La Iglesia cumple su papel de guardiana de su hermano.
Tema del Día
El privilegio, la responsabilidad y la importancia de la tarea de ser el guardián de nuestro hermano descansan en las palabras de nuestra lectura del Evangelio que siguen a la directiva divina de Jesús: «Les aseguro que. . .» Las llaves del reino han sido puestas en nuestras manos. Es nuestro privilegio y nuestra responsabilidad atar y desatar -ser el guardián de nuestro hermano- porque Cristo ha designado a la Iglesia para llevar a cabo esa tarea en su nombre.
Oración del día
Oh Señor Jesucristo, preserva a la congregación de los creyentes con tu misericordia inagotable. Ayúdanos a evitar todo lo que es malo y perjudicial, y guíanos por el camino que conduce a nuestra salvación; porque tú vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre. Amén
Primera lectura: Ezequiel 33:7-11
Desde los tiempos de Caín, el hombre ha odiado ser el guardián de su hermano. ¿Somos diferentes hoy en día? ¿Quién sino los pequeños fariseos disfrutan señalando los pecados? Pero Dios nos dice que la tarea no es opcional. Del mismo modo, Dios nos confiere el pesado mensaje de ser centinelas de nuestro hermano. El juicio de Dios sobre el hombre caído es tan claro como severo. Si no hacemos el trabajo que Dios nos ha asignado, Dios promete pedirnos cuentas.
7A ti, pues, hijo de hombre, te he puesto por atalaya a la casa de Israel, y oirás la palabra de mi boca, y los amonestarás de mi parte. 8Cuando yo dijere al impío: Impío, de cierto morirás; si tú no hablares para que se guarde el impío de su camino, el impío morirá por su pecado, pero su sangre yo la demandaré de tu mano. 9Y si tú avisares al impío de su camino para que se aparte de él, y él no se apartare de su camino, él morirá por su pecado, pero tú libraste tu vida.
10Tú, pues, hijo de hombre, di a la casa de Israel: Vosotros habéis hablado así, diciendo: Nuestras rebeliones y nuestros pecados están sobre nosotros, y a causa de ellos somos consumidos; ¿cómo, pues, viviremos? 11Diles: Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?
Salmo 32
La Iglesia canta el Salmo 32 en los servicios que proclaman el perdón para el penitente. Es el segundo de los siete salmos penitenciales (6, 32, 38, 51, 102, 130, 143). En Romanos 4:6-8, Pablo utiliza los dos primeros versículos del salmo para demostrar que la doctrina de la salvación es la misma tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Martín Lutero dijo: «El Salmo 32 es una manera extraordinaria de enseñarnos lo que es el pecado, ya que nuestra razón no sabe lo que es el pecado y trata de satisfacerlo por medio de las obras. El salmo describe en cambio cómo una persona es liberada del pecado y declarada justa ante Dios. Aquí el salmista dice que incluso los santos son pecadores, y son santos o bendecidos sólo confesando sus pecados a Dios, sabiendo que son declarados justos a los ojos de Dios sólo por gracia, aparte de cualquier servicio u obra. En resumen, nuestra justicia se llama perdón de los pecados».
Salmo de David. Masquil.
1Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.
2Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad,
Y en cuyo espíritu no hay engaño.
3Mientras callé, se envejecieron mis huesos
En mi gemir todo el día.
4Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano;
Se volvió mi verdor en sequedades de verano.
Selah
5Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad.
Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová;
Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.
Selah
6Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado;
Ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él.
7Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia;
Con cánticos de liberación me rodearás.
Selah
8Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar;
Sobre ti fijaré mis ojos.
9No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento,
Que han de ser sujetados con cabestro y con freno,
Porque si no, no se acercan a ti.
10Muchos dolores habrá para el impío;
Mas al que espera en Jehová, le rodea la misericordia.
11Alegraos en Jehová y gozaos, justos;
Y cantad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón.
Segunda lectura: Gálatas 2:11-16
Ser el guardián de tu hermano a veces te llevará a situaciones incómodas o incluso a enfrentamientos. Aquí Pablo cuenta cómo tuvo que oponerse a Pedro en su propia cara. Pablo no lo hizo por celos de este reputado pilar; no se trataba de un juego de poder que enfrentaba al apóstol de los judíos con el apóstol de los gentiles.
11Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar. 12Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión. 13Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también arrastrado por la hipocresía de ellos. 14Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar? 15Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles, 16sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.
Texto Sermón: Evangelio: Mateo 18:15-20
«Mateo 18» se ha convertido en la abreviatura de la disciplina cristiana. Este domingo nos brinda una excelente oportunidad para asegurarnos de que esa abreviatura no se quede corta. La importancia de la disciplina cristiana radica en el hecho de que las llaves han sido puestas en manos de la iglesia y en ninguna otra. El cristiano y la Iglesia son el único salvavidas del pecador caído.
15Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. 16Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. 17Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano. 18De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. 19Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. 20Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
HERMANOS, VALOREMOS EL PERDÓN QUE CRISTO NOS OTORGÓ
La Escritura habla de la iglesia como un solo cuerpo. Pablo hace este énfasis cuando escribió a los Corintios en su primera carta en cuanto a la Santa Cena: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Siendo uno solo el pan, nosotros, con ser muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan» (1 Corintios 10:16-17). Ser un solo cuerpo significa que no podemos tener cosas que nos aparten de serlo. Lo vemos en nuestro propio cuerpo: las manos o los pies no pueden estar separados del cuerpo, ni la cabeza puede estar separada del cuello. Si nuestro cuerpo tuviera partes separadas, dejaría de existir y los miembros no podrían formar parte de él.
Es por lo que el término «división» lo usamos como pecado; es decir, cuando nos apartamos del cuerpo de Cristo —su iglesia— y hacemos cosas para dañar la comunión entre hermanos en la fe, estamos dividiendo este cuerpo que se manifiesta en la congregación. Todos nosotros sabemos la diferencia entre la iglesia visible y la invisible. Es muy importante tener presente esta distinción, porque hay personas que pertenecen a una iglesia visible —como la luterana, la bautista, la presbiteriana, la católica romana, entre otras— y, sin embargo, no pertenecen a la iglesia invisible. Esta última es la iglesia del Señor: Él conoce el corazón de los creyentes, de aquellos que estamos unidos por la fe en Cristo Jesús, y esta unión nos lleva a tener comunión con el Dios Trino. En otras palabras, muchos están inscritos y asisten a sus denominaciones, pero carecen de fe en Cristo Jesús.
Esta sección del evangelio de Mateo se encuentra en medio de dos parábolas que enseñó Jesús. Al unir estos tres elementos —la parábola de la oveja perdida, el perdón al hermano y la parábola de los dos siervos—, obtenemos una enseñanza no solo sobre cómo vivir como hermanos en la fe dentro de una comunidad, sino también sobre cómo cuidarnos ante los ataques del diablo, nuestra carne y el mundo pecaminoso. Jesús, que vino a buscarnos a nosotros, ovejas perdidas, nos manda a perdonar, tal como aquel rey perdonó a su siervo que le debía mucho, advirtiéndonos que no seamos como el siervo mal agradecido que, habiendo sido perdonado, se negó a perdonar a otro que le debía menos.
Todos nosotros somos pecadores y cada día confesamos nuestras faltas de pensamiento, palabra y obra. Pero cuando no confesamos nuestro pecado; cuando nos sentimos cómodos viviendo en desobediencia a Dios y a nuestras autoridades; cuando descuidamos la vida nuestra y la de los demás; cuando echamos a borda nuestro matrimonio con infidelidades, maltratos físicos y psicológicos, o mentiras; o cuando la avaricia se apodera y gobierna nuestro corazón y estamos felices viviendo de esta manera, es ahí donde necesitamos que se nos apliquen las palabras de Jesús que escuchamos el día de hoy.
El solo hecho de pecar y no arrepentirnos es un pecado gravísimo en contra del Espíritu Santo —y, por extensión, del segundo mandamiento—, porque Él es Dios, es quien vive en nosotros y produce tanto el arrepentimiento como los frutos de este. Al estar cómodos con una manera de actuar, hablar y pensar que contradice a Dios, estamos dividiendo el cuerpo de Cristo porque dañamos su unidad espiritual. Por esto, Jesús habla en el versículo 18 no solo de una falta cometida contra el prójimo, sino también en contra de la iglesia de Cristo. Es ahí donde el pecado público e impenitente necesita ser abordado por un hermano en la fe que nos hable con honestidad y verdad, para evitar que perezcamos eternamente en el infierno a causa de la impenitencia.
