Sexto domingo de Pascua

Vive para llamarme a vivir para él.

Tema del Día:

El amor de Dios que vive en nosotros nos lleva a una vida de obediencia. La promesa de Jesús de otro Consejero está cargada de significado: el Espíritu Santo nos da la capacidad de hacer lo que Jesús nos pide. Las lecturas de este domingo nos enseñan que el amor a nuestro Señor resucitado significa obediencia a sus mandatos.

Oración del día

Oh Dios, tú eres el dador de todo bien. Inspíranos a nosotros, tus humildes siervos, a anhelar lo que es justo y, por tu bondadosa guía, cumplirlo para tu gloria; por tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre.

Primera lectura: Hechos 17:22-31

¿Podría ser más oportuna esta lectura? Pablo predicó a un pueblo enamorado de la espiritualidad, pero ignorante del Dios verdadero. A un pueblo que creía tener todas las respuestas, Pablo ofrece un conocimiento real del Dios verdadero que les era desconocido. Predicando allí, en la colina de Marte, con esta belleza sobrecogedora como telón de fondo, Pablo dice: «Dios… no vive en templos construidos por hombres». No, este Dios desconocido se dio a conocer viviendo con nosotros y luego viviendo en nosotros. El amor a este Señor resucitado conduce a una vida llena de obediencia amorosa.

22Entonces Pablo, puesto en pie en medio del Areópago, dijo: Varones atenienses, en todo observo que sois muy religiosos; 23porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio. 24El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, 25ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. 26Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación; 27para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. 28Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos. 29Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres. 30Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; 31por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.

Salmo 66

La Iglesia canta el Salmo 66 en los servicios que incluyen alabanzas gozosas a Dios por su asombrosa actividad salvadora. A veces el salmo se dirige a Dios, y a veces se dirige al pueblo que alaba a Dios. Martín Lutero dijo, «El Salmo 66 es un salmo de acción de gracias por las bendiciones comunes que Dios a menudo nos da. Cada día libera y protege a su pueblo de sus enemigos, como hizo en el Mar Rojo. Al enumerar estas bendiciones, la Iglesia de Cristo convoca a todos los hombres a la fe».

Al músico principal. Cántico. Salmo.

1 Aclamad a Dios con alegría, toda la tierra.

2 Cantad la gloria de su nombre;

Poned gloria en su alabanza.

3 Decid a Dios: ¡Cuán asombrosas son tus obras!

Por la grandeza de tu poder se someterán a ti tus enemigos.

4 Toda la tierra te adorará,

Y cantará a ti;

Cantarán a tu nombre.

Selah

5 Venid, y ved las obras de Dios,

Temible en hechos sobre los hijos de los hombres.

6 Volvió el mar en seco;

Por el río pasaron a pie;

Allí en él nos alegramos.

7 El señorea con su poder para siempre;

Sus ojos atalayan sobre las naciones;

Los rebeldes no serán enaltecidos.

Selah

8 Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,

Y haced oír la voz de su alabanza.

9 El es quien preservó la vida a nuestra alma,

Y no permitió que nuestros pies resbalasen.

10 Porque tú nos probaste, oh Dios;

Nos ensayaste como se afina la plata.

11 Nos metiste en la red;

Pusiste sobre nuestros lomos pesada carga.

12 Hiciste cabalgar hombres sobre nuestra cabeza;

Pasamos por el fuego y por el agua,

Y nos sacaste a abundancia.

13 Entraré en tu casa con holocaustos;

Te pagaré mis votos,

14 Que pronunciaron mis labios

Y habló mi boca, cuando estaba angustiado.

15 Holocaustos de animales engordados te ofreceré,

Con sahumerio de carneros;

Te ofreceré en sacrificio bueyes y machos cabríos.

Selah

16 Venid, oíd todos los que teméis a Dios,

Y contaré lo que ha hecho a mi alma.

17 A él clamé con mi boca,

Y fue exaltado con mi lengua.

18 Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad,

El Señor no me habría escuchado.

19 Mas ciertamente me escuchó Dios;

Atendió a la voz de mi súplica.

20 Bendito sea Dios,

Que no echó de sí mi oración, ni de mí su misericordia.

Segunda Lectura: Evangelio de Juan 14:15-21

El hombre había perdido esa vida en la caída de Adán, y el pecado y la muerte se precipitaron en el vacío dejado. El Hijo de Dios, la vida, vino a devolverla. Porque él está vivo, nosotros también viviremos en bendición y santidad para siempre. Somos hijos que nunca quedaremos huérfanos, sino que seremos consolados, aconsejados y guardados para siempre.

15Si me amáis, guardad mis mandamientos. 16Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: 17el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.

18No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. 19Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis. 20En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros. 21El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.

