Jueves Santo

Me encantó hasta el final.

Tema del Día

La noche en que fue traicionado, Jesús se vistió para servir, para mostrar a sus discípulos y a nosotros lo que había venido a hacer. Nos amó hasta el final. La llamada de Jesús a que nos amemos los unos a los otros tiene su fundamento en su sencilla razón: «Como yo los he amado».

Oración del día

Señor Jesucristo, en el sacramento de la Sagrada Comunión, nos das tu verdadero cuerpo y sangre como recuerdo de tu sufrimiento y muerte en cruz. Concédenos creer tan firmemente en tus palabras y en tu promesa, que podamos participar siempre de este sacramento para nuestro bien eterno; porque tú vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre.

Primera lectura: Éxodo 24:1-11

Cuando Dios hizo el pacto con Israel, el pueblo dijo: «Haremos todo lo que el Señor ha dicho» (versículo 3). La historia posterior de Israel demuestra el incumplimiento de esa promesa por parte de esta generación y de todas las que vinieron después. No tenían derecho a acercarse a Dios en la montaña, excepto por la sangre; la sangre del pacto fue rociada sobre ellos. Esta sangre cambió su relación con Dios de una que requería distancia y condenación a una que invitaba a la amistad y a la fiesta. Esta sangre de la antigua alianza señalaba el día en que Dios haría la nueva. Señalaba el momento en que Dios enviaría a su Ungido para llevar a cabo lo que nosotros no podíamos.

1Dijo Jehová a Moisés: Sube ante Jehová, tú, y Aarón, Nadab, y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; y os inclinaréis desde lejos. 2Pero Moisés solo se acercará a Jehová; y ellos no se acerquen, ni suba el pueblo con él.

3Y Moisés vino y contó al pueblo todas las palabras de Jehová, y todas las leyes; y todo el pueblo respondió a una voz, y dijo: Haremos todas las palabras que Jehová ha dicho. 4Y Moisés escribió todas las palabras de Jehová, y levantándose de mañana edificó un altar al pie del monte, y doce columnas, según las doce tribus de Israel. 5Y envió jóvenes de los hijos de Israel, los cuales ofrecieron holocaustos y becerros como sacrificios de paz a Jehová. 6Y Moisés tomó la mitad de la sangre, y la puso en tazones, y esparció la otra mitad de la sangre sobre el altar. 7Y tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos. 8Entonces Moisés tomó la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas.

9Y subieron Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; 10y vieron al Dios de Israel; y había debajo de sus pies como un embaldosado de zafiro, semejante al cielo cuando está sereno. 11Mas no extendió su mano sobre los príncipes de los hijos de Israel; y vieron a Dios, y comieron y bebieron.

Salmo 116

La Iglesia canta el Salmo 116 en los servicios que celebran que el Señor nos libra de la muerte. Se discute el significado original de «copa de salvación», pero como el salmo se cantaba habitualmente en la Pascua, llegó a asociarse con la Sagrada Comunión. Martín Lutero dijo: «El salmo 116 es un salmo de agradecimiento. El salmista está alegre, dando gracias a Dios por escuchar su oración y por haberle rescatado de las agonías de la muerte y de las angustias del infierno. Los enemigos todavía nos amenazan y quieren que bebamos de la copa de su ira. Pero nosotros tomamos el cáliz de la gracia y la salvación, y mediante la predicación derramamos ese cáliz sobre cualquiera que quiera beber con nosotros y obtener su consuelo de la palabra de la gracia.»

1 Amo a Jehová, pues ha oído

Mi voz y mis súplicas;

2 Porque ha inclinado a mí su oído;

Por tanto, le invocaré en todos mis días.

3 Me rodearon ligaduras de muerte,

Me encontraron las angustias del Seol;

Angustia y dolor había yo hallado.

4 Entonces invoqué el nombre de Jehová, diciendo:

Oh Jehová, libra ahora mi alma.

5 Clemente es Jehová, y justo;

Sí, misericordioso es nuestro Dios.

6 Jehová guarda a los sencillos;

Estaba yo postrado, y me salvó.

7 Vuelve, oh alma mía, a tu reposo,

Porque Jehová te ha hecho bien.

8 Pues tú has librado mi alma de la muerte,

Mis ojos de lágrimas,

Y mis pies de resbalar.

9 Andaré delante de Jehová

En la tierra de los vivientes.

10 Creí; por tanto hablé,

Estando afligido en gran manera.

11 Y dije en mi apresuramiento:

Todo hombre es mentiroso.

12 ¿Qué pagaré a Jehová

Por todos sus beneficios para conmigo?

13 Tomaré la copa de la salvación,

E invocaré el nombre de Jehová.

14 Ahora pagaré mis votos a Jehová

Delante de todo su pueblo.

15 Estimada es a los ojos de Jehová

La muerte de sus santos.

16 Oh Jehová, ciertamente yo soy tu siervo,

Siervo tuyo soy, hijo de tu sierva;

Tú has roto mis prisiones.

17 Te ofreceré sacrificio de alabanza,

E invocaré el nombre de Jehová.