Asimismo, cuando estamos felices con nuestro pecado, nos negamos a escuchar a quien con amor nos exhorta y el proceso pasa al segundo paso —llamar a dos o más testigos, lo cual es un acto de amor—, esperamos que el maligno no nos zarandee más y podamos arrepentirnos. ¡Pero qué poco valor le damos a la obra de Cristo, a su vida perfecta, a su sufrimiento y a su muerte en la cruz! Preferimos nuestro orgullo pecaminoso o la satisfacción de complacer a nuestra carne antes que arrepentirnos. La impenitencia se nota, es visible: dejamos de leer la Escritura, restamos importancia a la oración, no queremos congregarnos y hasta nos sentimos perseguidos por los hermanos que solo desean que recapacitemos y vivamos como hijos de Dios.
Nuestra impenitencia no nos avergüenza; si sintiéramos el dolor y la contrición por el pecado desde el primer momento en que el hermano en la fe nos buscó y nos habló, todo habría terminado allí. Pero llegar al último paso, donde los representantes de la iglesia nos buscan para dialogar para llevarnos al arrepentimiento, evidencia que realmente estamos perdidos en nuestros pecados. Y nuestra defensa, impulsada por el orgullo pecaminoso, consiste en hablar mal de los hermanos, de la iglesia, de la doctrina y hasta de Dios, a causa de estar bajo el dominio del maligno. Somos tan orgullosos con nuestra impenitencia que hasta cambiamos de congregación y donde llegamos nos hacemos pasar por victimas porque los anteriores hermanos no entendieron mi situación espiritual de impenitencia. No aceptamos la excomunión que se nos impone por la falta de arrepentimiento y creemos falsamente que tenemos los mismos derechos que los hijos de Dios que luchan cada día contra su carne, que se arrepienten sinceramente de sus pecados y son perdonados. En mi caso, por mi impenitencia, no pertenezco al reino de Dios ni a la iglesia invisible, y merezco estar en el infierno eterno adorando a Satanás, porque la impenitencia equivale a la adoración a él, a nuestra carne y al mundo.
Hermanos, no dejemos que la impenitencia llegue y domine nuestras vidas. Jesús ha dado el oficio de las llaves a la iglesia para abrir y cerrar el reino de los cielos, y demos gracias por ello, ya que es el medio por el cual todos nos cuidamos espiritualmente. Se abre el reino de los cielos a los que confesamos nuestro pecado y damos el fruto de arrepentimiento siendo penitentes y se cierra a aquellos obstinados que no se arrepienten y desean vivir como incrédulos en sus pecados. Nuestro Señor quiere que estemos reunidos adorándole, reconociendo nuestro pecado y ayudándonos mutuamente con la mirada fija en la obra de Cristo Jesús, este es el enfoque de nuestra vida cristiana. Él vino a este mundo como el pastor perfecto, sin pecado, sin necesidad de arrepentirse, sino viviendo en absoluta perfección por amor a nosotros. Fue a la cruz en nuestro lugar para pagar cada uno de nuestros pecados; su sangre preciosa, derramada en su sufrimiento, nos limpió de toda maldad y nos ganó el cielo. El Espíritu Santo usa la obra de Cristo para hacernos vivir como hijos de Dios que a diario confesamos nuestro dolor por el pecado, afirmamos con confianza que somos perdonados por la gracia de Jesús y permitimos que el Espíritu produzca frutos de arrepentimiento, los cuales consisten en apartarnos del pecado para vivir y honrar a nuestro Dios con nuestras vidas en mente y corazón. Hermanos en este tiempo de Pentecostés demos gracias a la obra del Espíritu Santo en nuestras vidas, el cuál hace que siempre estén nuestras palabras, obras y pensamientos conectados con nuestro Dios para glorificarle y alabarle con nuestra manera de vivir en amor y agradecimiento. Amén.
Himnos
133 Amémonos hermanos
47 Cristo Vida del Viviente
229 Tal como soy de pecador
251 Oh que amigo nos es Cristo
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