor a la Palabra de Dios porque pasamos por encima de ella con tal de satisfacer nuestra carne y los deseos de este mundo. Por esto, mis hermanos, cada uno de nosotros que nos hemos comportado como ovejas sin pastor, merecemos ser condenados en el infierno eterno.
Pero el Evangelio es más poderoso. Jesús no tenía una espada ni un ejército para ir de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo para llevar a las personas a creer en Él. Solo usó lo que Dios ha dado para crear la fe: la predicación de su Palabra. El evangelio del reino que predicaba Jesús era la proclamación de la Ley y el Evangelio. Nuestro Señor se encargó de mostrarles a sus paisanos el gran problema del pecado usando la Ley y mostrando el infierno que merecían, pero también les anunció el Evangelio, las palabras poderosas que los libraron de la muerte eterna. Tanto la Ley como el Evangelio son palabras tan poderosas que nos tienen hoy aquí. No estamos aquí por un milagro que Dios hizo en nuestras vidas, ni porque alguien impuso sus manos sobre nosotros, ni porque decidimos aceptar a Cristo; estamos aquí por el poder de la Ley y el Evangelio. Cristo nos dio los medios de gracia para que no solo tuviéramos el perdón de nuestros pecados, sino también para que se nos diera la fe. Jesús, como nuestro sustituto, no solo tuvo compasión por su pueblo, Israel, porque no tenían un pastor verdadero, sino que pidió que oraran al Padre por más obreros, por más personas que fueran a la cosecha del Señor. Jesús entró en acción al llamar a estos doce hombres para que fueran capacitados y entrenados por Él. Todo esto lo hizo para que el Padre en los cielos nos perdonara nuestro pecado de despreciar la Palabra y a los ministros fieles que la predican.
Jesús no solo hizo esto en su vida perfecta, también congregó a todo su pueblo alrededor de la cruz. Cuando leemos el relato de su sufrimiento y crucifixión, podemos darnos cuenta de que los evangelios no ocultan la cantidad de personas que fueron testigos de este crimen atroz, pero todo tuvo sentido cuando Jesús, estando en la cruz, pagó por nuestros pecados. Pablo nos enseña en la carta a los Efesios: «Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz» (Efesios 2:13-14). La sangre de Cristo nos ha dado la verdadera paz con el Padre Celestial. Hoy nosotros, miserables pecadores, no somos enemigos de Dios, sino que somos llamados sus hijos.
Jesús les dio un plan a sus discípulos: «Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia». Esto no quiere decir que no quisiera a los gentiles, sino que su pueblo —a quienes se les había dado la Palabra de Dios, los mandamientos y la promesa del Mesías— no estaba en sintonía con Dios. Por ahí tenían que empezar; Jesús empezó en sus sinagogas y quería que ellos continuaran este trabajo. Si leemos bien la Escritura, Jesús comisionó a sus apóstoles para hacer estos milagros; no encontramos un texto bíblico que nos mande a nosotros a realizarlos. Es muy probable que el diablo estuviera atacando con mayor fuerza en los días de Jesús, por eso es común encontrar historias de endemoniados en los evangelios. Todos los milagros que hizo Jesús y sus apóstoles son la evidencia de que el Reino de los cielos estaba trabajando a toda máquina para nuestra redención.
Ahora, ¿qué nos comisionó Jesús a nosotros para el trabajo del Reino de los cielos? Es evidente cómo Jesús instituyó y mandó a sus discípulos y a toda la iglesia —como leemos en las cartas de Pablo— la práctica del Bautismo. El Bautismo es un medio de gracia que nos da no solo el perdón de nuestros pecados, sino también la fe en Cristo Jesús; esto no sale de mi cabeza, es lo que dice la Palabra de Dios en la predicación de Pedro: «Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare» (Hechos 2:38-39). Este medio de gracia da perdón de pecados y fe en Cristo Jesús.
Pero también nos dio la Santa Cena para cuidar la fe, y es por esto que Pablo, al escribir a los Corintios, dijo: «Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo, tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga» (1 Corintios 11:23-26). En el momento de recibir esta carta, no había ninguno de los apóstoles en la congregación de los Corintios; Pablo les enseñó la verdad de la Santa Cena: no solo está presente el cuerpo y la sangre de Jesús para el perdón de pecados, tal como lo presentan los evangelios, sino que también está conectado con la segunda venida de Jesús. La predicación del Evangelio es otro medio de gracia; estas son las buenas nuevas de lo que Cristo hizo por nosotros. Esta doctrina nos habla de la doble sustitución de Cristo Jesús: su vida perfecta, muerte y resurrección, las cuales vivió por nosotros para darnos la verdadera paz.
Ahora, mis hermanos, que tenemos claro para qué nos llamó Cristo, sigamos ejerciendo nuestro sacerdocio universal llevando el mensaje de salvación a otros, y llamemos a hombres para que sean nuestros guías y nos prediquen la Ley y el Evangelio. Seamos respetuosos y amorosos con quienes nos predican la Palabra de Dios y no dejemos de orar, porque aún hay muchas ovejas sin pastor que necesitan escuchar de lo que el Espíritu Santo puede hacer por ellos también. Amén.
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