El cristiano ama a Dios por encima de todo.

Tema del Día

El cristiano ama a Dios sobre todas las cosas. Eso significa reconocer que nuestras apetencias, nuestra lujuria y nuestro orgullo se centran en este mundo presente que no durará. ¿Por qué amamos lo que es tan transitorio? Los imperios caen, el deseo disminuye, las relaciones fracasan, los logros se desmoronan. Dios llama al cristiano a amarle por encima de todas estas cosas.

Oración del día

Dios de todo poder y fuerza, tú eres el dador de todo lo bueno. Ayúdanos a amarte con todo nuestro corazón, fortalécenos en la fe verdadera, provéenos de todo lo que necesitamos y mantennos a salvo bajo tu cuidado; por tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre. Amén

Primera Lectura: 1 Timoteo 6:11-16

La instrucción de Pablo a Timoteo proyecta una imagen sorprendente del hombre de Dios en acción. Nos muestra cómo es amar a Dios por encima de todo. Después de hablar del problema de los falsos maestros y del amor al dinero, Pablo imagina al hombre de Dios en plena carrera, huyendo y persiguiendo al mismo tiempo. Huye de la falsa enseñanza y del amor al dinero, pero mientras huye de ellos, corre hacia una meta mejor. Persigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia y la mansedumbre.

11Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. 12Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuiste llamado, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos. 13Te mando delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato, 14que guardes el mandamiento sin mácula ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo, 15la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores, 16el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver, al cual sea la honra y el imperio sempiterno. Amén.

Salmo 27

La Iglesia canta el Salmo 27 en los servicios que subrayan la victoria de la luz del Señor sobre las tinieblas y la incredulidad, los falsos dioses y la falsa doctrina. El salmista hace muchas afirmaciones confiadas de fe durante los días de angustia. Martín Lutero dijo: «El Salmo 27 es un salmo de acción de gracias, aunque no lo veas al principio. Está destinado a confortarte cuando te encuentres con falsos maestros, a los que llama falsos testigos, gente que blasfema sin tener vergüenza de ello. Porque sólo los creyentes buenos y necios darían testimonio de las promesas de Dios con la debida certeza y frescura, y a diario vemos que cuanto más buenas e indoctas son las personas, más hermosamente necias y frescas son para enseñar y predicar a todo el mundo.»

Salmo de David.

1 Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré?

Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?

2 Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos,

Para comer mis carnes, ellos tropezaron y cayeron.

3 Aunque un ejército acampe contra mí,

No temerá mi corazón;

Aunque contra mí se levante guerra,

Yo estaré confiado.

4 Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré;

Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida,

Para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo.

5 Porque él me esconderá en su tabernáculo en el día del mal;

Me ocultará en lo reservado de su morada;

Sobre una roca me pondrá en alto.

6 Luego levantará mi cabeza sobre mis enemigos que me rodean,

Y yo sacrificaré en su tabernáculo sacrificios de júbilo;

Cantaré y entonaré alabanzas a Jehová.

7 Oye, oh Jehová, mi voz con que a ti clamo;

Ten misericordia de mí, y respóndeme.

8 Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro.

Tu rostro buscaré, oh Jehová;

9 No escondas tu rostro de mí.

No apartes con ira a tu siervo;

Mi ayuda has sido.

No me dejes ni me desampares, Dios de mi salvación.

10 Aunque mi padre y mi madre me dejaran,

Con todo, Jehová me recogerá.

11 Enséñame, oh Jehová, tu camino,

Y guíame por senda de rectitud

A causa de mis enemigos.

12 No me entregues a la voluntad de mis enemigos;

Porque se han levantado contra mí testigos falsos, y los que respiran crueldad.

13 Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová

En la tierra de los vivientes.

14 Aguarda a Jehová;

Esfuérzate, y aliéntese tu corazón;

Sí, espera a Jehová.

Segunda Lectura: Evangelio de Mateo 10:34-42

La persecución cambia las prioridades de la vida y agudiza la fe. Sin embargo, cuanto más nos alejamos los cristianos del rugido del león o de la hoguera del mártir, más fácil nos resulta dar a nuestra fe en Cristo una importancia meramente moderada en nuestras vidas. La familia, los amigos, el trabajo, la salud… todos se disputan nuestro tiempo y nuestra atención, y nuestra fe va quedando cada vez más relegada en la lista.

34No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. 35Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; 36y los enemigos del hombre serán los de su casa. 37El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; 38y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. 39El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.

Texto Sermón: Éxodo 32:15-29

Aarón había visto a Dios de pie sobre el pavimento de zafiro. Los 70 ancianos habían participado en un banquete divino en la montaña (Éxodo 24). Y sólo 40 días después, lo perdieron todo. Poco dispuestos a enfrentarse al conflicto por Dios, se rindieron ante el pueblo que quería amar el placer, la carne y los ídolos en lugar del Dios que los sacó de Egipto. Aarón intentó explicarse ante Moisés. «Tú bien sabes cuán inclinado al mal es este pueblo». ¡Tú te habías ido! ¿Qué iba yo a hacer? Echamos oro al fuego «¡y lo que salió fue este becerro!».

