La Iglesia está destinada a todas las personas

Tema del Día

A los fariseos los llamó ciegos; a los discípulos, gente de poca fe y espiritualmente torpes. Pero a esta mujer gentil le dice: «qué grande es tu fe». Jesús les mostró que la Iglesia era para todos. Tomó a esta mujer, que sólo reclamaba las migajas de los perros, y la invitó a la mesa de la fe. Ella, con fe, confió en que las migajas de su amo eran suficientes para ella, y en cambio descubrió que en el reino no hay perros. De hecho, no hay diferencia entre judío o gentil, hombre o mujer, esclavo o libre. Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús, porque aquel en quien ella creía, el Hijo de David, era el Salvador del mundo

Oración del día

Dios misericordioso, que en Cristo reúnes a personas de cerca y de lejos en la comunión de tu Iglesia. Abre nuestros ojos a tu plan de salvación, y muévenos a abrazar a todos los que buscan tu salvación para que podamos regocijarnos juntos en el banquete de tu amor; por tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre.

Primera lectura: Isaías 56:1, 6-8

Las palabras de esta lectura vinieron a la mente y a la boca de nuestro Salvador cuando se enfrentó a la burda perversión del culto en el templo en Marcos 11. Por medio de Isaías, Dios dijo al mundo que los gentiles temerosos de Dios siempre tendrían un lugar en su templo. Sin embargo, en su templo terrenal, los dirigentes religiosos convirtieron el atrio de los gentiles en un mercado que robaba tanto al hombre como a Dios. Jesús lo limpió tanto del comercio como de la corrupción y citó esta lectura.

1Así dijo Jehová: Guardad derecho, y haced justicia; porque cercana está mi salvación para venir, y mi justicia para manifestarse.

6Y a los hijos de los extranjeros que sigan a Jehová para servirle, y que amen el nombre de Jehová para ser sus siervos; a todos los que guarden el día de reposo* para no profanarlo, y abracen mi pacto, 7yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre mi altar; porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos. 8Dice Jehová el Señor, el que reúne a los dispersos de Israel: Aún juntaré sobre él a sus congregados.

Salmo 67

La Iglesia canta el Salmo 67 en los servicios que celebran la labor misionera. Se especula que se utilizaba en el culto del Antiguo Testamento justo antes de la bendición. Martín Lutero dijo: «El Salmo 67 es una profecía de Cristo. Predice que él será el rey de todo el mundo, y que gobernará al pueblo correctamente, es decir, con el evangelio. El pueblo será liberado del pecado para vivir para él en justicia y darle gracias con alegría. Los gentiles darán gracias a Dios, estarán alegres y le temerán, es decir, le servirán.»

Al músico principal; en Neginot. Salmo. Cántico.

1Dios tenga misericordia de nosotros, y nos bendiga;

Haga resplandecer su rostro sobre nosotros;

Selah

2Para que sea conocido en la tierra tu camino,

En todas las naciones tu salvación.

3Te alaben los pueblos, oh Dios;

Todos los pueblos te alaben.

4Alégrense y gócense las naciones,

Porque juzgarás los pueblos con equidad,

Y pastorearás las naciones en la tierra.

Selah

5Te alaben los pueblos, oh Dios;

Todos los pueblos te alaben.

6La tierra dará su fruto;

Nos bendecirá Dios, el Dios nuestro.

7Bendíganos Dios,

Y témanlo todos los términos de la tierra.

Segunda lectura: Efesios 2:13-22

Las palabras iniciales de Pablo trazan un agudo contraste entre lo que sus oyentes gentiles habían sido y lo que ellos, por la gracia de Dios, eran ahora. Habían estado separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía sin perdón, sin esperanza y sin Dios. Pero ahora… en una inversión completa, han sido acercados por la sangre de Cristo. En el Antiguo Testamento, Dios pretendía que los gentiles se acercaran a él en el templo. Allí la sangre de corderos y toros expiaba los pecados de judíos y gentiles por igual.

13Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. 14Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, 15aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, 16y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. 17Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca; 18porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. 19Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, 20edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, 21en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; 22en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.