18 A Jehová pagaré ahora mis votos

Delante de todo su pueblo,

19 En los atrios de la casa de Jehová,

En medio de ti, oh Jerusalén.

Aleluya.

Segunda Lectura: Evangelio de Juan 13:1-15,34

El lavado debería haberse hecho antes de la comida, pero los discípulos habían estado discutiendo sobre la grandeza, así que nadie estaba dispuesto a condescender a desempeñar este papel de siervo… excepto Jesús. Jesús había llegado a amarlos hasta el extremo. Treinta y una veces en el transcurso de la noche Jesús mencionó el amor. Sin embargo, nada habló más claramente que sus actos de servicio y sacrificio.

1Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. 2Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase, 3sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, 4se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. 5Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. 6Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? 7Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después. 8Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. 9Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. 10Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos. 11Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: No estáis limpios todos.

12Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? 13Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. 14Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. 15Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.

34Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.

Texto del Sermón: 1 Corintios 11:23-28

Jesús instituyó la Cena del Señor la noche en que fue traicionado, no después. Dio a sus discípulos un sacramento que proclamaba su muerte, incluso antes de que sucediera. Vean el alcance del amor de Cristo: Les dio su cuerpo y su sangre sacrificados por el pecado, ¡antes de que hubiera sucedido! Había venido para ser el sacrificio expiatorio por los pecados del mundo, y nada detendría su misión. De hecho, era el Cordero inmolado desde la creación del mundo

23Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; 24y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. 25Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. 26Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.

27De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. 28Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa.

DISFRUTEMOS LA GRACIA DE DIOS EN EL SACRAMENTO

La Gracia es Gracia, regalo inmerecido, a esto no podemos cambiar su significado, ni hacernos más dignos que otros o hacer a otros más dignos que otros. Es muy claro el lenguaje de nuestro Dios cuando nos explica el resultado de la obra de Jesús en la cruz: “Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.(1 Juan 2:2).En este versículo, ni en su contexto encontramos que se hable de los méritos del hombre para recibir el beneficio del perdón de los pecados, al contrario, cuando nos sentimos dignos, cuando nos creemos apropiados y pensamos que somos los mejores dañamos el significado de la Gracia, ya no es Gracia, sino que es la perversión del hombre al dañar el mensaje del evangelio.

Necesitamos identificarnos con personajes bíblicos porque ellos muestran quiénes somos nosotros y hoy quiero que hablemos de dos personajes para poder entender lo que es la santa cena y lo que nos exige este sacramento para que no lo tomemos indignamente. Pero antes de hablar de estos personajes necesitamos conectarnos con el contexto del pasaje para este día. La congregación que fundó Pablo en su segundo viaje misionero y donde paso 18 meses allí predicando la Ley y el Evangelio empezó a tener muchos problemas cuando el apóstol no estaba con ellos, es por esto que la familia de Cloé viajo a Éfeso a contarle a Pablo todos los problemas de divisiones y en contra de la doctrina que tenía esta congregación. Uno de los problemas que nos centramos hoy, es su actitud frente a la santa cena. 17Pero al anunciaros esto que sigue, no os alabo; porque no os congregáis para lo mejor, sino para lo peor. 18Pues en primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo. 19Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados. 20Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor. 21Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga. 22Pues qué, ¿no tenéis casas en que comáis y bebáis? ¿O menospreciáis la iglesia de Dios, y avergonzáis a los que no tienen nada? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo. (1 Corintios 11:17-22). La falta de amor a la Palabra de Dios los llevó a no usar el sacramento de manera apropiada y es por esto que Pablo en la lectura para el día de hoy es muy claro, estaban tomando juicio de condenación porque estaban pecando en contra del cuerpo y la sangre de Jesús.

Manasés fue uno de los reyes del sur, fue rey de Judá. Su Padre Ezequías fue conocido por su lealtad hacia el Señor manteniendo al pueblo enfocado en adorar al Dios verdadero. Pero cuando empezó su reinado la biblia nos dice que este rey daño toda la obra fiel que su padre hizo, creando una vez más altares a Baal, Asera, adoro a los ejércitos de los cielos, todos estos dioses falsos y edificó altares dentro del templo de Jerusalén. ¿Pueden imaginarse a cuántos se llevó este rey por delante en su vida espiritual por medio del pecado de la idolatría? Pedro, Pablo o cualquiera de los discípulos durante la pasión de nuestro Señor. Todos eran parientes espirituales de Manasés. Todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron; todos le volvieron la espalda cuando más los necesitaba. Esto señala también nuestro pecado porque cada vez que predomina nuestra carne y no tenemos arrepentimiento le damos la espalda a nuestro Señor Jesús y también nos llevamos a muchos por delante porque el orgullo, el yo, el egoísmo y la terquedad. Lo secreto de nuestra carne, lo vergonzoso y lo bajo, todo lo perverso de nuestro espíritu desasosegado. La falta de arrepentimiento nos hace indignos para tomar la cena del Señor porque estamos con nuestra impenitencia adorando al diablo y no a nuestro Dios y Salvador. Mis hermanos, esto nos lleva a reconocer que merecemos la muerte eterna porque no apreciamos la Gracia, porque por nuestro orgullo tiramos el evangelio a la basura.

