Decimo sexto Domingo de Pentecostés
La Iglesia perdona como Dios perdona.
Tema del Día
El punto de partida para este domingo es la inconcebible misericordia y perdón de Dios por el pecador. Así, como grupo de pecadores perdonados, la Iglesia perdona como Dios perdona. Siempre que intentamos imitar a Dios, nos damos cuenta rápidamente de nuestra insuficiencia. Sin embargo, hoy Dios nos dice que modelemos nuestro perdón según el suyo: un perdón ilimitado, gratuito y amoroso basado en el sacrificio de Cristo.
Oración del día
Señor Dios, Padre celestial, que bondadoso nos perdonas todos nuestros pecados y provees abundantemente a todas nuestras necesidades del cuerpo y del alma. Danos confianza en tu misericordia, y enséñanos también a ser misericordiosos con nuestro prójimo, para que perdonemos de buen grado a todos los hombres y, juzgándonos sólo a nosotros mismos, vivamos bienaventurados para tu gloria; por tu Hijo Jesucristo, Señor nuestro, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre.
Primera Lectura: Efesios 4:29—5:2
Pablo nos ordena que no actuemos como el siervo despiadado, sino más bien: «Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia.» (4:31). La iglesia está formada por personas que han sido selladas para la redención, ¡así que actuemos como tales! No sólo la bondad y la compasión, sino también el perdón son la marca principal del cristiano.
29Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. 30Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. 31Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. 32Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.
51Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. 2Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.
Salmo 103
La Iglesia canta el Salmo 103 en los servicios que hacen hincapié en que Jesús perdona nuestros pecados y nos da confianza y fuerza contra el diablo y el mundo. Comienza de la misma manera que el Salmo 104, y los dos se cuentan entre los salmos más consoladores del Salterio. Martín Lutero dijo: «El Salmo 103 es un salmo de agradecimiento. Precioso y finamente elaborado, da gracias a Dios por toda su bondad. Él perdona nuestros pecados, nos proporciona cuerpos y almas sanos, nos satisface con toda clase de cosas buenas, nos da alegría y confianza, y nos libra de enemigos y males. Todo esto sucede por medio de Cristo, que fue prometido precisamente por esto, y ya ha llegado».
Salmo de David.
1Bendice, alma mía, a Jehová,
Y bendiga todo mi ser su santo nombre.
2Bendice, alma mía, a Jehová,
Y no olvides ninguno de sus beneficios.
3El es quien perdona todas tus iniquidades,
El que sana todas tus dolencias;
4El que rescata del hoyo tu vida,
El que te corona de favores y misericordias;
5El que sacia de bien tu boca
De modo que te rejuvenezcas como el águila.
6Jehová es el que hace justicia
Y derecho a todos los que padecen violencia.
7Sus caminos notificó a Moisés,
Y a los hijos de Israel sus obras.
8Misericordioso y clemente es Jehová;
Lento para la ira, y grande en misericordia.
9No contenderá para siempre,
Ni para siempre guardará el enojo.
10No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades,
Ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados.
11Porque como la altura de los cielos sobre la tierra,
Engrandeció su misericordia sobre los que le temen.
12Cuanto está lejos el oriente del occidente,
Hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.
13Como el padre se compadece de los hijos,
Se compadece Jehová de los que le temen.
14Porque él conoce nuestra condición;
Se acuerda de que somos polvo.
15El hombre, como la hierba son sus días;
Florece como la flor del campo,
16Que pasó el viento por ella, y pereció,
Y su lugar no la conocerá más.
17Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen,
Y su justicia sobre los hijos de los hijos;
18Sobre los que guardan su pacto,
Y los que se acuerdan de sus mandamientos para ponerlos por obra.
19Jehová estableció en los cielos su trono,
Y su reino domina sobre todos.
20Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles,
Poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra,
Obedeciendo a la voz de su precepto.
21Bendecid a Jehová, vosotros todos sus ejércitos,
Ministros suyos, que hacéis su voluntad.
22Bendecid a Jehová, vosotras todas sus obras,
En todos los lugares de su señorío.
Bendice, alma mía, a Jehová.
Segunda Lectura: Evangelio: Mateo 18:21-35
El perdón hay que aprenderlo, y Pedro creía haberlo descubierto. De los ancianos de los judíos, Pedro había oído: «Si un hombre transgrede una vez, perdónalo. Si un hombre transgrede dos veces, perdónalo. Si un hombre transgrede tres veces, perdónalo. Si un hombre transgrede cuatro veces, no lo perdones». Tres veces, decían los ancianos, era el límite del perdón para un buen judío. Pedro, sin embargo, estaba dispuesto a ir mucho más lejos; no tres veces, sino siete, pensó Pedro con una sonrisa. Hasta que Jesús dijo: «No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces».
21Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? 22Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.
23Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. 24Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. 25A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. 26Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. 27El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. 28Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. 29Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. 30Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. 31Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. 32Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. 33¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? 34Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. 35Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.