Evangelio: Mateo 15:21-28

¡Qué asombrosa es la gracia de Dios que escoge las cosas débiles y humildes del mundo para avergonzar a los sabios y orgullosos! Sólo dos veces se nos dice que Jesús llamó grande la fe de alguien. Ambos eran gentiles, y ambos mostraban una confianza dada por Dios en la Palabra y las promesas de Dios hecho hombre. Ambos nos recuerdan que Jesús vino a Israel, pero a través de Israel el mensaje de salvación estaba destinado al mundo.

21Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. 22Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. 23Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. 24El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 25Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! 26Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. 27Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. 28Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.

LA FE QUE ROMPE FRONTERAS

No hay nada más desesperante que el silencio cuando estás pidiendo auxilio o necesitas de alguien urgentemente. Si le mandas un mensaje de texto a alguien en una emergencia y ves los dos ticks azules de visto, pero pasan las horas y no hay respuesta, la ansiedad te consume. En nuestro texto de hoy, una madre desesperada grita pidiendo ayuda por su hija, y la respuesta de Jesús es… un muro de absoluto silencio. ¿Qué haces cuando Dios parece no escucharte?

Pero en realidad, la Biblia enseña a quién nuestro Señor escucha y a quién no. Dice la Palabra: «El que aparta su oído para no oír la ley, su oración también es abominable» (Proverbios 28:9). Dios no escucha la oración del incrédulo y del impenitente. No tenemos que explicar estos dos adjetivos porque es muy claro que ambos rechazan la fe en Cristo Jesús y por esto son enemigos de Dios condenados a la muerte eterna.

El contexto de esta sección ocurrió en Genesaret, Galilea. Jesús creció en esta región e hizo muchos milagros, pero también los líderes religiosos se encargaron de atacarlo y rechazarlo. Por este motivo, Jesús llegó a Tiro y Sidón, que era una región mayormente de descendencia cananea. Es interesante cómo la Escritura nos muestra que esta zona era mayormente incrédula; tenía sus propios dioses como Baal, Astarte, Asera, Dagón, Moloc y otros más que estaban relacionados con la adoración a la agricultura, la fertilidad y el ciclo de las estaciones. Su vida religiosa, alejada del Dios verdadero, los hacía no solo enemigos de Él, sino también merecedores de la muerte eterna porque le daban la Gloria a otros dioses y no al verdadero Creador y Salvador.

Jesús y sus discípulos estaban en esta región con un doble propósito: seguir instruyendo a sus discípulos y mostrar la fe de una mujer que Mateo llama cananea, para enfatizar la enemistad histórica y teológica entre los judíos y los cananeos. No podemos olvidar que Jesús tenía un plan de evangelismo donde inició con la casa de Israel, pero también es evidente el rechazo de estos a la gracia. Al estar en esta región, Jesús alabó la fe de esta mujer que confió plenamente en Él; ella sabía que Él era la solución a su problema, pues su hija era gravemente atormentada por un demonio. En los días de Jesús, el maligno aumentó las posesiones demoníacas para frenar la obra del Salvador, pero sabemos que estos esfuerzos del diablo no dieron fruto, porque Jesús lo derrotó, tal como lo hizo en esta historia que sanó a la niña.

Pero el punto central de este relato es la confesión de fe de esta mujer: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí!Sólo una persona impulsada por el Espíritu Santo puede hacer esta confesión.

Dos cosas nos presentan esta historia bíblica: la primera es la actitud pecaminosa de los discípulos, quienes no creían que esta mujer, por ser cananea, mereciera que Jesús la escuchara y atendiera; y la segunda es la respuesta de Jesús, primero con su silencio y luego cuando le contestó: «No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Y cuando usó esta otra frase fuerte para referirse a ella: «No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos».

Pero aquí está la enseñanza del Espíritu Santo a nosotros en este día: la fe no es solamente para los judíos, sino también para los gentiles. Esta mujer mostró su fe persistiendo en su súplica, en su oración a Jesús: vino y se postró ante Él, diciendo: ¡Señor, socórreme! Y también añadió: «Sí, Señor; aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos».

Los perros eran considerados animales impuros y callejeros; los judíos veían a los gentiles como perros por no ser descendientes de Abraham. Pero Jesús no usó aquí el término para perro salvaje, sino perrillo, que es la mascota que muchos tienen en su casa. Esta mujer entendió que no la estaba ofendiendo, sino que reconoció que solo necesitaba un poco de su amor y misericordia cayendo de su mesa para sanar a su hija. Esta mujer no estaba pidiendo el todo, solo necesitaba de las sobras de la mesa de Dios.