Texto Sermón: 1 Pedro 3:13-22

Esta es la quinta lectura de 1 Pedro durante el tiempo de Pascua. La semana pasada, Pedro declaró lo que somos en Cristo: un pueblo elegido, un sacerdocio real, un pueblo que pertenece a Dios. En esta lectura detalla lo que eso significa para nuestras vidas: Apartar a Cristo como Señor. Nos llama a vivir para él, con nuestras palabras y nuestras obras.

13¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien? 14Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis, 15sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros; 16teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo. 17Porque mejor es que padezcáis haciendo el bien, si la voluntad de Dios así lo quiere, que haciendo el mal. 18Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; 19en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, 20los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua. 21El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo, 22quien habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios; y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades.

LA IGLESIA DE CRISTO HA RESUCITADO

Todos nosotros hemos tenido días malos, solo pensemos en el peor día que hemos tenido en nuestras vidas. ¿El día del divorcio?, ¿cuándo tuve un robo?, ¿el día que murió un ser querido?, ¿el día que golpeé a mi esposa?, ¿el día que cometí adulterio?, ¿el día que vi a mi padre maltratar a la mamá?, ¿el día que empecé a consumir drogas o alcohol?, ¿el día que elegí vivir solo? Cada uno de nosotros va a pensar o recordar cuál fue el peor día que hemos vivido en nuestras vidas. Pedro el apóstol tuvo un día malo, un día que marcó su vida, podemos ver a un Pedro antes del jueves santo y otro Pedro después del jueves santo. Pero ese día que Jesús se estaba despidiendo de ellos, les dio su cuerpo y sangre con el pan y vino para que siempre creyeran y recordarán su obra de redención, lavó sus pies para que fueran cristianos de servicio y les predicó un sermón que hemos escuchado en algunas partes en estos domingos de Pascua. Pedro prometió defender y dar la vida por su Señor y en la noche en Getsemaní, en el momento que llegaron por Jesús, sacó su espada y cortó una oreja a Malco, un siervo del sumo sacerdote que hacía parte de todos los que fueron a capturar a Jesús. ¡Valiente Pedro!, ¿verdad? Pero horas más tarde negó conocer a Jesús y lo hizo tres veces. Qué día tan malo para Pedro, confió en su gloria y negó conocer a aquel que le amó hasta dar su vida por Él.

El peor día de nuestra vida lo podemos relacionar con la teología de la gloria, es decir, en la confianza en nosotros mismos. Olvidamos que somos hijos de Dios y que podemos resolver todos nuestros problemas en este mundo. Es por esto que las consecuencias de nuestro pecado o el pecado del otro en el peor día de nuestras vidas nos causan tanto dolor, porque olvidamos ser guiados por el Espíritu Santo y esto solo muestra que, al igual que Pedro, merecemos la muerte eterna por buscar nuestra gloria en este mundo y no la gloria de la cruz.

Este capítulo que escribió Pedro está enseñando a la iglesia perseguida en este mundo por el maligno y sus seguidores que no busque su propia gloria sino la de Dios, y esto lo hace animando a los creyentes para que sirvan haciendo el bien al prójimo. Dios quiere que entendamos que las obras que nosotros hagamos en este mundo no las dejemos para el cielo porque allá no sirven. Él nos llamó para que mostremos su amor hacia el prójimo; las buenas obras que hacemos conectadas con el evangelio son para servir al prójimo en este mundo. Es por esto que la sección de hoy empieza con esta pregunta: ¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien? Pero nosotros podemos pensar que de nada aprovecha hacer el bien al otro porque se aprovechan de nosotros, y Pedro quiere hablar de la pasividad no violenta, es decir, una actitud cristiana conectada con Cristo para presentar resistencia en la que una persona o grupo decide no responder con violencia ante la agresión, injusticia o conflicto, pero tampoco actúa con indiferencia. Pedro aprendió eso de Jesús ese jueves santo y por esto ahora, en la manera de escribir, está conectado con la gloria de la cruz.