Texto Sermón: Génesis 50:15-21
¡Qué difícil es perdonar como Dios! Podemos perdonar a alguien que nos hace daño, pero nunca olvidamos. Guardamos esa herida en lo más profundo de nuestro ser durante años, sin darnos cuenta de que nos estamos encerrando en la prisión del pasado. Los hermanos de José temían que finalmente tendrían que pagar por lo que le hicieron a José. Su padre había muerto, José seguía al mando en Egipto, y los hermanos pensaban que iban a enfrentarse a la venganza de José por su acto de traición años antes.
15Viendo los hermanos de José que su padre era muerto, dijeron: Quizá nos aborrecerá José, y nos dará el pago de todo el mal que le hicimos. 16Y enviaron a decir a José: Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: 17Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre. Y José lloró mientras hablaban. 18Vinieron también sus hermanos y se postraron delante de él, y dijeron: Henos aquí por siervos tuyos. 19Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? 20Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. 21Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón.
PERDONA COMO FUISTE PERDONADO EN CRISTO
Todos sabemos que en este mundo encontramos un contraste entre lo real —es decir, lo que pasa— y la expectativa. Hay muchos memes que nos divierten al mostrar este tema, contrastando la realidad de algo o alguien frente a la expectativa ideal. En el sermón de hoy vamos a ser muy honestos con nuestra realidad: ¿cómo somos cada uno de nosotros para perdonar?
Necesitamos tener en claro esta regla: como pastor, sé muchas cosas de los hermanos en la fe; son secretos de confesión y ahí se quedan. Por lo tanto, espero que no tomen nada del mensaje de este día como algo personal, puesto que, si notamos tanto el domingo pasado como este, estamos hablando del perdón y de cómo el Espíritu Santo nos ayuda en ello. En realidad, cuando hablamos de perdonar, solemos tener la misma actitud de los hermanos de José: nos gusta barrer y echar la basura debajo del tapete, o somos expertos en evitar conversaciones difíciles con aquel hermano con el cual hemos tenido una diferencia. Por esto, lo que más hacemos en medio de ciertas circunstancias es huir y alargar el problema o la situación difícil empezando una guerra entre hermanos en la fe.
39 años tardaron los hermanos de José para pedirle perdón por haberlo maltratado, humillado y vendido. Pero si notamos estos versos bíblicos, encontramos el motivo exacto por el cual los hermanos de José decidieron dar este paso: «Viendo los hermanos de José que su padre era muerto, dijeron: Quizá nos aborrecerá José, y nos dará el pago de todo el mal que le hicimos» (Génesis 50:15). Únicamente los motivó la muerte de su padre y el miedo a una posible venganza por parte del segundo hombre más importante del mundo en ese momento. Si José hubiera seguido siendo esclavo o alguien sin influencia, jamás se habrían molestado en buscarlo. Aquí podemos ver nuestra propia conveniencia al pedir perdón: muchas veces lo hacemos para no perder el trabajo, para no perder dónde vivir porque carecemos de otro lugar o de la estabilidad económica para sustentarnos, o para no perder una herencia. Sencillamente, no nos importa restablecer la hermandad con esa persona porque no la consideramos importante en nuestras vidas.
Pero también hay otra clave que vemos en estos versos del 16 al 18: ellos no fueron directamente a hablar con José; posiblemente enviaron a Benjamín. Tenían dos cosas que decir:
- «Antes que muriera nuestro padre Jacob, nos dijo que te hiciéramos esta petición: “Perdona a tus hermanos la maldad que te hicieron”. Tuvimos un mismo padre, servimos a un mismo Dios; por ello, perdónanos, por favor».
- «Además, nos ofrecemos como tus esclavos de por vida; puedes hacer con nosotros lo que te plazca».
En ocasiones usamos intermediarios para hablar, sencillamente porque tenemos la conciencia culpable. Nuestro orgullo pecaminoso nos hace pensar que al hablar directamente con el hermano con el que tenemos el problema nos volvemos débiles, nos sentimos perdedores o creemos que nos estamos humillando. En realidad, toda esta actitud que vemos tanto en los hermanos de José como en nosotros mismos es ir en contra del tercer mandamiento, el cual nos enseña: «Debemos temer y amar a Dios, de modo que no despreciemos su palabra ni la prédica de ella; sino que la consideremos santa, la oigamos y aprendamos de buena voluntad». Despreciamos la Palabra cuando no entendemos la importancia del perdón en nuestras vidas ni la obra que la Palabra hace en nuestra santificación. Al tener problemas con el perdón, estamos despreciando la Palabra de Dios y, por ende, desplazamos su lugar permitiendo que nuestro orgullo se convierta en nuestro dios. Por esto, no merecemos el perdón de Dios y sí merecemos morir por siempre en el lugar del llanto y el crujir de dientes.