15Y volvió Moisés y descendió del monte, trayendo en su mano las dos tablas del testimonio, las tablas escritas por ambos lados; de uno y otro lado estaban escritas. 16Y las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios grabada sobre las tablas. 17Cuando oyó Josué el clamor del pueblo que gritaba, dijo a Moisés: Alarido de pelea hay en el campamento. 18Y él respondió: No es voz de alaridos de fuertes, ni voz de alaridos de débiles; voz de cantar oigo yo. 19Y aconteció que cuando él llegó al campamento, y vio el becerro y las danzas, ardió la ira de Moisés, y arrojó las tablas de sus manos, y las quebró al pie del monte. 20Y tomó el becerro que habían hecho, y lo quemó en el fuego, y lo molió hasta reducirlo a polvo, que esparció sobre las aguas, y lo dio a beber a los hijos de Israel.

21Y dijo Moisés a Aarón: ¿Qué te ha hecho este pueblo, que has traído sobre él tan gran pecado? 22Y respondió Aarón: No se enoje mi señor; tú conoces al pueblo, que es inclinado a mal. 23Porque me dijeron: Haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido. 24Y yo les respondí: ¿Quién tiene oro? Apartadlo. Y me lo dieron, y lo eché en el fuego, y salió este becerro.

25Y viendo Moisés que el pueblo estaba desenfrenado, porque Aarón lo había permitido, para vergüenza entre sus enemigos, 26se puso Moisés a la puerta del campamento, y dijo: ¿Quién está por Jehová? Júntese conmigo. Y se juntaron con él todos los hijos de Leví. 27Y él les dijo: Así ha dicho Jehová, el Dios de Israel: Poned cada uno su espada sobre su muslo; pasad y volved de puerta a puerta por el campamento, y matad cada uno a su hermano, y a su amigo, y a su pariente. 28Y los hijos de Leví lo hicieron conforme al dicho de Moisés; y cayeron del pueblo en aquel día como tres mil hombres. 29Entonces Moisés dijo: Hoy os habéis consagrado a Jehová, pues cada uno se ha consagrado en su hijo y en su hermano, para que él dé bendición hoy sobre vosotros.

EL ESPÍRITU SANTO NOS LLEVA A VIVIR EN AGRADECIMIENTO

Hablamos del agradecimiento a Dios después de escuchar el Evangelio, pues Cristo Jesús perdonó todos nuestros pecados a través de su vida perfecta, su sufrimiento, muerte y resurrección. Esto lo acompañamos con la ayuda del Espíritu Santo, usando los mandamientos como guía; de esta manera, adoramos a nuestro Dios, tal como lo enseña Pablo en Romanos 12:1: «Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional». Nosotros vivimos adorando a nuestro Dios cada día; este es nuestro culto racional porque nos libró de la esclavitud del diablo, del castigo eterno a causa del pecado y de nuestra condición de enemigos de Dios.

Dios llamó a Israel por su Gracia y Misericordia, al igual porque Él es fiel en el cumplimiento de sus promesas. Abraham había escuchado de Dios que de él vendría una gran descendencia incontable, refiriéndose no solo al pueblo de Israel, sino también a nosotros, su Iglesia. Israel, quien fue nieto de Abraham, luchó con el Ángel de Jehová (quien creemos es el mismo Jesucristo manifestado en el Antiguo Testamento) y ese momento trajo un acontecimiento importante: «Y el varón le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel» (Génesis 32:28). Al cambiarle el nombre, Dios mostró que él sería el padre de la nación que llevaría su nombre y el pueblo escogido del cual vendría el Mesías, para que ellos conquistaran la tierra prometida y Dios estableciera su reino a través de ellos. Todos sabemos que este pueblo tuvo una historia compleja: vivieron esclavos en Egipto por 430 años hasta que Dios los liberó. Egipto simboliza aquí la esclavitud del pecado en la que nos encontrábamos como consecuencia del pecado original y actual que promueve el maligno. Después de salir de Egipto, a causa de su rebelión, caminaron en círculos durante 40 años hasta llegar a la tierra prometida. En ese caminar mostraron su ingratitud; una de las historias más tristes que nos presenta la Biblia es cómo el pueblo, ante la desesperación por no tener noticias de Moisés —quien estaba en el Sinaí recibiendo las tablas de la Ley durante 40 días y 40 noches—, creyó que los había abandonado. Aarón se dejó llevar por el pueblo y fabricó un becerro de oro. Ellos adoraron este becerro por medio de cantos y bailes honrándolo como su dios.