La gloria de la cruz la vemos en este pasaje para el día de hoy: 18 Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; 19 en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados. Jesús tuvo una pasividad no violenta desde el jueves santo, desde el momento que lo capturaron, lo juzgaron, lo maltrataron, lo humillaron, y todo esto lo soportó en su vida para que nosotros fuéramos perdonados. Pero también al estar en la cruz se hizo injusto por nosotros, abrazó esa cruz y los clavos le sostuvieron para que recibiera el castigo que nosotros merecemos por buscar nuestra propia gloria. Y Jesús en esta cruz venció el pecado, la muerte y al diablo, y nos conectó con la gloria de la cruz: el perdón de nuestros pecados. Por esto el Espíritu Santo hace que nosotros vivamos conectados con la gloria de la cruz, puesto que Jesús después de resucitar bajó al infierno a mostrar su triunfo no solo al diablo sino a todos los que creyeron en Él y vivieron su propia gloria. Y Pedro nos conecta con los días de Noé, como la Biblia dice que vivían en constante violencia porque los creyentes empezaron a compartir sus vidas íntimas con los incrédulos y terminaron desobedeciendo a Dios. Pero las aguas del diluvio limpiaron el mundo de maldad y esto lo relaciona Pedro con las aguas del bautismo que nos ha dado la gloria de la cruz, porque allí está no solo el perdón de nuestros pecados, sino también se nos dio la fe en Cristo Jesús. Es por esto que la gloria de la cruz nos muestra que 21El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo, 22quien habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios; y a Él están sujetos ángeles, autoridades y potestades. La buena conciencia que el bautismo nos ha dado delante de Dios es porque nos ha limpiado de toda suciedad y nos da una conciencia limpia de pecado, y nos conecta con la exaltación de Cristo que está en los cielos y está aquí con nosotros gobernando el mundo.

El Espíritu Santo solo puede hacer que nosotros olvidemos el peor día de nuestras vidas y lo tomemos como aprendizaje para nuestra madurez cristiana, y nos concentremos en este mundo no solo en alimentar nuestra fe, sino en compartir esta fe y amor de Dios con el prójimo. Es el Espíritu Santo quien nos conecta con la gloria de la cruz y hace que nosotros vivamos para “Dios santificándolo en nuestros corazones”. Esto quiere decir que el alimento diario de la Palabra es indispensable para nuestra vida, porque en ella aprendemos cómo ser pasivos no violentos. Escuchamos de la Escritura en Proverbios: “La respuesta amable calma el enojo, pero la respuesta áspera lo enciende más” (Proverbios 15:1). En medio de una discusión, el silencio o decir una palabra que no sea ofensiva nos ayuda a practicar el amor y el perdón con el prójimo. Otra manera que Pedro aprendió y nos enseña a ser pasivos no violentos es estar siempre “preparados para presentar defensa con mansedumbre”. La mejor manera de evitar problemas es compartiendo la fe en palabras y obras. Cuando una persona ve que nosotros pedimos perdón, que aceptamos nuestros errores y que podemos sentarnos a dialogar, siempre es porque tenemos la Palabra de Dios en nuestra mente. Pedro, ante un gobierno hostil en esos tiempos, enseñó y practicó lo mismo: sacar la espada como lo hizo en Getsemaní no ayudó en nada, pero ellos tenían, como nosotros, la espada de la Ley y el Evangelio. Y cuando aprendemos a hablar usando esta doctrina podemos siempre llegar a acuerdos con el prójimo y así también nos edificamos unos a otros y nos ayudamos unos a otros para llegar juntos al cielo. Seguimos aprendiendo más del Espíritu Santo hoy con los consejos de Pedro al escuchar: Dad la razón de la esperanza que hay en vosotros. Nosotros necesitamos dejar la excusa de que cuando nos molesta algo subimos la voz o tenemos movimientos agresivos y decimos “siempre hablo así”, “siempre soy así”. No mintamos y no tratemos al hermano en la fe como si no nos conociera. Todos nosotros sabemos cómo somos en los momentos en que estamos enojados y vamos a pedir en oración que, en vez de defendernos con lógica, podamos ir a la gloria de la cruz y allí recordar que Cristo murió por todos nosotros y tratarnos a nosotros mismos con este amor. La Biblia es la única que nos ayuda a tener una “razón que está conectada con el cielo”, y queremos que todos nosotros sigamos caminando juntos sin peleas ni divisiones. Las dos últimas palabras que nos enseña Pedro, y esto es para aplicarlo a aquellos que murmuran de nosotros y nos tratan como malhechores, son “amabilidad y respeto”. Estas dos palabras nos enseñan a comunicarnos con el otro y, sobre todo, si hablan mal de nosotros, la mejor manera de poner la otra mejilla es hablar de Jesús. Lo único que cambia el corazón de las personas es el evangelio, y este lo llevamos no solo en palabra sino también en obras, las cuales Dios preparó para nosotros y quiere que podamos llevar siempre la gloria de la cruz en nuestras vidas, así tengamos días difíciles. En esta Pascua nuestro Señor resucitado quiere que cada uno de nosotros vivamos como resucitados, y esto solo se muestra con acciones que llevan a las personas a ver que la iglesia de Cristo está viva y ha resucitado con su Señor. Amén.

Himnos

129 Castillo Fuerte es nuestro Dios

134 Adelante peregrinos

246 Mi fe descansa en ti

304 Dios te Bendiga, protección te dé

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