Domingo de Ramos
¡Salve al Rey que humildemente viene a salvarnos!
Tema del Día
¡Salve al Rey que viene humildemente a salvarnos! Desde hace 1.700 años, la Iglesia celebra esta fiesta que abre la Semana Santa con hosannas y palmas. Había llegado la hora de la gloria de Cristo (Aclamación del Evangelio). Sin embargo, no se gloriará como otros reyes. Más bien se humillaría en grandes actos de amor por nosotros, y entonces el Padre lo exaltaría al lugar más alto, porque había cumplido la misión de Dios de salvar a la humanidad.
Oración del Día
Dios todopoderoso y eterno, que enviaste a tu Hijo, nuestro Salvador Jesucristo, para que tomara sobre sí nuestra carne y sufriera la muerte en la cruz. Concédenos, misericordioso, seguir el ejemplo de su gran humildad y paciencia y participar de su resurrección; por tu Hijo Jesucristo, Señor nuestro, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y siempre.
Primera lectura: Zacarías 9:9-10
Zacarías dice a Jerusalén que se alegre cuando el Rey mesiánico venga a ella, porque llevará consigo la justicia que necesita y la salvación que anhela. Este Rey superaría la gloria y el poder de todos los reyes de Israel anteriores a él. El reinado de los reyes davídicos se extendía hasta el río Éufrates en su punto más lejano, pero el reinado de este Rey se extendería desde el Éufrates hasta los confines de la tierra, de mar a mar. Su reino mundial significaría el fin de la guerra y el advenimiento de la paz. Todo esto no lo haría con un ejército, sino con su persona, su carne y su sangre; no con violencia, sino con mansedumbre. Alégrate, hija de Sión. Tu Rey viene a ti. Aclámalo.
9Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna. 10Y de Efraín destruiré los carros, y los caballos de Jerusalén, y los arcos de guerra serán quebrados; y hablará paz a las naciones, y su señorío será de mar a mar, y desde el río hasta los fines de la tierra.
Salmo 24
La Iglesia canta el Salmo 24 en los oficios del Primer Domingo en Adviento y del Domingo de Ramos, ambos anticipando la llegada de Cristo el Señor. El salmo es una liturgia procesional para la entrada del Rey de gloria en Sión. Martín Lutero dijo: «El Salmo 24 es una profecía del reino de Cristo en todo el mundo. Hace un llamamiento a las ‘puertas’ del mundo, es decir, a los reyes y príncipes, para que den cabida al reino de Cristo; pues ellos son los habituales que se ensañan contra él (Salmos 1 y 2), y dicen: ‘¿Quién es este Rey de gloria?’».
Salmo de David.
1 De Jehová es la tierra y su plenitud;
El mundo, y los que en él habitan.
2 Porque él la fundó sobre los mares,
Y la afirmó sobre los ríos.
3 ¿Quién subirá al monte de Jehová?
¿Y quién estará en su lugar santo?
4 El limpio de manos y puro de corazón;
El que no ha elevado su alma a cosas vanas,
Ni jurado con engaño.
5 El recibirá bendición de Jehová,
Y justicia del Dios de salvación.
6 Tal es la generación de los que le buscan,
De los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob.
Selah
7 Alzad, oh puertas, vuestras cabezas,
Y alzaos vosotras, puertas eternas,
Y entrará el Rey de gloria.
8 ¿Quién es este Rey de gloria?
Jehová el fuerte y valiente,
Jehová el poderoso en batalla.
9 Alzad, oh puertas, vuestras cabezas,
Y alzaos vosotras, puertas eternas,
Y entrará el Rey de gloria.
10 ¿Quién es este Rey de gloria?
Jehová de los ejércitos,
El es el Rey de la gloria.