No pienses que ese pueblo era el único infiel y desagradecido; esta historia es una radiografía de lo que somos nosotros. Decimos amar a Dios, pero en realidad amamos nuestra propia carne. Hemos tenido nuestros propios becerros de oro: la infidelidad causada por nuestro orgullo, el desobedecer su Palabra viviendo en unión libre para no tener un compromiso con el matrimonio, practicando el adulterio o intentando resolver problemas a cualquier costo. Como Aarón, quien dijo: «salió un becerro» —como si no supiera cómo ocurrió—, nosotros chismeamos, mentimos y somos capaces de hacerle la vida imposible al prójimo con tal de salir del aprieto que nosotros mismos hemos provocado. Es muy triste ver nuestra desobediencia, grosería y altivez hacia quienes tienen autoridad sobre nosotros, para luego actuar como fariseos, aparentando ante los demás que nos sometemos unos a otros. Mis hermanos, podríamos pasar horas hablando de nuestro pecado, pues tampoco somos agradecidos con Dios, quien nos creó y nos salvó de morir eternamente en el infierno, la consecuencia que merecemos por pecar contra el primer mandamiento que nos llama a amar, temer y confiar en Él, mientras nosotros solo confiamos en nuestra carne.

Moisés al ver esta situación tan aberrante quebró las tablas de la Ley escritas con el dedo de Dios y mostró su ira santa en ese momento. Hermanos, el pecado trae consecuencias terribles. El texto de hoy señala una de ellas: «Y los hijos de Leví lo hicieron conforme al dicho de Moisés; y cayeron del pueblo en aquel día como tres mil hombres» (Éxodo 32:28). Como cristianos, las consecuencias de nuestro pecado nos han llevado a perder matrimonios, la confianza de nuestros hijos, y a ser considerados mentirosos o engañadores; la lista puede seguir. En verdad, nadie tiene por qué confiar en nosotros como Iglesia, puesto que nuestro mal ejemplo ha desanimado a muchos que han querido escuchar la Palabra. Se cumple lo que dice Pablo en Romanos: «la paga del pecado es la muerte».

Pero en este tiempo de Pentecostés, damos gracias al Espíritu Santo, que es Dios y nos ha llevado a Jesús. En la lectura de 1 Timoteo para este día, Pablo escribe: «Te mando delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato» (1 Timoteo 6:13). Jesús, en su juicio ante Pilato, no tuvo desconfianza en el Padre; al contrario, lo defendió y confió en un reino que no era terrenal, sino espiritual. Jesús, en medio de la presión, confió en el Padre; conocía su destino, pero su amor por nosotros lo llevó a soportar la cruz. Mateo nos relata el sufrimiento de Jesús: «Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado. Entonces los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio… y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza» (Mateo 27:26-30).

Jesús soportó todo esto en nuestro lugar; el castigo que merecíamos por nuestra infidelidad lo recibió Él, el único fiel. El Padre, en su justicia, tenía que castigar el pecado y castigó a su Hijo Jesucristo. ¡Qué más podemos pedir, hermanos, para nuestra vida en este mundo y para la eternidad! El pueblo de Israel tuvo la atención del Dios Trino, y nosotros también la tenemos; por eso, tomemos en serio vivir con amor y agradecimiento a nuestro Dios.

Las lecturas de hoy nos enseñan cómo hacerlo: no necesitamos inventar nada ni crear prácticas extremas, solo necesitamos dejarnos guiar por la Palabra de Dios. Pablo anima a Timoteo —y a cada uno de nosotros— a no desear ser ricos y a evitar las tentaciones que ello conlleva: el amor al dinero y los males asociados. Más bien, «sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre». Así como el «hombre de Dios» lucha por una vida justa y piadosa, creciendo en fe y amor, soportando pacientemente la aflicción y mostrando mansedumbre hacia los que sufren, así debemos huir de la avaricia que solo busca el bien propio.

Jesús, en el Evangelio, nos enseña a cargar nuestra cruz. Esto no se refiere a problemas y sufrimientos cotidianos en general, sino al sufrimiento que estamos llamados a soportar por causa de la fe. Algunos cristianos llevan cruces más pesadas que otros, pero nuestro Señor ha prometido darnos la fortaleza necesaria para que nuestras cruces no nos aplasten, sino que nos acerquen más a nuestro Salvador. Perder la vida por causa de Jesús es entregarse por completo en sus manos, en cuerpo y alma; es hacerse un sacrificio vivo al Señor. Con ello, los cristianos viven abundantemente y vivirán en la gloria eterna. Dejemos que el Espíritu Santo nos siga guiando en este mundo; aunque es difícil, nunca olvidemos que el enemigo, el diablo, fue vencido por nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, hoy, mañana y siempre, Él nos mantendrá vivos y a salvo de sus ataques hasta que lleguemos al hogar celestial. Amén.

Himnos

235 Como ovejas celebramos

202 Oí la voz del Salvador

272 Me guía Cristo con su amor

159 Cristo Salvador

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