SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD

Nace un Salvador para dar a conocer al Padre.

Tema del Día

La encarnación revela al Dios invisible a los ojos de los fieles. Esta revelación no consiste simplemente en aprender datos sobre Dios. Cuando Dios se nos revela, entramos en una relación más estrecha con Él. La luz de Cristo ilumina los corazones y los ojos antes oscurecidos por el pecado, y el mundo entero ve la salvación de nuestro Dios invisible hecha visible en nuestro Salvador de carne y hueso

Oración del Día

Dios todopoderoso, que nos has llenado de la luz nueva del Verbo que se hizo carne y vivió entre nosotros. Que la luz de nuestra fe brille en todo lo que hacemos; por tu Hijo, Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre. Amén

Primera lectura: Evangelio de Juan 1:14-18

Los ojos oscurecidos por el pecado de la humanidad no pueden ver a Dios en su gloria oculto en una luz inaccesible. Dios, sin embargo, quería que le conociéramos que le viéramos- y por eso decidió revelarse ocultándose en carne y hueso.

14Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad. 15Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. 16Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. 17Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. 18A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

Salmo del Día 148

La Iglesia canta el Salmo 148 en los servicios que alaban a Dios por cumplir sus promesas. La palabra «todo» se repite nueve veces cuando se llama a toda la creación a alabar al Señor. Martín Lutero dijo: «El Salmo 148 es un salmo de acción de gracias. Todas las criaturas son exhortadas y amonestadas a alabar a Dios en el cielo y en la tierra, especialmente los que le sirven, los que tienen su Palabra y su culto. Realmente toda la creación no debería ser más que una lengua, siempre alabando la grandeza y la bondad del Señor».

Aleluya.

            1Alabad a Jehová desde los cielos;

Alabadle en las alturas.

            2Alabadle, vosotros todos sus ángeles;

Alabadle, vosotros todos sus ejércitos.

            3Alabadle, sol y luna;

Alabadle, vosotras todas, lucientes estrellas.

            4Alabadle, cielos de los cielos,

Y las aguas que están sobre los cielos.

            5Alaben el nombre de Jehová;

Porque él mandó, y fueron creados.

            6Los hizo ser eternamente y para siempre;

Les puso ley que no será quebrantada.

            7Alabad a Jehová desde la tierra,

Los monstruos marinos y todos los abismos;

            8El fuego y el granizo, la nieve y el vapor,

El viento de tempestad que ejecuta su palabra;

            9Los montes y todos los collados,

El árbol de fruto y todos los cedros;

            10La bestia y todo animal,

Reptiles y volátiles;

            11Los reyes de la tierra y todos los pueblos,

Los príncipes y todos los jueces de la tierra;

            12Los jóvenes y también las doncellas,

Los ancianos y los niños.

            13Alaben el nombre de Jehová,

Porque sólo su nombre es enaltecido.

Su gloria es sobre tierra y cielos.

            14El ha exaltado el poderío de su pueblo;

Alábenle todos sus santos, los hijos de Israel,

El pueblo a él cercano.

Aleluya.

Segunda lectura: Efesios 1:3-18

Pablo ora para que los efesios conozcan mejor a Dios. No cabe duda de que Dios obra a través del misterio, pero la venida de Cristo nos muestra que su intención es dar a conocer sus misterios. Sólo hay un modo de que veamos y conozcamos mejor al Dios invisible: el Espíritu Santo, el Espíritu de sabiduría y revelación, debe decírnoslo.

3Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, 4según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, 5en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, 6para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, 7en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, 8que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, 9dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, 10de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.

11En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, 12a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo. 13En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, 14que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.

15Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, 16no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, 17para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, 18alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos.

Texto del Sermón: Isaías 61:10—62:3

Cuando llega la luz, todo se ve mejor. El Mesías promete que la justicia y la gloria del Dios invisible se darán a conocer a todas las naciones. Entonces Dios habla y muestra la sorprendente forma en que revelará su gloria y su justicia: se verán en su pueblo.

