La Iglesia es militante: primero la cruz, luego la corona.

Tema del Día

Hoy Jesús nos recuerda que llevar la cruz es una consecuencia necesaria del discipulado. La Iglesia es militante: primero la cruz, después la corona. La Oración del día y la Aclamación del Evangelio centran las lecturas. Hoy Cristo nos dice que, para él y para nosotros, seguir el camino de Dios significa que la muerte debe preceder a la vida. Nos llama a negarnos a nosotros mismos y a seguirle por el camino de la cruz.

Oración del día

Dios todopoderoso, tu Hijo soportó voluntariamente la agonía y la vergüenza de la cruz para nuestra redención. Concédenos valor para tomar nuestra cruz cada día y seguirle adondequiera que nos conduzca; por tu Hijo Jesucristo, Señor nuestro, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre. Amén.

Primera lectura: Jeremías 15:15-21

La Iglesia es militante, y eso significa morir al yo y a las cosas del hombre. Después de años de duro ministerio, el profeta Jeremías empezó a olvidar las cosas de Dios y a concentrarse demasiado en las cosas del hombre. Jeremías luchó por llevar la cruz que le había dado su Dios. La Palabra de Dios era alegría y deleite para su corazón. Pero la vida de Jeremías había sido todo menos alegría y deleite.

15Tú lo sabes, oh Jehová; acuérdate de mí, y visítame, y véngame de mis enemigos. No me reproches en la prolongación de tu enojo; sabes que por amor de ti sufro afrenta. 16Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre mí, oh Jehová Dios de los ejércitos. 17No me senté en compañía de burladores, ni me engreí a causa de tu profecía; me senté solo, porque me llenaste de indignación. 18¿Por qué fue perpetuo mi dolor, y mi herida desahuciada no admitió curación? ¿Serás para mí como cosa ilusoria, como aguas que no son estables?

19Por tanto, así dijo Jehová: Si te convirtieres, yo te restauraré, y delante de mí estarás; y si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca. Conviértanse ellos a ti, y tú no te conviertas a ellos. 20Y te pondré en este pueblo por muro fortificado de bronce, y pelearán contra ti, pero no te vencerán; porque yo estoy contigo para guardarte y para defenderte, dice Jehová. 21Y te libraré de la mano de los malos, y te redimiré de la mano de los fuertes.

Salmo 31

La Iglesia canta el Salmo 31 en los servicios en los que se lleva la cruz, ya sea Jesús en su pasión o los cristianos que toman sus cruces y le siguen. El salmo es una poderosa expresión de confianza en el Señor, incluso en momentos de gran presión y sufrimiento. Martín Lutero dijo: «El Salmo 31 es un salmo tanto de acción de gracias como de consuelo. Nuestro Señor Jesucristo lleva sus palabras a sus labios como lamento durante su sufrimiento. Lo mismo hacen sus seguidores, acosados toda su vida por temores internos y persecuciones externas, calumnias y desprecios, todo ello a causa de su confesión de la Palabra de Dios. Contrariamente a lo que cabría esperar, el pueblo de Dios es consolado y liberado de todo lo que le oprime.»

Al músico principal. Salmo de David.

1En ti, oh Jehová, he confiado; no sea yo confundido jamás;

Líbrame en tu justicia.

2Inclina a mí tu oído, líbrame pronto;

Sé tú mi roca fuerte, y fortaleza para salvarme.

3Porque tú eres mi roca y mi castillo;

Por tu nombre me guiarás y me encaminarás.

4Sácame de la red que han escondido para mí,

Pues tú eres mi refugio.

5En tu mano encomiendo mi espíritu;

Tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad.

6Aborrezco a los que esperan en vanidades ilusorias;

Mas yo en Jehová he esperado.

7Me gozaré y alegraré en tu misericordia,

Porque has visto mi aflicción;

Has conocido mi alma en las angustias.

8No me entregaste en mano del enemigo;

Pusiste mis pies en lugar espacioso.

9Ten misericordia de mí, oh Jehová, porque estoy en angustia;

Se han consumido de tristeza mis ojos, mi alma también y mi cuerpo.

10Porque mi vida se va gastando de dolor, y mis años de suspirar;

Se agotan mis fuerzas a causa de mi iniquidad, y mis huesos se han consumido.

11De todos mis enemigos soy objeto de oprobio,

Y de mis vecinos mucho más, y el horror de mis conocidos;

Los que me ven fuera huyen de mí.

12He sido olvidado de su corazón como un muerto;

He venido a ser como un vaso quebrado.

13Porque oigo la calumnia de muchos;

El miedo me asalta por todas partes,

Mientras consultan juntos contra mí

E idean quitarme la vida.

14Mas yo en ti confío, oh Jehová;

Digo: Tú eres mi Dios.