      Moisés el otro personaje para este día contó su propia historia cuando Dios le llamo desde la zarza ardiente. Él se llenó de excusas para no ir delante del faraón, tuvo mucho miedo y se negó hacerlo, pero Dios lo trató con amor, Dios le dio algunas señales para confirmar su llamado. Como garantía final, Dios dice “toma este bastón en tu mano para que puedas realizar señales con él.” (Éxodo 4:17) Dios no necesita un bastón para hacer milagros, entonces el bastón era principalmente para el bien de Moisés. La vara de Moisés fue un recordatorio de la promesa de Dios. Cada vez que Moisés agarraba esa vara, servía como un recordatorio de lo que Dios le había prometido. Algo concreto. Algo que se podría tocar. Y es lo mismo que sucede con nosotros cuando estamos frente a la Santa Cena, nos recuera las promesas de Dios por la obra de Jesús, el perdón de nuestros pecados, alimenta nuestra fe en Cristo y nos mantiene enfocados en el cielo. Por esto es importante que nosotros tomemos bien en serio este sacramento y disfrutemos del evangelio el cuál recibimos en estos cuatro elementos, el pan y vino, el cuerpo y la sangre del Señor.

      Manasés como consecuencia de su pecado fue llevado a Babilonia como cautivo y está situación le mostró todo el mal que había cometido en contra de Dios y su pueblo, 12Mas luego que fue puesto en angustias, oró a Jehová su Dios, humillado grandemente en la presencia del Dios de sus padres. 13Y habiendo orado a él, fue atendido; pues Dios oyó su oración y lo restauró a Jerusalén, a su reino. Entonces reconoció Manasés que Jehová era Dios. (2 Crónicas 33:12-13). Esto es lo que pasa con nosotros también cada vez que estamos orando a nuestro Señor, confesamos nuestro pecado, pero no solo nos arrepentimos, sino que también damos nuestro fruto de arrepentimiento, porque Manasés lo dio al terminar con toda la idolatría que había implementado en su pueblo. Pablo al escribir a los Efesios nos guía a ver como nosotros vivimos con nuestro fruto de arrepentimiento: 25Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros. 26Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, 27ni deis lugar al diablo. 28El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad. 29Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes. 30Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención. 31Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. 32Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo. (Efesios 4:25-32). Esto no solo nos hace tomar la cena dignamente porque nos examinamos a nosotros mismos, sino que también nos hace ser fieles a la Palabra de Dios porque discernimos que es el sacramento cuando confesamos que estamos frente al verdadero cuerpo y la verdadera sangre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

     Pero el Espíritu Santo hace que nosotros apreciemos este sacramento porque nos conecta con el Evangelio, nos conecta con la vida perfecta de Jesús, Él no fue infiel como Manasés y nosotros, Él no necesito de varas o señales para creer que era el Mesías, Él vino convencido que era el Mesías y por esto cumplió perfectamente la voluntad del Padre y esta obediencia de Él la atribuyó a nosotros y es por esto que somos perdonados de todos nuestros pecados. Pero cuando estamos frente al pan y escuchamos “Toma y Come este es el cuerpo de Cristo entregado por ti” a nuestra mente solo llega el agradecimiento porque Él se ofreció como sacrificio en la cruz por cada uno de nosotros y cuando escuchamos “Toma y Bebe está es la Sangre de Cristo derramado por ti” llega el mismo agradecimiento en ese momento porque damos gracias a Dios por haber limpiado nuestro pecado.

      Por esto mis hermanos la Santa Cena también nos sirve como señal de compañerismo, aunque muchos no entienden que es la comunión cerrada, nosotros damos testimonio de esto por amor, amor a la Palabra de Dios quien nos manda a separarnos de aquellos que predican persistentemente la falsa doctrina, por amor a ellos para que no tomen juicio de condenación porque muchos de ellos creen el que el pan y vino se convierten o que significa o representa el cuerpo y la sangre del Señor o tal vez no están arrepentidos de sus pecados y por amor a nosotros porque cada vez que estamos juntos practicamos la unidad entre nosotros, es por esto que la reconciliación entre hermanos es algo que vivimos diariamente. Igualmente, si tomamos la santa cena con frecuencia es muy importante la puntualidad al llegar al culto porque en él tenemos un sendero que nos prepara para recibir el evangelio y es importante la parte de la confesión de pecados. También es importante cada vez que tomamos la Santa Cena pensar que todos la necesitamos porque el Espíritu Santo por medio de ella nos muestra el amor del Padre hacia nosotros por la obra de Cristo y esto nos lleva a amarnos los unos a los otros porque este es el sentido del cristianismo. Amén

Himnos Culto Cristiano

119 Roca de la Eternidad

133 Amémonos hermanos

234 Cerca más cerca, ¡Oh Dios de Ti!

144 Jesús te necesito

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