Selah
Segunda lectura: Filipenses 2:5-11
Jesús es nuestro Rey, pero vino humildemente a salvarnos. Siendo Dios verdadero, se hizo hombre. Aunque todopoderoso, se hizo siervo. Inmortal y eterno, murió. No sólo se despojó de su gloria, sino que cargó con nuestra vergüenza. No sólo se humilló a sí mismo, sino que murió como un maldito. Sin embargo, en esta gran humildad, ganó la paz del perdón para nosotros. El Rey vino humildemente porque no se dirigía a un trono en Jerusalén, sino a una colina llamada Gólgota, donde cumpliría la misión de Dios y salvaría a su pueblo. Por eso, Dios le daría una gloria mayor que su humillación: toda criatura doblaría la rodilla y le aclamaría: ¡Jesucristo es el Señor!
5Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; 8y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. 9Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, 10para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
Texto Sermón: Evangelio de Mateo 21:1-11
La gente viajaba de cerca y de lejos para la gran celebración de la Pascua en Jerusalén. Todo giraba en torno a Jesús de Nazaret. Oían que había dado de comer a cinco mil personas. Oían que había curado a los leprosos y devuelto la vista a los ciegos. Pero el incidente de Lázaro realmente los puso nerviosos. Un hombre había estado muerto y enterrado durante cuatro días. No era un caso de alguien inconsciente. No, este hombre estaba en la tumba y había comenzado a descomponerse. ¡El gran Rey viene a su ciudad y a su templo! Podría haber venido con todo el poder y la gloria del Hijo de Dios. Podría haber montado una tormenta como carroza, con legiones de ángeles a su lado y la creación misma cantando alabanzas a su Hacedor. Pero mira cómo llega: no en la tormenta, sino en un burro; no acompañado de guerreros celestiales, sino de pescadores con un historial de fe irregular; no al son de los cantos de la creación, sino a los gritos de multitudes de peregrinos volubles que le aclamaban.
1Cuando se acercaron a Jerusalén, y vinieron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió dos discípulos, 2diciéndoles: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego hallaréis una asna atada, y un pollino con ella; desatadla, y traédmelos. 3Y si alguien os dijere algo, decid: El Señor los necesita; y luego los enviará. 4Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo:
5 Decid a la hija de Sion:
He aquí, tu Rey viene a ti,
Manso, y sentado sobre una asna,
Sobre un pollino, hijo de animal de carga.
6Y los discípulos fueron, e hicieron como Jesús les mandó; 7y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos; y él se sentó encima. 8Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino. 9Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas! 10Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es éste? 11Y la gente decía: Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea.
¿Quién es este? ¡Bienvenido al Mesias!
Imagínense la situación de la perspectiva de una persona en la multitud: Es la semana de la Pascua, entonces has viajado a Jerusalén para celebrar el festivo como lo normal, pero hay unos rumores y una emoción en la ciudad que no es normal. La gente habla sobre un gran profeta, tan poderoso que resucitó de los muertos a un hombre que estaba en la tumba cuatro días. Los habitantes de la ciudad contaban que aun los fariseos no podían vencer sus enseñanzas, y más que eso, ¡el hombre podía proveer comida milagrosa por miles de personas! Te gustaría mucho ver este hombre, entonces cuando escuchaste que el profeta estaba en un pueblo muy cerca, empezaste a caminar por allá. Pero demasiado tarde. Ya viene una multitud muy grande, acercándose a la puerta de la ciudad. ¿Y apenas puedes ver entre ellos un hombre en…un asno? Pero un asno muy joven, una escena muy extraña. Y ahora puedes escuchar lo que dice la multitud: ¡Hosanna! Y ahora hay un grupo muy grande dentro de la ciudad esperando los que vienen. Alguien pone su manto en la calle, y otra persona, y otra, y unos empiezan poner ramos también. Los gritos de alabanza crecen más y más y puedes sentir la esperanza en el aire. ¡Finalmente, el que viene de Dios ha llegado!
