Nuestro Dios busca pacientemente frutos de fe

Tema del Día

El Señor vino a su ciudad y a su templo para enseñar a su pueblo, pero los dirigentes de Israel se levantaron contra él. Durante la Semana Santa, saduceos y fariseos dejaron a un lado sus diferencias para unirse en oposición a este hombre que amenazaba su visión del mundo y sus posiciones mundanas. Cuando cuestionaron su autoridad, Jesús respondió con tres parábolas destinadas a llevar a los líderes a la autoevaluación y la auto condena.

Oración del Día

Dios todopoderoso, en tu bondad generosa, protégenos de todo mal del cuerpo y del alma. Haz que estemos dispuestos, con corazón alegre, a hacer cuanto te plazca; por tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre. Amén.

Primera lectura: Isaías 5:1-7

Después de plantar la vid, un agricultor normalmente tenía que esperar dos años para la primera cosecha. Isaías nos dice que Dios no estuvo ocioso después de plantar. Construyó una torre y un lagar: esta viña tenía todo lo que necesitaba. No reparó en gastos. Qué sorpresa entonces, cuando Dios vino a buscar frutos y sólo encontró cosas repugnantes.

1Ahora cantaré por mi amado el cantar de mi amado a su viña. Tenía mi amado una viña en una ladera fértil. 2La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre, y hecho también en ella un lagar; y esperaba que diese uvas, y dio uvas silvestres.

3Ahora, pues, vecinos de Jerusalén y varones de Judá, juzgad ahora entre mí y mi viña. 4¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas silvestres?

5Os mostraré, pues, ahora lo que haré yo a mi viña: Le quitaré su vallado, y será consumida; aportillaré su cerca, y será hollada. 6Haré que quede desierta; no será podada ni cavada, y crecerán el cardo y los espinos; y aun a las nubes mandaré que no derramen lluvia sobre ella. 7Ciertamente la viña de Jehová de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá planta deliciosa suya. Esperaba juicio, y he aquí vileza; justicia, y he aquí clamor.

Salmo 80

La Iglesia canta el Salmo 80 en los cultos, cuando nos animamos unos a otros a dar frutos de fe mientras esperamos la llegada del Señor. Es posible que se escribiera cuando había refugiados en Jerusalén en la época en que atacaban los asirios. Martín Lutero dijo: «El Salmo 80 es un salmo de oración contra los enemigos que eran vecinos del pueblo de Israel, molestándoles y atacándoles constantemente. Todavía hoy tenemos enemigos que son nuestros vecinos incluso dentro de la iglesia visible, espíritus rebeldes y herejes, y oramos este salmo contra ellos».

Al músico principal; sobre Lirios. Testimonio. Salmo de Asaf.

1Oh Pastor de Israel, escucha;

Tú que pastoreas como a ovejas a José,

Que estás entre querubines, resplandece.

2Despierta tu poder delante de Efraín, de Benjamín y de Manasés,

Y ven a salvarnos.

3Oh Dios, restáuranos;

Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.

4Jehová, Dios de los ejércitos,

¿Hasta cuándo mostrarás tu indignación contra la oración de tu pueblo?

5Les diste a comer pan de lágrimas,

Y a beber lágrimas en gran abundancia.

6Nos pusiste por escarnio a nuestros vecinos,

Y nuestros enemigos se burlan entre sí.

7Oh Dios de los ejércitos, restáuranos;

Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.

8Hiciste venir una vid de Egipto;

Echaste las naciones, y la plantaste.

9Limpiaste sitio delante de ella,

E hiciste arraigar sus raíces, y llenó la tierra.

10Los montes fueron cubiertos de su sombra,

Y con sus sarmientos los cedros de Dios.

11Extendió sus vástagos hasta el mar,

Y hasta el río sus renuevos.

12¿Por qué aportillaste sus vallados,

Y la vendimian todos los que pasan por el camino?

13La destroza el puerco montés,

Y la bestia del campo la devora.

14Oh Dios de los ejércitos, vuelve ahora;

Mira desde el cielo, y considera, y visita esta viña,

15La planta que plantó tu diestra,

Y el renuevo que para ti afirmaste.

16Quemada a fuego está, asolada;

Perezcan por la reprensión de tu rostro.

17Sea tu mano sobre el varón de tu diestra,

Sobre el hijo de hombre que para ti afirmaste.

18Así no nos apartaremos de ti;

Vida nos darás, e invocaremos tu nombre.

19¡Oh Jehová, Dios de los ejércitos, restáuranos!

Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.

Segunda Lectura: Evangelio de Mateo 21:33-43

Las palabras de Jesús en el Evangelio ponen de relieve la paciencia de nuestro Dios cuando busca frutos de fe. ¿Podría Dios haber hecho algo más por Israel? La cuestión aquí es la asombrosa paciencia que muestra el dueño. ¿Qué dueño seguiría enviando siervos cuando se les trata así? ¿Quién respondería a semejante barbarie enviando a su único hijo? La paciencia de Dios con Israel no tiene comparación. Hasta los enemigos de Jesús tuvieron que convenir en que el único final justo para tales inquilinos era el juicio.