10En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas. 11Porque como la tierra produce su renuevo, y como el huerto hace brotar su semilla, así Jehová el Señor hará brotar justicia y alabanza delante de todas las naciones.

62

1Por amor de Sion no callaré, y por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación se encienda como una antorcha. 2Entonces verán las gentes tu justicia, y todos los reyes tu gloria; y te será puesto un nombre nuevo, que la boca de Jehová nombrará. 3Y serás corona de gloria en la mano de Jehová, y diadema de reino en la mano del Dios tuyo.

EN LA NAVIDAD DIOS HA MOSTRADO QUIENES SOMOS NOSOTROS

¿Hemos hablado mal de nosotros mismos? Creo que nunca lo hemos hecho. Esto sucede porque el viejo hombre, por naturaleza, es orgulloso. El mismo Dios lo dice en su Palabra: «Altivez de ojos, y orgullo de corazón, y pensamiento de impíos, son pecado» (Proverbios 21:4). Este versículo es un buen resumen de lo que somos cada uno de nosotros, porque nos gusta vernos superiores frente a las personas; esto es la altivez. Nos excedemos en tener estimación propia; el espejo refleja el tiempo que podemos pasar contemplando lo mejor de nosotros y, en nuestros pensamientos, solo nos damos la oportunidad de ser positivos, tanto que nunca vemos un defecto y siempre alabamos nuestra capacidad de salir adelante.

Espero que esta Navidad nos haya dejado la enseñanza de reconocer quiénes somos realmente y por qué Emmanuel se encarnó para vivir en este mundo. ¿Qué hay en nuestro corazón? Jesús mismo nos da la respuesta: «Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias» (Mateo 15:19). Este versículo no necesita explicación, porque todos nosotros sabemos cómo hemos pecado en contra de nuestro Dios y, por ende, en contra del prójimo. Pero, más que reconocer estos pecados, necesitamos hacernos la pregunta inicial de nuevo: ¿Hemos hablado mal de nosotros mismos?

Ahora, como creyentes maduros, creo que la mejor respuesta es que, a partir de hoy, cada vez que pensemos en quiénes somos, solo veamos nuestro corazón y nuestra carne pecaminosa. Somos unos miserables pecadores que no podemos hacer nada bueno; no podemos tener una relación con Dios por nuestros propios méritos y tampoco podemos amar al prójimo como a nosotros mismos. Todo esto es por el pecado que entró en el mundo por Adán y es por esto que solo necesitamos reconocer que merecemos la muerte eterna a causa de lo que somos.

Pero solo el Espíritu Santo puede cambiar la imagen de nosotros mismos, no solo para nosotros, sino también para Dios, y así mostrarnos el amor verdadero al prójimo. Y esto solo lo logró nuestro Señor y Salvador. El contexto de Isaías 61 nos habla del Mesías: «El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro; a consolar a todos los enlutados; a ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado; y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya» (Isaías 61:1-3).

Siglos después, en la sinagoga de Nazaret donde se había criado, Jesús tomó esta Escritura de Isaías y se señaló a sí mismo como el Ungido de Jehová. Allí quisieron apedrearlo por esto, pero el Espíritu Santo en esta Navidad nos ha dado la seguridad de que nosotros —abatidos, quebrantados de corazón, cautivos y presos por el maligno— hemos sido convertidos por el poder del Evangelio en «árboles de justicia» y «plantío de Jehová» para la gloria de Dios.

Esto lo escuchamos en el Evangelio de hoy: «Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo» (Juan 1:15). La verdad que nos muestra este Evangelio es la naturaleza divina de Jesús. Su eternidad nos dice que no tiene principio ni fin; y es por esto que, siendo Dios, vivió una vida perfecta, porque en su corazón nunca existió el pecado mientras estuvo en este mundo. En la Navidad recordamos que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, y por esto complació al Padre en los cielos perfectamente por nosotros.