Para nosotros, el Domingo de Ramos es como una fiesta en el medio de la temporada muy seria de la Cuaresma. Hemos pasado más que un mes meditando en el pecado y el perdón, y ahorita vienen jueves y viernes santos, pero el Domingo de Ramos parece como un cambio de la vibra. Pero hoy no es una fiesta separada del resto de la semana, es una parte clave en el camino hasta el Calvario de Jesús. No es decir que la alegría de este día no era real, ni que es malo sentir gozo en celebrar la entrada de Jesús en Jerusalén. Pero en la historia de salvación, Domingo de Ramos es un evento lleno de emociones complejos, ironía, y el mal entendimiento de la gente.
El punto clave de nuestra discusión viene en el versículo 10, la pregunta de la gente, “¿Quién es éste?” Y la respuesta, “Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea.” Estuvieron tan cercas, ten cercas a la verdad. Pero sus presuposiciones sobre el Mesias iban a causar un cambia de actitud muy rápido, de modo en la misma ciudad donde se decía “¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” en menos que una semana se escucharon los gritos, “Sea crucificado!” La multitud no veía lo que quería de su Mesias entonces lo rechazó. Aun sus discípulos se confundían y no entendían el propósito de Jesús.
Eso no es la culpa del buen maestro. Ya había dicho muchas veces que iba a morir, que era necesario para él sufrir y morir. Además, había dicho que su reino no era un reino como un rey mortal y nunca había prometido establecer un gobierno nuevo contra los romanos. Pero como dice Juan en su evangelio, los discípulos no entendían estas cosas hasta que
vieron la resurrección de Jesús. A pesar de todo eso, Jesús tuvo en mente su propósito por toda la semana, y de hecho toda su vida. Cuando envió a los discípulos para traerle el asno, lo hizo con el propósito de cumplir la profecía. Jesús siempre recordaba las promesas de Dios en el Antiguo Testamento y las cumplía con intencionalidad. No era como los soldados romanos y judíos que iban a cumplir profecías durante la semana santa sin darse cuenta de que sus acciones cumplían el plan de Dios. Jesús siempre buscaba la voluntad del Padre y la hacía. Y ahora era el tiempo de su gran obra. La multitud pensaba que iba a ser algo de un rey. Pero Jesús sabía que su corona sería de espinas, no de oro, y en vez de un trono tendría una cruz.
Esta realidad no lo prevenía de cumplir su tarea. Entró en la ciudad, aceptando la alabanza de la gente. En el pasado, se había escondido de los lideres porque ya no era su tiempo. Pero en el Domingo de Ramos Jesús declaró firmemente que era el Mesias. Cumplió la profecía mesiánica de Zacarias. Aceptó la adoración de la gente. De hecho, en el cuento de Lucas vemos que unos fariseos querían que Jesús rechazara la alabanza de sus discípulos. Ningún ser humano era digno que lo que recibía Jesús. Con razón, porque Jesús no era solo un ser humano. Era Emanuel, Dios encarnado viviendo con nosotros, y vemos eso en su respuesta a los fariseos, “Os digo que, si estos callaran, las piedras clamarían.” El que viene de Dios tendría alabanza en su entrada, aun si fuera de las mismas piedras de la calle.
Hoy es el día en cual vemos la declaración irrevocable de Jesús que era el Mesias. No era la primera vez que ha dicho eso. Dijo su misión a los discípulos de Juan cuando vinieron para preguntarle, a la mujer samaritana al pozo de Jacob, y a sus discípulos en escenarios privados. En unos capítulos del evangelio de Mateo, Jesús preguntó a sus discípulos que decía la gente sobre él. Y ellos respondieron, “Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. 15El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? 16Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Esta vez, Jesús les pidió no contar esa confesión. Pero hoy en el Domingo de Ramos, entrando la ciudad con multitudes y alabanza, Jesús decía, “Yo soy el que viene, ¡el que va a rescatar al mundo del pecado y la muerte!”