33Oíd otra parábola: Hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, la cercó de vallado, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores, y se fue lejos. 34Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos. 35Mas los labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon, a otro mataron, y a otro apedrearon. 36Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera. 37Finalmente les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. 38Mas los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y apoderémonos de su heredad. 39Y tomándole, le echaron fuera de la viña, y le mataron. 40Cuando venga, pues, el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores? 41Le dijeron: A los malos destruirá sin misericordia, y arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a su tiempo.

42Jesús les dijo: ¿Nunca leísteis en las Escrituras:

La piedra que desecharon los edificadores,

Ha venido a ser cabeza del ángulo.

El Señor ha hecho esto,

Y es cosa maravillosa a nuestros ojos?

43Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él.

Texto Sermón: Filipenses 3:12-21

La perícopa de hoy encaja perfectamente con el tema del Evangelio: Pablo nos anima a vivir de acuerdo con lo que ya hemos alcanzado. Dios nos ha dado el reino de los cielos por la fe. Somos el pueblo al que prometió que produciría sus frutos. Hagamos exactamente eso. Vivamos una vida muy distinta a la de la gente de este mundo, que adora a su estómago y a su cuerpo, su vergüenza.

12No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. 13Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, 14prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. 15Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. 16Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa.

17Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros. 18Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; 19el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal. 20Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; 21el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.

Con los Ojos en la Meta: Nuestra Identidad y Esperanza Celestial en Cristo

Cuando nos presentamos a alguien que no nos conoce, no solamente usamos nuestro nombre, sino que también mencionamos la ciudad de donde somos. Para cada uno de nosotros es un orgullo decir de dónde somos. No nos importa si nuestra ciudad tiene la fama de las «tres efes»: fea, falduda y fría; tampoco nos importa si es la más peligrosa o la más pobre del mundo. Somos felices con nuestra ciudad, no solo porque allí nacimos, sino porque toda nuestra vida la pasamos en este lugar, compartiéndola con las personas que más amamos. Para los filipenses, Filipo era muy importante porque era una provincia romana destacada. Muchos soldados jubilados vivían allí, pero las personas estaban muy orgullosas de tener una ciudadanía romana: sabían que su nombre estaba inscrito en los archivos tribales que estaban en Roma, se vestían como romanos, hablaban el idioma de Roma y gozaban de su protección.

En el versículo 20, Pablo afirma que todo creyente, incluidos nosotros, tenemos una ciudadanía en los cielos. Tenemos un título de una tierra lejana dado solamente por la fe. Esta ciudadanía nos hace mostrar que pertenecemos a Dios; el santo bautismo nos hizo sus hijos, dándonos el perdón de los pecados y la fe en Cristo Jesús, quien hizo todo para darnos esta herencia celestial. El mensaje del Evangelio nos asegura que este lugar fue dado y preparado por Jesús. El evangelista Juan registró estas palabras: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros» (Juan 14:2).

Pero mientras estemos en este mundo, estamos tentados a abandonar esta herencia celestial porque nuestro viejo hombre hace que seamos como aquellos que Pablo menciona en estos versículos, que estaban dentro de la congregación de los filipenses pero con esta actitud pecaminosa: «Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal» (Filipenses 3:18-19). Todos nosotros necesitamos de la electricidad para que funcionen muchas cosas en nuestro hogar; el viejo hombre es como la electricidad, que crea en nosotros un adaptador para conectarse y alimentarse. Nosotros pagamos cada mes una tarifa para que no nos falte la luz, la refrigeración, el entretenimiento y la preparación de alimentos; estas cosas son necesarias para nuestra vida. Nuestro viejo hombre usa la carne para alimentar el pecado y crea en nosotros la necesidad de ser enemigos de la cruz, haciendo de nuestra carne nuestro dios con deseos sexuales desenfrenados, no solamente hablando del adulterio o la fornicación, sino también de la homosexualidad, que cada vez se hace más permisiva. Incluso hay iglesias que se llaman cristianas que permiten que sus fieles lleven una vida escandalosa en este sentido, con la excusa de que el amor de Cristo lo llena todo. Pero también muchos podemos dejarnos llevar por nuestros ojos llenos de avaricia, queriendo ver solo nuestras billeteras y cuentas de ahorros llenas para mostrar que tenemos prestigio, poder e influencia. Nuestra falta de amor hacia el prójimo nos lleva a querer pasar siempre por encima de él, quitándole las cosas que son de su propiedad o hablando cosas que no son ciertas de su vida para que sea expulsado de nuestro club personal de hermanos en la fe. A nuestra carne le gusta pecar y amar este mundo; por esto, la falta de amor al prójimo es el resultado de no amar a Dios sobre todas las cosas, y esto nos hace merecedores de estar eternamente como ciudadanos del infierno.