Pero ¿cuál es la verdadera motivación para perdonar? José la conocía muy bien; él sabía que vendría el Mesías, y el escritor de Hebreos nos muestra su fe: «Por la fe José, al morir, mencionó la salida de los hijos de Israel, y dio mandamiento acerca de sus huesos» (Hebreos 11:22). Esto demuestra que él anhelaba estar en la tierra prometida, aunque su alma iría al cielo, que es la verdadera tierra prometida para nosotros los creyentes. Al estudiar teológicamente el tema de la tierra prometida, sabemos que es un tipo del cielo, de la vida eterna.
Aquí es donde radica la clave. José sabía que estaría en la tierra prometida por causa del Mesías. Nunca podemos olvidar el propósito por el cual Jesús vino a este mundo: la enemistad entre nosotros y Dios es a causa del pecado. Conocemos la enseñanza de Pablo a los Romanos: el pecado nos destituye de la gloria de Dios. Pero es Dios —y no nosotros, porque de nosotros no nace buscar una relación con Él— quien tiene el firme deseo de mantener una buena relación con nosotros en este mundo y por la eternidad.
«Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:5–8). Al ser siervo, se sometió perfectamente al Padre en los cielos y, en su paso por este mundo, enseñó y practicó el perdón. No hay ningún versículo bíblico que muestre que Jesús echaba los problemas debajo de la alfombra; ante las dificultades con sus enemigos, nunca huyó. Siempre buscó a la oveja perdida y el arrepentimiento de todos, mostrando la necesidad imperativa de creer en Él. Además, fue a la cruz para recibir el castigo en nuestro lugar; el abandono del Padre mientras estaba en el madero fue el momento exacto en que soportó el castigo eterno que nosotros merecíamos. Cristo nos restituyó la relación con el Padre; Él, por medio de su vida perfecta y su sacrificio en la cruz, hizo lo que nosotros jamás podríamos hacer: perdonar y borrar todas nuestras iniquidades en pensamiento, palabra y obra.
José, por la obra del Espíritu Santo, confesaba su fe en el Mesías, y su vida era movida por el evangelio. Por eso, al escuchar hablar a Benjamín y luego a sus hermanos, su actitud fue esta: «Y José lloró mientras hablaban. Vinieron también sus hermanos y se postraron delante de él, y dijeron: Henos aquí por siervos tuyos. Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a “sus hijos”. Así los consoló, y les habló al corazón» (Génesis 50:17–21).
Notemos las dos últimas acciones del versículo 21: consoló y habló al corazón. Estamos frente a una enseñanza clarísima para nuestra vida de santificación cuando afrontamos un problema con un hermano en la fe: necesitamos vivir en el evangelio y estar motivados por él. José entendió dos cosas fundamentales: la primera, que la venganza le pertenece exclusivamente a Dios (por eso preguntó: «¿acaso estoy yo en lugar de Dios?»); y la segunda, reconoció que todo lo sucedido había sido permitido por Dios para el bien de él y de su pueblo, preservando el linaje del cual nacería el Mesías.
Nosotros somos una caja de emociones, y esto lo demostramos al provocar conflictos o al negarnos a arreglar las cosas con el hermano en la fe o siendo expertos en imaginarnos cosas que crean conflictos que no existen. Hay una realidad bíblica que debemos entender: podemos ser padres, hijos, esposos, tíos, primos, suegros o mantener cualquier vínculo de tipo sanguíneo, pero si somos hermanos en la fe, es esta hermandad espiritual la que debe predominar. Por esto, actuar bajo el dominio de nuestras emociones descontroladas es el peor momento para resolver nuestras diferencias. La Escritura nos exhorta: «Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis lugar al diablo» (Efesios 4:26–27). Es urgente dar prioridad a la restauración de nuestras relaciones rotas con los hermanos en la fe; si nos tardamos en hacerlo, el diablo aprovechará ese espacio propicio para impedir la reconciliación.
Asimismo, la Biblia nos manda a perdonar a todo aquel que nos pide perdón, sin condiciones ni excusas, para no correr la suerte del siervo mal agradecido de la parábola, a quien su señor reprendió con severidad: «Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas» (Mateo 18:35).
Por último, dejemos que el Espíritu Santo obre en nuestra vida de santificación, aplicándolo a nuestra relación con el prójimo y con los hermanos en la fe. San Pablo, en su carta a los Efesios —otra de las lecturas para este día—, nos enseña cómo hacerlo: «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Efesios 4:29—5:2).
Por esto, mis hermanos, vivimos en el perdón, practicamos el perdón y adoramos a nuestro Dios movidos por el perdón, aclamando junto al salmista: «Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias» (Salmo 103:1–3). Amén.
Himnos
165 Hay una fuente
155 A ti que por tu muerte
240 En Jesucristo se halla la paz
166 Canten con Alegría (Fe y Alabanza)
Tema: La iglesia perdona como Dios perdona
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