15En tu mano están mis tiempos;

Líbrame de la mano de mis enemigos y de mis perseguidores.

16Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo;

Sálvame por tu misericordia.

17No sea yo avergonzado, oh Jehová, ya que te he invocado;

Sean avergonzados los impíos, estén mudos en el Seol.

18Enmudezcan los labios mentirosos,

Que hablan contra el justo cosas duras

Con soberbia y menosprecio.

19¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen,

Que has mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres!

20En lo secreto de tu presencia los esconderás de la conspiración del hombre;

Los pondrás en un tabernáculo a cubierto de contención de lenguas.

21Bendito sea Jehová,

Porque ha hecho maravillosa su misericordia para conmigo en ciudad fortificada.

22Decía yo en mi premura: Cortado soy de delante de tus ojos;

Pero tú oíste la voz de mis ruegos cuando a ti clamaba.

23Amad a Jehová, todos vosotros sus santos;

A los fieles guarda Jehová,

Y paga abundantemente al que procede con soberbia.

24Esforzaos todos vosotros los que esperáis en Jehová,

Y tome aliento vuestro corazón.

Segunda Lectura Mateo 16:21-26

¡Gracias a Dios que nuestro Salvador vio la necesidad de la cruz antes que la corona! Su enseñanza no terminaba con «lo condenarán a muerte» sino con «Pero al tercer día resucitará». La corona venía, pero primero estaba la necesidad de llevar la cruz. Ahora bien, para los seguidores cristianos, la cruz precede también a la corona.

21Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día. 22Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. 23Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.

24Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. 25Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. 26Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?

Texto Sermón Romanos 8:18-25

Los sufrimientos definen nuestro presente, pero la gloria define nuestro futuro. Pablo dice que ninguna cruz puede compararse con la corona que nos espera. No sólo nosotros, sino toda la creación anhela y estira el cuello para ver lo que está por venir, cuando no sólo la humanidad, sino la creación misma sea finalmente liberada de la esclavitud de la decadencia.

18Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. 19Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. 20Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; 21porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. 22Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; 23y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo. 24Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? 25Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos.

ESPEREMOS LA GLORIA QUE DESTROZA EL SUFRIMIENTO

48 horas es un tiempo corto y a la vez largo. Todos nosotros hemos vivido momentos difíciles donde estas horas que acabo de mencionar han sido las más duras de nuestra vida. Hace pocos días ocurrió el terremoto en Colombia, y todos los que vivieron las consecuencias de esto —al igual que muchos de ustedes que han pasado por experiencias similares— podemos ver cómo las siguientes 48 horas son vitales para buscar personas con vida entre los escombros, pero a la vez son horas de mucha incertidumbre para todos nosotros. Lo mismo sucede cuando recibimos una llamada por teléfono informando sobre el accidente de un familiar; esas horas son muy difíciles porque a menudo se batea entre la vida y la muerte, a la espera de noticias positivas por parte de un médico. Creo que todos nosotros hemos atravesado estas 48 horas con fe y esperanza; sin embargo, en muchas ocasiones esas mismas horas se han convertido en un tiempo de duda y pérdida de esperanza.

En este tiempo de Pentecostés es oportuno tratar este tema acerca de cómo nos comportamos en medio del sufrimiento. Nuestro cerebro intenta ocultar el dolor, pero, por mucho que lo intente, el mundo nos demuestra que es imposible esconder los sufrimientos. Por esta razón, en el pasaje de hoy Pablo habla sobre las aflicciones del tiempo presente, de cómo la creación está sujeta a vanidad y de cómo gime como con dolores de parto. Pablo utiliza el recurso literario de la personificación para explicarnos cómo las consecuencias del pecado de Adán y Eva afectaron verdaderamente a la creación y a la vida de todos nosotros en este mundo. No solo vemos el dolor de la creación reflejado en terremotos, tsunamis, inundaciones, deslizamientos de tierra, hambres y enfermedades contagiosas que se convierten en epidemias, sino que también presenciamos cómo los seres humanos nos atacamos mutuamente mediante masacres, gobiernos hostiles, secuestros, violaciones y otras barbaridades de las que oímos hablar. Todo esto es lo que este mundo nos ofrece porque el príncipe de este siglo, que es el diablo, aprovecha su poder limitado para hacer que la vida de todos nosotros sea más hostil.

