
DOXOLOGÍA DE LA SALVACIÓN: SOLI DEO GLORIA
Escrito por: P. Harold Arango Blandon
¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus
juicios e inescrutables sus caminos! Porque, ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?
¿O quién le dio a él primero, para que luego le sea pagado? Porque de él, y por él, y para él son todas las cosas.
A él sea la gloria por los siglos. Amén. (Rom. 11:33-36).
Cada 31 de octubre, conmemoramos el inicio de la reforma, impulsada por el doctor Martin Lutero. En aquel entonces como hoy en día, necesitamos el ímpetu de la Palabra de Dios que mueva nuestros corazones para vivir el evangelio y proclamarlo sin temor. Pues, no tenemos un tesoro más valioso y digno de ser proclamado que el evangelio, del cual San Pablo decía: “Porque no me avergüenzo del evangelio de Cristo, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Rom. 1:16). Este glorioso tesoro es la mayor riqueza de la iglesia cristiana, tal como lo expresó Lutero en sus tesis 62: “El verdadero tesoro de la iglesia es el sacrosanto evangelio de la gloria y de la gracia de Dios”. Veamos a continuación, como el evangelio y su poder de salvación, produce en el cristiano una continua adoración y deseo de vivir para la gloria de Dios. Esta es la quinta de las conocidas “Solas” de la reforma, la cual estaremos estudiando en esta ocasión y como bien se expresa en las palabras de la doxología paulina, que hemos leído en Romanos donde se responde a la presentación del evangelio y al plan divino de salvación en plenitud, como puede verse en los capítulos anteriores de la misma epístola. Después de esto, solo queda decir: porque de él, y por él son todas las cosas. A él solamente sea la gloria.
Si le preguntásemos a la Biblia, cuál es el propósito por el cual el ser humano fue creado, ella nos respondería en sus páginas que él fue creado para glorificar a Dios. Esta respuesta nos lleva de inmediato al huerto del Edén; allí vemos al hombre creado a imagen y semejanza de Dios dándole gloria a su creador y sirviéndole como el mayordomo de la creación. Sin embargo, por causa de la tentación y la caída, el pecado se introdujo para muerte y depravación del ser humano, “Por tanto, así como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte; también así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom. 5:12). De esta forma, el hombre cayó en un estado de muerte espiritual, la cual no le permite por sí mismo tener verdadero temor de Dios y buscarlo; esto quiere decir que todas sus facultades espirituales están cautivas por el pecado, es por esta razón, que en la carta a los romanos afirma: “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno” (3:10-12). Por tanto, los deseos religiosos del corazón del ser humano, aunque parecen buenos en si son pecaminosos, pues no buscan darle la gloria a Dios, sino gloriarse de sí mismo, sentir en su propio corazón que es capaz de hacer o suficiente para obtener el favor de Dios. Bien lo expresó el profeta Isaías: “Todos nosotros estamos llenos de impureza; todos nuestros actos de justicia son como un trapo lleno de inmundicia. Todos nosotros somos como hojas caídas; ¡nuestras maldades nos arrastran como el viento!” (Is. 64:6).
Pero la Biblia también nos enseña que Dios tenía un plan perfecto de Salvación. La segunda persona de la santísima trinidad, vendría a este mundo, encarnándose para llegar a ser nuestro salvador. Este plan de redención para el hombre caído, muestra el inagotable amor de Dios y su deseo de salvarlo (Jn. 3:16-17; Rom 5:8). A esto le llamamos GRACIA, es decir, el amor inmerecido de Dios por el hombre pecador, “Y él os dio vida a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados” (Ef. 2:1). Esta vida, solo puede ser dada por Dios mismo como un regalo inmerecido, es verdadera vida, porque es vida eterna. Pero, cómo recibimos la vida de Dios? La escritura nos dice que es mediante la obra que el Espíritu Santo hace en nuestros corazones por medio del evangelio, “Mas nosotros debemos dar siempre gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, por la santificación del Espíritu y fe en la verdad; a lo cual os llamó por nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tes. 2:13-14).
El oír la palabra de Dios, es decir la buena noticia, es lo que produce fe verdadera (Ro. 10:17). Porque aun la fe no la podemos atribuir a una facultad del intelecto del ser humano, sino a Dios quien la otorga al pecador para que pueda creer verdaderamente en el sacrificio de Cristo para el perdón de sus pecadoras (Ef. 2:8-9). El contenido del evangelio, por tanto, es la justicia perfecta que cristo ganó en nuestro lugar, por su obediencia activa al cumplir perfectamente la ley en nuestro lugar y en su obediencia pasiva al sufrir y padecer el cruel castigo de la cruz para expiar nuestros pecados: “quien llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; por cuya herida habéis sido sanados” (1 Pd. 2:24). Como hemos visto hasta aquí, llegamos a ser justificados, por la gracia por medio de la fe y solo por cristo; pero esta justicia, como la llamaba Lutero es una justicia ajena, porque viene de fuera de nosotros y es dada solo por Dios. Es decir, debido a los méritos de Cristo Jesús dados por gracia y recibidos por la fe, es que ahora somos hijos de Dios; para que vivamos para su gloria. Miremos rápidamente la Escritura: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas” (Ef. 2:10). La salvación y el llamado de gracia tiene como objetivo que vivamos para la gloria de Dios, en buenas obras. Ya no son obras muertas, sino frutos de la abundante gracia de Dios en nuestras vidas.
Todo lo que el cristiano hace, lo hace para gloria de su Señor. En tiempos de la reforma se pensaba que el único estado y oficio que daba gloria a Dios era la vida monástica. Pero desde el evangelio, los reformadores enseñaron que, en cualquier oficio o vocación, podemos vivir vidas para gloria de nuestro Dios. Estas buenas obras que glorifican a nuestro Dios y le dan la gloria que solo Él merece, resultados de la gratitud y el amor que Dios mismo ha puesto en el corazón del creyente. Ahora como hijos de Dios, vamos a querer obedecer sus mandamientos y dedicar nuestras vidas y trabajo para darle mayor gloria.
La doxología de la salvación, que es la gloria de nuestro Dios, está muy bien definida en las palabras que Pablo le escribe a su
discípulo Timoteo en la primera carta (1:15-17) “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Mas por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrara en mí, el primero, toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna. Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén”. Pablo reconoce como lo hizo en el texto de romanos que hemos leído al comienzo, que la salvación es de Él, que fue su gracia la que nos salvó, que ahora nuestra vida le pertenece y que queremos vivir para su gloria, para anunciar sus maravillas y proclamar su salvación. En aquel día glorioso, cuando estemos delante de su sublime presencia nos uniremos a las voces de todos los santos redimidos y a una le diremos. “Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder, porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Ap. 4:11). Digno de toda la gloria porque por su voluntad todo fue creado, por su voluntad fuimos redimidos y por su voluntad vivimos para darle la gloria por siempre, amen.
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