Pablo reconoce lo difícil que es vivir en este mundo, puesto que en el momento de escribir esta carta estaba preso por la predicación de la Palabra, por lo que habla directamente de su situación en ese momento: «No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto» (Filipenses 3:12). Esto lo dice porque reconoce que aún es un hombre pecador. Pero con la madurez que necesita cada cristiano para vivir en este mundo, no solo habla de él, sino también de Timoteo cuando exhorta a los filipenses de esta manera: «Hermanos, sed imitadores de mí, y mirad a los que así se conducen según el ejemplo que tenéis en nosotros» (Filipenses 3:17). Pablo, estando en la cárcel a causa de la predicación de la Palabra, y Timoteo, que estaba trabajando dura y arduamente en el ministerio, fueron un ejemplo para los cristianos de ese tiempo, viviendo conectados con Cristo y mostrando que la vida es como unas olimpiadas en las que se busca participar para ganar el premio mayor: «Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos; y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla, sintamos una misma cosa» (Filipenses 3:14-16).

Esto nos habla a todos nosotros, hechos perfectos por el único perfecto que vino a este mundo: Cristo Jesús. Desde su concepción sin pecado, su vida se caracterizó por amar perfectamente al prójimo; no los veía con envidia, egoísmo o avaricia. A Jesús solo le interesaban sus almas: fue a casa de publicanos, se sentó a comer con prostitutas y pecadores, libró a endemoniados y curó de enfermedades a las personas que lo necesitaban. Todo esto lo hizo sin ningún interés personal, lo hizo en nuestro lugar mostrando el amor verdadero; por esto el Padre nos ve perfectos. Al estar en la cruz, solo tenía un pensamiento y propósito, el cual Pablo escribió a los romanos: «Dios muestra su amor para con nosotros, en que, aun siendo pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8).

Mis hermanos, como ciudadanos del cielo y aun viviendo en este mundo batallando cada día con nuestra carne vanidosa, el Espíritu Santo juega un papel importante en nuestras vidas. El verso 16 nos dice que vivamos de acuerdo con lo que hemos alcanzado; la gracia de Dios produce frutos de fe. Cada día nos arrepentimos de nuestros pecados, pero confiando en el perdón dado por Cristo, vivimos amando y sirviendo al prójimo. Pablo fue llamado a servir llevando el mensaje de salvación aun desde la cárcel; nosotros también tenemos este llamado que proviene de la Palabra. Hablar a otros acerca de Jesús es de vital importancia, pero debemos hacerlo procurando que el prójimo vea que no estamos con él por interés, sino para que también sean ciudadanos del cielo. Por eso, mostremos madurez en nuestra vida de santificación: evitemos las peleas, los conflictos, la avaricia, la desobediencia y el hablar mal del otro, y abramos nuestra boca solo para animar a las personas en la vida, conectándolas con Cristo estos son frutos de fe. Que en verdad cada uno de nosotros seamos luz y sal del mundo que también son frutos de fe.

En este mundo sabemos que la vida de santificación no llegará a ser perfecta, pero Pablo nos afirma al terminar esta sección: «Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas» (Filipenses 3:20-21). Allá, en el cielo, no tendremos al viejo hombre que nos lleva a pecar, porque seremos transformados en la gloria del mismo Dios. Viviremos en nuestra casa celestial perfectamente, puesto que el pecado no existe allá, y cuando venga Cristo por segunda vez, el maligno será destruido por siempre. Habrá solo adoración perfecta, vida perfecta y vida verdadera con nuestro Dios. Es por lo que el Espíritu Santo nos alimenta con los medios de gracia: el Evangelio y la Santa Cena son de vital importancia en nuestras vidas, porque cada día en este mundo nos recuerdan y aseguran el perdón de nuestros pecados y la obra que Cristo hizo por nosotros.

También el Evangelio nos anima asegurándonos que estamos en manos de Dios en este mundo lleno de turbulencias, y es por lo que el cristiano —usted y yo— aprende a vivir un día a la vez: el futuro está asegurado en el cielo y el pasado ya no existe porque Cristo lo convirtió en una nueva vida para nosotros. Pero mientras estemos en este mundo, no permitamos que nuestras preocupaciones, desaciertos, angustias y ansiedades nos quiten la mira del cielo. Esto solo lo podemos lograr poniendo nuestros ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, junto con la persistencia en la oración, con la cual adoramos a nuestro Dios y pedimos que produzca en cada uno de nosotros frutos de fe generados por el Evangelio, para que el mundo vea que nuestra conexión es con el único Dios verdadero. Amén.

Himnos

198 Preste oídos el humano

126 Vengo a Ti Jesús amado

246 Mi fe descansa en Ti

304 Dios Te bendiga.

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