Pero qué pasa con nosotros, la Iglesia militante, ¿en medio de todas estas circunstancias? Empezamos a dudar de Dios, de su bondad, de su benevolencia y de su amor verdadero; y esta duda viene acompañada de desesperanza y de desánimo en la vida cristiana. Muchos han abandonado la fe tras la muerte de un ser querido, otros porque perdieron el trabajo de sus vidas y su estabilidad económica, y no faltan quienes se han dejado contagiar por el negativismo, abandonando la fe bajo el argumento de que somos simples marionetas de Dios. Pero no tenemos que ir muy lejos para ver esto; basta con mirarnos a nosotros mismos y evaluar nuestro comportamiento en las tribulaciones. ¡Hasta hemos llegado a maldecir el nombre de Dios! Nos hemos convertido en la burla de muchos que nos han visto y escuchado predicar, pero que al notar que nuestra vida se cae a pedazos por la falta de confianza y el desánimo, terminan burlándose de Dios. Asimismo, nuestros problemas emocionales han sido una evidencia de nuestra falta de confianza en Él. El estrés, la ansiedad, la depresión y todo lo derivado de ello nos ha afectado a cada uno de nosotros por no depositar nuestra esperanza en Dios. Por esto merecemos acompañar a los ángeles condenados en el infierno por la eternidad, ya que nuestro comportamiento desconfiado y sin esperanza nos ha llevado a pecar contra la esencia de Dios en su primer mandamiento —el cual nos exige confiar únicamente en Él—. En lugar de eso, hemos confiado en nosotros mismos, y por ello merecemos la muerte eterna.

Pero en estos pocos minutos de este mensaje podemos disfrutar de lo que el Espíritu Santo ha hecho por cada uno de nosotros. Pablo dice: «Porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve, no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos» (versos 24-25). La fe y la esperanza se combinan para obrar en el cristiano la paciencia con la que aguarda la llegada del tiempo propicio de Dios.

La fe es fundamental porque nos conecta con el Padre celestial. Él pronunció las consecuencias del pecado en el Edén, no solo para Adán y Eva, sino para toda la creación; pero también nos abrió una salida mediante la promesa del Salvador, que es Cristo Jesús. Hoy en día hacemos que muchos políticos sean nuestros mesías: viven en mansiones, no conocen el hambre y están rodeados de seguridad hasta en lo que comen. En cambio, el verdadero Mesías vino a este mundo para vivir no solo entre nosotros como los pecadores que somos, sino que sufrió todo lo que un mundo hostil le impuso. Tuvo hambre, no tenía dónde dormir, dedicó su ministerio a ayudar a los enfermos, a los endemoniados, a los hambrientos físicos, y consoló a otros no solo en vida, sino frente a la muerte misma. Hizo todo esto como nuestro sustituto, manteniendo una confianza plena en el Padre celestial; y esa confianza perfecta fue atribuida a cada uno de nosotros.

Además, Jesús sufrió las consecuencias de los poderes religiosos y seculares hostiles. Ambos se unieron para juzgarlo en la noche —algo completamente ilegal—, lo torturaron y lo condenaron a la crucifixión. Él pasó por todo esto para darnos esperanza y el perdón de nuestros pecados, cargando con ellos en la cruz. El resultado de la obra de Cristo lo menciona Pablo en el primer versículo que escuchamos hoy: «Las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (verso 18).

Así es, mis hermanos: fuimos librados del castigo eterno en el infierno por la obra de Jesús, y la esperanza del cielo no es comparable con los sufrimientos de este mundo. Asimismo, aquel día, cuando Jesús venga por segunda vez, este mundo será liberado; tal como Pablo lo explica: «Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios» (verso 21). La Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, habla del fin del mundo y de la segunda venida de Cristo Jesús. No sabemos si este mundo será transformado o destruido, pero lo que sí sabemos, con fe y confianza, es que estaremos en un lugar —el cielo— donde no habrá dolor, lágrimas ni llanto. Estaremos en un lugar libre de pecado y exentos de los ataques del maligno, el cual ya fue vencido y en el último día será destruido por completo.

Por esto, mis hermanos, en estos tiempos tan difíciles que vivimos —marcados por las señales antes del fin—, es sumamente importante mantener un contacto muy íntimo con la Palabra de Dios. Allí encontramos esa esperanza de la que habla Pablo: «Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos» (verso 25). El Espíritu Santo, que actúa por medio de la Palabra, nos otorga la paciencia para esperar ese día. No importa cuál sea el sufrimiento que atravesemos ahora; lo que importa es que pronto estaremos en nuestro hogar celestial, pronto viviremos al lado de nuestro Dios en cuerpo y alma. Y esta adopción y redención de nuestro cuerpo es real porque hoy el Espíritu Santo nos recuerda que pertenecemos a nuestro Dios y no a este mundo. También en la Palabra nos asegura que nuestro Dios siempre nos proveerá todo lo que necesitamos en esta tierra; Él nos dará la medida justa de techo, comida y vestido. Por eso mismo nos da los medios para recibir estas bendiciones, y solo nos resta elevar nuestra oración para dar gracias a Dios por proveernos la fe y las cosas que necesitamos en este mundo. Amén.

Himnos

155 A ti, que por tu muerte

339 Iglesia de Cristo, reafirma tu amor

252 Quiero, Jesús, mi Rey

143 Señor heme en tus manos

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