Es el momento de aprender de esta mujer. ¿Qué tan persistentes somos en la oración a Dios? ¿Con cuánta frecuencia hablamos a otros de Jesús? ¿Cómo mostramos la fe en los momentos en que el mundo se nos cae a pedazos?

Hay una respuesta a todas estas preguntas: nuestra infidelidad. Tenemos la actitud arrogante de los discípulos que se creían con el derecho exclusivo de escoger quién sí puede pertenecer y quién no. Estamos invadidos por la envidia, el egoísmo y la falta de empatía; no somos generosos, y lo más triste es que nuestro vecino incrédulo da mejor ejemplo en su vida como trabajador, como esposo o esposa, como hijo y como ciudadano que nosotros mismos. Es evidente nuestro pecado en contra de la segunda tabla de la ley, que nos manda a amar al prójimo como a nosotros mismos. Todo esto sucede porque nos cuesta vivir en el amor que Dios nos ha dado. Por esto, al igual que los cananeos y los líderes religiosos de los días de Jesús, merecemos la muerte eterna. A nosotros nos gusta con frecuencia dejarnos llevar por el maligno opacando la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas.

Nosotros necesitamos vivir bajo esta promesa: «Regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos» (Lucas 10:20). En Apocalipsis, la promesa dice: «Los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero» (Apocalipsis 21:27). ¿Por qué Dios conoce nuestros nombres? Por la obra de Jesús. Él, por el solo hecho de estar caminando por esta tierra de cananeos e incrédulos, mostró su amor perfecto por toda la humanidad. Como Dios, sabía que allí había creyentes, como esta mujer, y sabía también que su Palabra tiene un poder que no conoce fronteras —porque Jesús, que es la misma Palabra, no solamente nos ha enseñado quién es el Dios verdadero, sino lo que hizo por nosotros—nos salvó mediante su amor perfecto al alabar la fe de esta mujer: «¡Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres!», y su hija fue sanada desde aquella hora.

Jesús no fue egoísta, tuvo empatía, fue generoso y mostró todo su interés en la situación de esta mujer; es por esto por lo que nuestros nombres están escritos en los cielos por el perdón de pecados que nos dio con su manera de vivir. Cada vez que leemos las Escrituras, nos sorprende también cómo nuestra vida fue cambiada, porque antes estábamos como esta niña, pertenecíamos al diablo y el dominaba nuestra vida y en la cruz del Calvario es donde llego nuestra transformación: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho maldición por nosotros (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero)» (Gálatas 3:13). Este fue el gran intercambio de nuestras vidas: al hacerse maldito por nosotros, hoy somos llamados herederos de la gracia de Dios.

En este tiempo de Pentecostés, necesitamos conectarnos realmente con lo que el Espíritu Santo hace en nuestras vidas, necesitamos estar convencidos que pertenecemos a Él y que vive en nosotros. Él no solo nos dio la conversión y la seguridad del perdón de nuestros pecados por la gracia de Dios sino también la misma fe que tenía esta mujer Cananea, pero también nos ayuda en nuestro diario caminar. Lo que nos enseña hoy es que la iglesia es para todo el mundo, sin importar la raza, el idioma ni el estatus social o económico. Él nos usa a cada uno de nosotros para que mostremos el amor que Dios nos ha dado. Así como esta mujer fue luz dentro de su pueblo idólatra, seamos nosotros también esa misma luz en nuestro hogar, matrimonio, siendo vecinos amigables y cordiales, siendo generosos al ayudar al prójimo y de esta manera podemos abrir puertas para seguir llevando la Palabra de Dios con nuestras bocas, sino mostrando con nuestras vidas quién es el que nos guía con el verdadero amor y guiados por la fe que nos salva.

Que seamos conocidos por nuestra fidelidad a la Palabra, la persistencia en la oración y porque, como dice Jesús, nuestras obras sean vistas por todos los hombres, demostrando así que el reino al que pertenecemos es verdadero y eterno. Mostremos que el verdadero Dios quiere que todo el mundo sea salvo, y es  por lo que nos llamó a cada uno de nosotros como su iglesia. Amén.

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