Pero la gente no lo veía así. En sus mentes, el Mesías de Dios iba a rescatarlos de la opresión de los romanos, empezar un reino nuevo en Jerusalén y fortalecer el pueblo judío para siempre. Y aquí tenemos la ironía grande. El salvador que ofrecía más que podrían imaginar no ofrecía suficiente, en sus mentes. Aun los discípulos no quisieron que Jesús cumpliera su misión. Y cuando Pedro dijo que Jesús no debía ir a Jerusalén para morir, Jesús lo reprendió, diciendo, “¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.” Esa falta de
perspectiva es lo que sufría los judíos en el tiempo de Jesús, y es lo que nosotros sufrimos a veces también.
No pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. Ese dicho identifica el problema de las multitudes decepcionadas que cambiaron de gritos de alabanza hasta gritos de violencia en pocos días. Cuando él Mesías no actuaba en la manera que quisieron, lo rechazaron. Sus ideas, deseos, y propósitos superaron los de Dios. Multitudes necias. Fariseos necios. Discípulos necios. ¡Pero cuidado! No sea tan rápido de juzgar. Ellos estaban experimentando la historia en tiempo real, sin el beneficio de una vista histórica que tenemos. Y nosotros también cometemos el pecado de imponer nuestros deseos en el Mesías.
¿Quién es este? ¿Como respondemos nosotros a esta pregunta? No siempre en la manera que debemos. Tratamos a Jesús como alguien de quien podemos pedir cosas en tiempos de dificultad, pero normalmente no viene a mente. Unas veces, Jesús es alguien que alabamos los domingos, pero lo olvidamos en nuestras acciones y pensamientos el resto de la semana. Elegimos los dichos y enseñanzas que parecen más fácil a nosotros para seguir e ignoramos los otros. Intentamos personalizar el Mesias de Dios, imponiendo nuestros deseos y propósitos en vez de someternos a la voluntad de Dios. No somos dignos de este Mesías. No merecemos estar en las multitudes alabándolo, merecemos el opuesto. Por menospreciar nuestro Salvador, merecemos la muerte eterna.
Y eso es precisamente porque Jesús entró la ciudad de Jerusalén hace dos mil años. Sabía que la gente iba a cambiar de mente. Sabía que iba a recibir castigo inmerecido y una muerta injusta. Pero también sabía que eso era la voluntad de su Padre celestial, el plan de salvación prometido por miles de años. Y porque Jesús es nuestro sustito perfecto, nunca se desvió del camino hasta el Calvario. En una manera que no podíamos, cumplió la ley y el propósito del Señor por toda su vida, incluso la semana santa. Mientras la gente gritaba “bendito el que viene,” Jesús sabía que iba a cargar la maldición del pecado, hasta la muerte. Como Pablo declara a los Gálatas, “Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero), 14para que en Cristo Jesús la bendición de Abraham alcanzase a los gentiles, a fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu.”
Entonces, ¿quién es este? El Espíritu Santo nos enseña en nuestras lecturas de hoy. “He aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno.” “Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, Y alzaos vosotras, puertas eternas, Y entrará el Rey de gloria. ¿Quién es este Rey de gloria? Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla.” Jesús, nuestro rey, ha llegado. Y, “siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, 7sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo,
hecho semejante a los hombres; 8y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. 9Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, 10para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; 11y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.”
Las multitudes en el domingo de ramos son solo una sombra de las multitudes que van a adorar al Rey al fin del mundo. Queremos estar preparados por ese día. Entonces, seguimos estudiando lo que la Biblia nos dice sobre nuestro Mesias. Buscamos oportunidades de compartir las noticias sobre el Mesias. Disfrutamos el compañerismo aquí en la iglesia y compartimos la Santa Cena. Confesamos nuestro pecado, y recibimos la absolución por la obra de Jesucristo. Y miramos adelante al último día. Y en ese día, no habrá confusión sobre quien es este. Este es Jesús, nuestro Mesias, nuestro Rey, nuestro Salvador. Gracias a Él, somos redimidos y perfectos. ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!
Himnos
Himno 2 Alzaos ¡Oh puertas! Y entrará
Himno 38 Jesús Divino
Himno 79 Loores dad a Cristo el rey
Himno 5 Redentor precioso ven
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