Pero cuando hablamos de su naturaleza humana —la cual no podemos separar de la divina— el Espíritu Santo nos ha llevado a la cruz, porque allí es donde ocurrió el Gran Intercambio: Cristo recibió el castigo que nosotros merecemos y, a cambio, nosotros recibimos el perdón de todos nuestros pecados. Pablo registró esta verdad cuando escribió a los Corintios: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21). Jesús cargó todos nuestros pecados en la cruz y allí el Padre en los cielos lo castigó en nuestro lugar.

De nuevo la pregunta: ¿Hemos hablado mal de nosotros mismos? Ya sabemos la respuesta, porque la Ley de Dios nos ha señalado nuestro pecado y su consecuencia. Pero en el mensaje para este segundo domingo de Navidad, el Espíritu Santo, por medio del Evangelio, va a responder esta pregunta por nosotros, porque el Padre hoy nos ve diferentes por los méritos de Jesús. Isaías nos ayuda a responder desde el poder del Evangelio: «En gran manera me gozaré en Jehová, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia, como a novio me atavió, y como a novia adornada con sus joyas» (Isaías 61:10).

Como este manto cubre las más profundas manchas del pecado humano, se convierte también en una vestidura de salvación con la cual los hombres se presentan delante de Dios. Él les da la bienvenida al verlos revestidos con la perfección de su propio Hijo. Por esto tenemos una relación con Dios de «matrimonio», donde Él, como esposo, nos cuida a nosotros como su Iglesia.

Pero no podemos olvidar que Isaías escribió siglos antes de que sucediera el exilio de Babilonia; por eso es importante interpretar bien estos versos finales del capítulo 61: «Porque como la tierra produce su renuevo, y como el huerto hace brotar su semilla, así Jehová el Señor hará brotar justicia y alabanza delante de todas las naciones» (v. 11). Para los israelitas del Antiguo Testamento esto iba a suceder, y el profeta les estaba mostrando lo mismo que a nosotros: el terreno puede parecer estéril y árido, pero, a su tiempo, la semilla brota. Para los judíos de la época de Isaías, Jerusalén sería destruida y el pueblo llevado cautivo, pero regresaría. Más allá de ese regreso, en un futuro aún más lejano, vendría el Mesías. Entonces florecería el cumplimiento de todas las profecías.

Dentro del cumplimiento de esta profecía, terminamos nuestro sermón hablando de algo que pasó en nuestras vidas y que no tenemos cómo pagar. Dice el profeta en el capítulo 62: «Por amor de Sion no callaré, y por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación se encienda como una antorcha. Entonces verán las gentes tu justicia, y todos los reyes tu gloria; y te será puesto un nombre nuevo, que la boca de Jehová nombrará. Y serás corona de gloria en la mano de Jehová, y diadema de reino en la mano del Dios tuyo» (v. 1-3).

Sion y Jerusalén se refieren a la Iglesia de Dios. Tenemos la bendición de pertenecer a ella porque el Señor la creó con el poder de su Palabra. Celebramos en esta Navidad el dar gracias por hacernos parte de su Iglesia. La prueba de esto es el nombre nuevo que tenemos como «real sacerdocio», llamados por Dios para que las personas conozcan su justicia. La Iglesia invisible no es visible para los ojos del hombre, pero por medio de la fe sabemos que pertenecemos a ella.

Nuestro Dios ha abierto nuestro conocimiento sobre quiénes somos y qué hizo Él por amor a nosotros. Este regalo de la salvación hace que nuestro corazón sea muy diferente y es por esto que Pablo nos guía en cómo vivir movidos por el Evangelio que es quien gobierna nuestro corazón: «12Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; 13soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. 14Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. 15Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. 16La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. 17Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. » (Colosenses 3:12-17). Amén.

× ¿Cómo podemos ayudarte?